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Nuevo Chupícuaro, la "otra California" con rico pasado alfarero

Este pueblo de Guanajuato es hoy en día uno de los de mayor migración -70% de sus habitantes trabaja en Estados Unidos-, pero en otro tiempo fue una de las más importantes culturas precolombinas del continente.
Perla Oropeza
09 agosto 2016 11:13 Última actualización 09 agosto 2016 11:26
Chupícuaro

El Libro Cultura Chupícuaro. Los habitantes del Cielo Azul.

Nuevo Chupícuaro, localidad ubicada en el municipio de Acámbaro, Guanajuato, en la frontera con Michoacán, es conocida como “la otra California” debido a que más de 70 por ciento de sus habitantes trabaja en Estados Unidos y han implantado poco a poco su estilo de vida: construcción, modas, autos, tecnología, forma de hablar y costumbres.

Sin embargo, es mayor su fama por ser descendiente de una de las más importantes culturas del mundo precolombino en el continente americano, e incluso una de sus piezas de cerámica se exhibe en una sala del museo Louvre de París, Francia.

Gerardo Argueta Saucedo, cronista del Municipio de Acámbaro, comenta que el nombre de este pueblo deriva del purépecha: chupicua, una planta que se usa para teñir de azul, y el término: ro, lugar. Esto se traduce como “lugar azul” o “lugar de cielo azul”.


De acuerdo con el libro La Cultura Chupícuaro. Los habitantes del cielo azul, la presencia del hombre en el Bajío se remonta a unos cuatro mil 500 años antes de nuestra era.

Los chupicuarenses, emplazados en el norte de Michoacán y el sur de Guanajuato, tuvieron una “economía basada en la agricultura, basamentos de piedra sencillos y una cerámica muy refinada, con valores estéticos notables, incluyendo vasijas policromas, figuras antropomorfas huecas y figurillas femeninas aplanadas, a menudo con ojos parecidos a granos de café. La cerámica de Chupícuaro muestra similitudes con las tradiciones alfareras del Valle de México y con las del noroeste de México, influyendo en buena parte de la Mesoamérica Septentrional. “

Esta cerámica, indican, podría ser antecedente de la fabricada más tarde en Tula y los valles del Mezquital y de México. La época de mayor producción artística se ubica entre los años 400 aC y 200 dC.

La aldea del pueblo de Chupícuaro llegó a ocupar un área de 20 kilómetros a lo largo de la ribera del Lerma. “Es probable que llegaran a practicar el sacrificio humano y la poligamia como lo denotan los tipos de entierros y las figurillas femeninas encontradas, algo común entre las sociedades mesoamericanas. En cambio, como pueblo, resaltan el culto a la maternidad y a la fertilidad de la tierra.”

BAJO EL AGUA

En 1926 la zona arqueológica fue “descubierta”y dada a conocer al mundo. Sin embargo, en 1939 inició la construcción de la presa Solís, que inundó la comunidad y obligó a la reubicación del pueblo. Diez años después se refundaba en la Loma de Paredones.

“La reinstalación del Viejo al Nuevo Pueblo obligó a un gran número de habitantes a emigrar a los Estados Unidos de América en busca de un mejor nivel de vida para sus familias." 

En la Loma de Paredones no se tenían los medios necesarios para vivir, ni siquiera la agricultura era propicia.

Si bien había desde ejidatarios hasta pequeños propietarios, medieros y jornaleros, muchos decidieron dejar el nuevo pueblo de Chupícuaro, Jerécuaro y Acámbaro para ‘probar suerte’ en otra ciudad del país o del extranjero.

“Algunos sabían oficios diversos para su sustento inmediato, pero no era suficiente; muchos más, perdieron su identidad cultural y la nacionalidad mexicana al adoptar el modo de vida y la residencia en el vecino país del norte.”

Además, se indica en el libro, “las viviendas construidas y entregadas a los pobladores por el gobierno federal no fueron las necesarias tampoco ni gustaron a éstos. Eran muy rústicas y poco funcionales. Sin embargo, la población tuvo que comenzar a vivir allí y paulatinamente se fue acostumbrando al nuevo pueblo”.

RESURGIMIENTO

A más de 65 años de quedar sepultado por el agua de la presa, el pueblo del Viejo Chupícuaro emerge todavía entre los meses de marzo a octubre de cada año, cuando desciende el nivel del agua.

“Entre el lodo semiseco sobresalen los hornos o fogones, algunos pozos y lavaderos rústicos que usaban las familias para sus labores domésticas, al igual que las ruinas de la antigua iglesia de San Pedro.
El fango y el lirio seco que llegan a cubrir a la iglesia no le restan interés, al contrario, la convierten en un gran atractivo turístico”.

Los visitantes pueden aprender más de esta cultura en el Museo Etnográfico y Arqueológico “Fray Bernardo Padilla González” ubicado en Nuevo Chupícuaro, que preserva una colección de mil 266 piezas arqueológicas y 200 etnográficas, y en el Museo Histórico de la ciudad de Acámbaro que cuenta con una colección de casi cinco mil piezas.

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