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Un kilómetro por cada año de vida

07 febrero 2014 5:58 Última actualización 23 agosto 2013 5:46

[Practicar deporte requiere sacrificios / Edne Balmori / El Financiero]


 

Alfredo Peñuelas Rivas
 
 

Levantarse casi todos los días a las 5:30 am antes de que el sol despierte. La cama, como una amante despechada, ruega que te quedes un poco más y te acurruques entre sus brazos, mientras das un último atisbo a la ventana sólo para comprobar que la noche sigue ahí afuera. Das un hondísimo suspiro para tomar fuerza, amarrar las agujetas con doble nudo y salir a enfrentar el asfalto en un horario que parecería exclusivo para barrenderos y voceadores.
 
 

Esa es una realidad que debe asumir todo aquel que decide enfrentar a su propio dragón en forma de carrera milenaria.
 
 

Cada quien tiene sus propios motivos para correr un maratón: los hiperatletas keniatas que han hecho de las carreras de fondo un modus vivendi, los viciosos de los kilómetros que andan coleccionando maratones a lo largo y ancho del mundo, los que cumplen cualquier tipo de manda terrena o divina y son capaces de llevar a cuestas un relicario, las fotos de los hijos y hasta un San Judas, y los que buscamos una excusa más para luchar contra el tiempo que se aglutina en canas y arrugas.
 
 

Lo cierto es que todos tenemos algo en común: corremos por nosotros mismos, contra nosotros mismos e impulsados por una fuerza incomprensible que se parece mucho al amor propio y lo disfrazamos con alguna excusa con la que explicamos al mundo por qué somos capaces de levantarnos a horas innobles de la madrugada y aporrear nuestro cuerpo contra el suelo a lo largo de varios kilómetros. Mi excusa es simple: tengo 42 años y quiero regalarme un kilómetro por cada año de vida.
 
 
 
Correr, cuestión de vida
 
 

Muchos llegamos a la disciplina de correr por la misma vía: por motivos de salud. Sobrepeso, prescripción médica, tono muscular y el ya mentado combate a la vejez. Un día, hace casi 10 años, la báscula me escupió en la cara la horrenda cifra de 80 kilos que a mis 1.70 metros de estatura me preocuparon.
 
 
Una frase de una vendedora de ropa fue la que determinó mi decisión, “¿Quiere que le dé una talla más grande, joven?”, “No”, le respondí, “déme la talla que le pedí que yo me las arreglo”. Tres meses después había logrado bajar 10 kilos y, con ello, constatar que el hecho de correr servía para algo.
 
 
Las carreras llegan después. Uno sale a correr por las mañanas y tímidamente comienza a sumar kilómetros. Uno, dos, tres, así hasta llegar a la mágica cifra de los 5 kilómetros. “Así que también corres”, me dijo mi buen amigo Jorge, “vamos a inscribirnos a la próxima carrera. Y antes de que yo pudiera explicarle que lo mío era una inofensiva guerra contra la obesidad, la magia de un clic de Internet me convirtió en runner y, con ello, el personaje de una cultura que almacena vestuarios, publicaciones, comunidades web y todo un estilo de vida que me ha acompañado durante la última década.
  
 
Corrí mi primera carrera a inicios de 2006. Esa corta carrera en CU guardaba una emoción extra, el hecho de que la meta final se encontraría dentro del propio estadio Olímpico 68. Aún recuerdo la felicidad al cruzar la meta dentro del mítico tartán del estadio de los Pumas y la emoción segunda al mirar que en el tiempo oficial: yo había llegado en número 65, nada mal para una primera carrera. Ese día comenzó un largo trayecto a través de decenas de competiciones de 5, 10, 15 y 21 kilómetros que me ponen hoy día a las puertas de mi primer maratón.
 
 

El mito del maratón
 
 
Desde que anuncié mi decisión por correr el Maratón de la Ciudad de México he escuchado todo tipo de expresiones, incluso algunas de ellas insólitas. Que si es un evento organizado por el PRD y se va llenar de acarreados superdotados que irán gritando consignas y cargando pancartas en contra de la reforma energética propuesta por el presidente Enrique Peña Nieto, que el evento está “arreglado”, que si el maratón era un invento de los gringos y que la carrera del soldado griego Filípides que le diera origen al nombre nunca existió. Esto último se refiere al mito de Filípides, de quien se supone que en el año 490 a. C. habría muerto de fatiga tras haber corrido la distancia entre Maratón y Atenas para anunciar la victoria sobre el ejército persa.
 
 

Hoy día, poco importa porque el maratón es tal vez la única prueba olímpica del atletismo que pone en equidad a los superhombres con los humanos comunes ya que el esfuerzo por haberlo realizado es igual de valioso así se rompa el récord mundial o se hagan más de cuatro horas en la proeza y la satisfacción es casi la misma.
 
 

Todo el año para correr un maratón
 
 

Calambres, dolores musculares, torceduras y ampollas hacen su aparición, acompañados de deshidrataciones monstruosas que lo dejan a uno tirado en la cama entre violentas fiebres y jaquecas y hasta un insólito sangrado de pezones por el rozamiento de la camiseta, producto, ahora lo sé, de la sal que queda al secarse el sudor después de correr más de 25 kilómetros.
 
 

Todo esto es un rosario de pruebas, errores y satisfacciones acumulados a lo largo de ocho meses, una carrera que comenzó el 3 de enero y que lleva más de 800 kilómetros divididos en casi 100 carreras a lo largo del año. Todo para llegar de manera decorosa a la mítica distancia del maratón.
 
 

La cultura runner comienza a hacer gala de su existencia y con ella una serie de tips, dietas, recomendaciones y técnicas para desarrollar más el potencial del cuerpo. Al lado de las estrategias aparece también la vanidad y los vestuarios y equipos de alto rendimiento. Si bien todo corredor sabe que no debe estrenar absolutamente nada el día de una carrera importante también es cierto que uno observa tenis nuevos, camisetas de compresión, sistemas de medición de pulso y de distancia con la misma pasión de quien iba antaño a una tienda de discos.
 
 

Desde que comencé a correr nunca he dejado de hacerlo, incluso si salgo de viaje llevo conmigo mis tenis y al menos una muda de ropa deportiva. Cabe decir que los tenis del runner son una suerte de santuario que no se ocupa para nada más. No se los pone uno para salir un domingo al parque, ni son el artilugio para echarse una ágil cascarita de futbol. Su función es única y exclusivamente correr a lo largo de toda su vida útil. Mis tenis me han acompañado por Centroamérica, por varias partes de México y fueron parte de mi rutina diaria durante mi maestría en Barcelona. Por cierto, pocas motivaciones tan gratas como el hecho de que el Mediterráneo te regale un amanecer mientras tú vas corriendo a su lado. Correr, correr, correr… ¡siempre correr!
 
 

Quienes corremos luchamos contra nosotros mismos, tratamos de mejorar tiempos, rendimientos y distancias. A mí llegada a México y con mis flamantes 40 años decidí regalarme mi primer medio maratón, la estrategia fue similar a la de ahora con la salvedad de que este ocurriría durante los primeros días de mayo. Después de tres meses de preparación hay algo contra lo que uno no puede luchar, el nerviosismo previo a la carrera. Aquella vez no dormí durante la noche anterior y me presenté lleno de dudas a la línea de salida, una hora con 39 minutos después estaba cruzando la meta con una sonrisa que me duró por varios días.
 
 

Este año el entrenamiento ha sido el doble, pero el nerviosismo también. He corrido diez veces la distancia del medio maratón y con ello mejorado mi tiempo hasta dejar mi marca en una hora con 31 minutos. Además he realizado carreras de 24, 24, 28, 30 y 32 kilómetros. Sin embargo, conforme se acercan los días el nerviosismo es exponencial, las dudas se multiplican y a mi cuerpo lo atacan calambres cuando está quieto y diarreas que vienen de la nada.
 
 

La ruta de este maratón es espectacular y recorrerá puntos emblemáticos de la ciudad, como Reforma, el museo Soumaya y Chapultepec, para finalizar de nuevo en el estadio Olímpico 68.
 
 
 
Esa ruta es un motivo más para ilusionarse y también, mientras las horas pasan, un motivo más para no dormir en este momento en que son las 01:03 am de un jueves, y que el reloj descendente de la página oficial del maratón diga que faltan 03 días, 05 horas, 40 minutos, 20 segundos y descontando para que disipemos todas las dudas que nos ofrece el asfalto.