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OPINIÓN

El progreso social en México

El crecimiento no necesariamente conduce al progreso de manera proporcional. Que formemos parte del G20 porque estamos entre los 20 países más ricos del mundo (que representan el 85% de la economía mundial) no significa que estemos en el top 20 del progreso social.
Claudia Leal García*
02 agosto 2017 7:17 Última actualización 02 agosto 2017 7:36
OBra

Obra construcción.

Desde hace ya algunas décadas han empezado los esfuerzos a nivel mundial por encontrar medidas de desarrollo y progreso social nacional que complementen los resultados del Producto Interno Bruto (PIB). Este último es una medida de crecimiento económico más que de progreso.

Crecer y progresar son dos cosas distintas. Si bien es cierto que en términos generales hay una relación entre ellos, el crecimiento hace énfasis en el incremento de la producción de una región mientras que el progreso es un concepto multidimensional que incluye la sustentabilidad y mejoras en el bienestar social a través de factores como la salud, la educación, la inclusión social y la violencia, entre otros.

El crecimiento no necesariamente conduce al progreso de manera proporcional. Que formemos parte del G20 porque estamos entre los 20 países más ricos del mundo (que representan el 85 por ciento de la economía mundial) no significa que estemos en el top 20 del progreso social. Países con niveles de PIB per cápita (por persona) similares difieren en muchas ocasiones en sus niveles de progreso.

El índice de progreso social (IPS) es una de estas medidas creadas recientemente para tratar de medir el bienestar. Construido por Social Progress Imperative, una asociación sin fines de lucro y liderada por Michael Porter, este indicador multidimensional, publicado por primera vez en el año 2013, intenta revisar si los países le proporcionan a su gente las necesidades más básicas, si se cuenta con las condiciones necesarias para promover y sostener el bienestar y si los individuos cuentan con oportunidades para alcanzar su máximo potencial. Cada una de las tres dimensiones anteriores se subdivide en 4 indicadores que a su vez utilizan para su medición 50 variables de carácter puramente social y ambiental.


Apenas hace unas semanas se publicó el IPS 2017. De entre los 128 países que han sido analizados, México está en la posición 48 con un índice considerado medio alto. Si bien es cierto que hemos venido avanzando en este indicador desde que empezó a construirse, hay una serie de países latinoamericanos que nos superan. Chile, Costa Rica, Uruguay, Argentina, Panamá, Brasil y Perú están posicionados mejor que nosotros.

Nos superan países con ingresos per-cápita menores que el mexicano. México ha logrado mejorar en variables como la nutrición y cuidados médicos básicos, agua y saneamiento, y vivienda, pero su lastre sigue siendo la seguridad personal que con una tasa de homicidios relativamente alta y un nivel muy alto de crímenes violentos nos deja en la posición 118 de entre los 128 países clasificados.

Ahora bien, traduzcamos esos números a sentimientos. No sólo es como estamos en la fotografía mundial sino como nos sentimos al salir a la calle, el terror a ser asaltado o secuestrado a plena luz del día; como se sienten todas aquellas familias que han perdido posesiones al tener que migrar de pueblos tomados por el narco y convertidos hoy en pueblos fantasmas; lo que hemos perdido de cultura, esparcimiento y relaciones familiares por el miedo a transitar por nuestras carreteras, el temor a ser confundido y asesinado así porque sí, el miedo que tenemos las mujeres a ser asesinadas por el simple hecho de serlo. La incapacidad de nuestros niños para salir a la calle o para disfrutar de un parque. Esos sentimientos nunca se han reflejado en el PIB y son reales.

Las oportunidades que los mexicanos hemos perdido han sido muchas, no podemos desarrollar todas nuestras potencialidades porque no tenemos la libertad para hacerlo. Desafortunadamente esto no podrá cambiar mientras sigamos viviendo en un país donde el crimen sea un negocio redituable, donde la impunidad y la posibilidad de ser sentenciado imponen un costo de casi cero a la delincuencia.

No podremos mejorar nuestro bienestar mientras la pobreza, la falta de inclusión social y la desigualdad sigan siendo tan grandes; mientras las instituciones sigan careciendo de transparencia y las controversias sigan resolviéndose a través de corruptelas. Ante retos tan enormes, con monstruos de mil cabezas no queda más que volver a las bases.

No llegamos hasta aquí por casualidad, las acciones pasadas carentes de ética nos están cobrando actualmente la factura. Tenemos que hacer lo contrario para cosechar bienestar futuro.

El reto es nuestro, de los individuos, porque somos los que formamos a las instituciones, a las empresas y a las administraciones gubernamentales.

Empecemos cada uno de nosotros por convencernos a nosotros mismos y a nuestros hijos de que ser éticos sí es un negocio rentable y sostenible que conduce a la generación de bienestar y no sólo de riqueza.

*La Dra. Claudia Leal García es profesora de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey en Querétaro.
clealg@itesm.mx