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Y sin embargo se mueve: Una visita al Sismológico

10 febrero 2014 4:8 Última actualización 05 septiembre 2013 5:45

 [EL FINANCIERO visitó las “entrañas” del Sismológico Nacional / Édgar López / El Financiero]


Rosalía Servín Magaña
 
 
Son las 15 horas con 10 minutos del 27 de agosto de 2013 y la alarma del Servicio Sismológico Nacional (SSN) comienza a sonar, indicando que un movimiento telúrico ha sido detectado.
 
 
Es entonces que el equipo de guardia (formado por tres jóvenes ingenieros geofísicos), sale rápidamente de un pequeño cuarto para dirigirse al área de máquinas, donde digitalmente se registran los datos del evento, sin embargo, no observan movimiento alguno…
 
 
Esta vez ha sido una “falsa alarma”, producto del ajuste de un sensor que accidentalmente fue movido por labores de mantenimiento.
 
 
Esto nos da una idea no sólo de lo perceptivo que puede ser un sensor, sino también de la actividad que se suscita en esta estación central ubicada en la Ciudad Universitaria (UNAM) cada vez que un sismo se presenta.
 
 
El jefe del SSN, Carlos Valdés González, ejemplifica a este diario la capacidad de amplificación de los sensores con que cuenta el Sismológico con la siguiente anécdota:
 
 
“Cuando el Estadio Olímpico Universitario está lleno y las porras comienzan a brincar, generan ondas sísmicas que uno de los aparatos, ubicado a 3 km del estadio (en la Facultad de Medicina) comienza a sonar.”
 
 
 
400 sismos al mes
 
 
 
 
 
Tan sólo en lo que va de este año, el país ha registrado más de tres mil 140 movimientos sísmicos (casi 400 al mes) con diferentes epicentros en el país, algunos fuertes (con magnitudes mayores a los 5 o 6 grados) y una gran mayoría imperceptibles, pero que mantienen en alerta a las 22 personas que trabajan en el SSN, las 24 horas de los 365 días del año.
 
 
“La gente piensa que nuestro trabajo es sólo cumplir con reportar el sismo, su magnitud y localización, pero nuestra labor va mucho más allá”, comenta Valdés González.
 
 
Aquí laboran 11 técnicos, cinco personas de apoyo y seis de guardia, que realizan actividades,  tanto de instalación y verificación de estaciones sismológicas, como el mantenimiento y funcionamiento de los equipos y sistemas o el análisis de datos para su divulgación, entre otras cosas.
 
 
Se trata de físicos, ingenieros en sistemas, electrónica y geofísica, que diariamente trabajan para mantener las cerca de 100 estaciones sísmicas distribuidas alrededor de la República, cada una de las cuales registra 600 datos por segundo, que son enviados a las instalaciones del SSN.
 
 
“Nuestra labor es analizar toda esta información y hacer cálculos”, comenta Adriana González, ingeniera geofísica integrante desde hace cinco años del grupo de guardia del SSN, quien junto a sus compañeros de rol (Jonathan Arreola y Margarita Vidal), asegura que ésta se ha vuelto su segunda casa, pues aquí pasan gran parte de su tiempo, incluso navidades y años nuevos.
 
 
Sentada en un pequeño cuarto que funge de guarida, oficina y dormitorio para el personal de guardia, la también estudiante de maestría en Ciencias de la Tierra detalla que una vez que suena una alarma, ellos deben trasladarse a las computadoras de registro a ver la información, donde de inicio lo que ven es la hora en la que ocurre el movimiento, y de ahí parte el procedimiento de análisis para ver la  magnitud (con algunas operaciones físico-matemáticas) y, por supuesto, la localización.
 
 
Cuando la magnitud de los movimientos son menores de cinco grados o no es sentido, se pasa al proceso rutinario, que es el de leer los registros de las últimas 24 horas del día y procesar los datos para ser guardados.
 
 
Pero cuando el sismo es mayor o la gente lo percibe, de inmediato se hacen los cálculos y se reporta a las autoridades de Protección Civil.
 
 
“En algunos casos el sismo alcanza la capacidad para que el propio sistema nos dé una propuesta automática de magnitud y localización, que es lo que sale por Twitter y lo que se envía en un promedio de cuatro minutos a las autoridades”, comenta, por su parte, el responsable del SSN.
 
 
Abunda que la tecnología es certera con la localización del sismo, pero con la magnitud tiene un cierto grado de incertidumbre.
 
 
“Por eso es que cuando damos una cifra --que es la que nos propone la computadora--, después la ajustamos, porque ya cuando hacemos los cálculos, la magnitud a veces resulta ser otra. ¡Y no sabe qué broncas nos trae esto! Pero hay gente que quiere saber de inmediato, por eso siempre aclaramos que son cifras preliminares”, señala.
 
 
El hecho es que todos estos registros sísmicos están siendo almacenados como parte de la ingeniería sismológica, que permite estudiar la estructura existente debajo del territorio, las placas, el comportamiento del suelo y, en sí, el mecanismo que genera sismos y sus impactos.
 
 
 
Poco se sabe de la Tierra
 
 
De acuerdo con Carlos Valdés, es increíble que se conozca más del espacio exterior, que del propio centro de la Tierra.
 
 
Por ejemplo, dice, la distancia al centro de la Tierra es de seis mil 400 km, pero los pozos más profundos que se han perforado para conocimiento, sólo han llegado a los 14 km. En realidad,  todo lo que se conoce del interior de la Tierra ha sido inferido por información sísmica, de ahí su importancia.
 
 
Añade que estos datos son fundamentales para la planeación de grandes obras como  presas, puertos, gaseoductos, refinerías, oleoductos, estadios y otras edificaciones, que resulta fundamental conocer para evitar desastres. “Ésta es la razón de tener todo esto, no es sólo para reportar magnitud y lugar”, puntualiza.
 
 
En el SSN aún permanecen algunas hojas de lectura en papel, que eran usadas años atrás con los sistemas analógicos. “¿Se imagina cuando se acababa la tinta o se rompía la plumilla? Hasta ahí llegaba el registro”, recuerda Valdés al darnos un recorrido por la zona operativa de este lugar.
 
 
El sonido de máquinas, ventiladores y un frío que de momentos ‘cala los huesos’, son las principales características de esta área en la que se encuentran gráficas, mapas, diversos sistemas de enlaces satelitales, sismógrafos y alrededor de 12 computadoras que monitorean un sinfín de datos por segundo.
 
 
Al mostrar la incontable información que le llega cada minuto a su celular y explicar un mapa con las 100 estaciones distribuidas alrededor del país, Valdés indica que 50 de ellas forman parte de la denominada Red de Banda Ancha, la cual cuenta con equipos instalados en construcciones especiales para mejorar la capacidad de detección sísmica.
 
 
Asimismo, hay una Red del Valle de México y otra delegacional, que se instalaron para tener un estudio detallado del comportamiento del suelo de cada zona de la ciudad.
 
 
“Hay otras tareas de análisis que tenemos”, comenta el investigador, luego de señalar las máquinas que registran datos de estaciones volcánicas y una más que, escondida en un rincón y rodeada por cristales, resulta de lo más interesante.
 
 
Es un sistema de cómputo que registra información proveniente de algunas estaciones sísmicas (Isla Socorro, la Paz y Matías Romero) y que envían directamente a Viena, donde es procesada de manera especial para la evaluación de pruebas nucleares clandestinas en el Pacífico.
 
 
“Si alguien quiere probar una bomba atómica y la detona en medio del Pacifico, hay una generación de ondas sísmicas que se acoplan al fondo del mar y viajan, por lo que pueden ser detectadas”, comenta Valdés, quien explica que México forma parte de este programa de la ONU.
 
 
Sobre el gran temblor que se espera, el investigador indica que hay una brecha sísmica en Guerrero donde desde 1911 no se produce un temblor, de modo que es por ello que saben que ocurrirá e incluso pueden deducir cuál será su magnitud (mayor a siete).
 
 
“Lo que no sabemos y nadie, nadie lo puede saber, es cuándo será”, asevera.
 
 
El equipo del SSN concluye que el trabajo cotidiano les ha dejado aprendizajes y un dato inequívoco: “ningún temblor es igual a otro y de todos se aprende algo nuevo”.