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Una época para títulos menos grandiosos

01 febrero 2014 8:44 Última actualización 24 diciembre 2013 5:5

  [La tentación de seguir añadiendo títulos es muy fuerte, pero seguramente está sujeta a rendimientos decrecientes / Reuters]


 

 
 
 
Por Andrew Hill
 
Cada año, durante la temporada navideña, en lecciones, villancicos (o en una interpretación de El Mesías de Handel), escucho una versión de este pasaje sonoro del Antiguo Testamento: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará su nombre ‘Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz’.”
 
Y cada año surge en mí un pensamiento menos religioso: hay que tener cuidado con los títulos de trabajo inflados.
 
Yo concedo que el Todopoderoso no puede tener suficientes títulos (aunque yo pienso que el simple nombre “Dios” es suficiente para transmitir Su mensaje). Pero en el mundo corporativo terrenal, el cual ya está lleno de administradores conocidos como “Director” de alguna cosa u otra, la falta de control es más difícil de justificar.
 
La tentación de seguir añadiendo títulos es muy fuerte, pero seguramente está sujeta a rendimientos decrecientes. Hace años cuando yo era el editor de la sección internacional del FT, me asignaron el papel adicional de editor adjunto de la sección internacional. Aunque fue gratificante recibir ese reconocimiento, el título no cambió el trabajo que estaba desempeñando y no impactó mi tenue autoridad sobre la red de reporteros y editores que intentaba coordinar. Ambos títulos fueron abolidos después de que dejé el cargo.
 
Los directores ejecutivos quienes también tienen el cargo de “jefe de la junta directiva” son atacados por su mala gobernanza empresarial, pero los que aceptan un tercer título de “presidente” se exponen al cargo adicional de tener un complejo de superioridad.
 
El problema, sin embargo, no es la cantidad de descripciones de puestos de trabajo, sino la calidad de tales títulos. Las compañías realmente deberían de repensar los roles subyacentes.
 
Una manera de lograrlo sería importar empleos de otras organizaciones exitosas. Es desmoralizador que a pesar de la expansión de los empleos de “nivel C”, mayormente ocupados por personal de “nivel D”, la larga lista de dichos papeles es muy estrecha. Todos conocemos el dicho que habla de los peligros de “tener demasiados jefes.” Así que ¿dónde, en el mundo de negocios, están los directores de orquesta, los directores de escena, los buscatalentos y los intérpretes que son fundamentales para el buen funcionamiento de otras organizaciones deportivas, culturales e internacionales?
 
Otra estrategia podría ser reinventar los roles existentes. Piensa, por ejemplo, en cuánto más útil sería si las compañías reemplazaran a su director general de operaciones con un director general de cooperaciones. Ellos se concentrarían en mantener las delicadas redes colaborativas que son la base de muchas compañías grandes.
 
Podrían nombrar un director en jefe de desinversión para llevar a cabo el trabajo crítico de eliminar proyectos locos, iniciativas demasiado ambiciosas e innovaciones inútiles en las que ha invertido la compañía.
 
Los directores de recursos humanos se podrían convertir en directores de humanos cansados. Al final de un largo año, es importante cuidar a los ejecutivos importantes para que puedan dar su mejor esfuerzo a la compañía, en lugar de agotarse y quemarse, como lo que le sucedió a Sir Hector Sants, el antiguo guardián financiero del Reino Unido, quien tuvo que dejar su puesto en Barclays.
 
La cadena de suministro es manejada mayormente por computadoras y robots. Por lo tanto, los administradores redundantes de ese departamento pueden ser nombrados vicepresidentes de la cadena de respuestas, responsables de crear respuestas corporativas en los medios sociales, manejando las respuestas a los clientes y ayudando al director ejecutivo cuando tenga que dirigir una sesión de preguntas y respuestas en Twitter. Tal vez este nuevo puesto coincida con su viejo rol: Debenhams, la cadena de tiendas departamentales del Reino Unido, podría haber utilizado un poco de sutileza en su reacción a la tormenta que siguió al correo electrónico que se les envió a los proveedores pidiéndoles una contribución prenavideña.
 
Como el lamentar las acciones pasadas ya es considerado una competencia corporativa y las relaciones públicas no son suficientes para hacerlo, hay que nombrar un director de deflaciones públicas para dar el tipo de disculpa que tuvo que dar Tim Cook de Apple a China por su política de garantía; o Phil Clarke de Tesco, a sus clientes del Reino Unido, por haberles, involuntariamente, suministrado carne de caballo; o de parte de la mayoría de los ejecutivos de los bancos a la mayoría de la gente por la mayoría de las cosas.
 
Finalmente, hay que despedir a la mayoría de los consultores de gestión empresarial y reemplazarlos con uno o dos “consultores” de gestión empresarial. En lugar de ganarse la vida diciéndoles a los gerentes lo que quieren escuchar, estos expertos insultarían a los directores ejecutivos que estuvieran pensando utilizar estrategias tontas. Y eso sería un admirable consejo.
 
 
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