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'Refugiados ambientales' chinos huyen lejos del esmog

06 febrero 2014 7:0 Última actualización 01 diciembre 2013 5:1

 [Las grandes ciudades chinas, como Shanghai, sufren un alto nivel de contaminación. / Reuters]   


New York Times News Service
 
DALI, China.- Una mañana típica para Lin Liya, nativa de Shanghai, que se vino a vivir a esta antigua ciudad en el suroeste de China, es así: manda a la escuela, que está cerca de las montañas, a su hijo de 3 años; sale a correr media hora en las playas del lago Erhai, y busca vegetales y carne frescos en el mercado local.
 
Terminó de correr una mañana, bajo un cielo azul sin nubes y se sentó con un visitante de Pekín en el hotel boutique junto al lago que abrieron su esposo y ella.
 
“Creo que el lujo es la luz del sol, el buen aire y el agua buena”, señaló. “Pero, en una gran ciudad, no puedes tener esas cosas”.
 
Hace más de dos años, Lin, de 34 años, y sus esposo dejaron carreras cómodas en la próspera ciudad sureña de Guangzhou – ella en una compañía noruega de manejo de riesgos y él en la agencia de publicidad que había fundado – para unirse al creciente número de urbanitas que han huido a las zonas rurales de China. Un residente de esta ciudad los llama “refugiados ambientales” o “inmigrantes ambientales”.
 
En un momento en el que cientos de millones de chinos, muchos campesinos pobres, están abandonando sus fincas rurales para buscar trabajo y tocar la energía de las ciudades dinámicas de China, un reducido número de habitantes de ellas decidieron emigrar.
 
El cambio en el estilo de vida habla mucho de las ansiedades por la contaminación, el tránsito, los costos de la vida, el valor de las propiedades y el estrés general que hay en las metrópolis costeras más grandes del país.
 
Por ejemplo, la calidad del aire. Los niveles de las partículas finas en algunas de las ciudades chinas son 40 veces mayores a la exposición recomendada por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
 
En noviembre, se decía en una noticia oficial que se había hospitalizado, cerca de Shanghai, a una niña de 8 años por padecer cáncer de pulmón, la víctimas más joven de China. El médico culpó a la contaminación.
 
Los refugiados urbanos son de todas las profesiones y condiciones sociales –hombres de negocios, artistas, maestros, chefs-, pero no son confiables las estimaciones sobre cuántos son. Se han afianzado vidas más ecológicas en enclaves pequeños, desde el centro de la provincia de Anhui hasta el remoto Tibet.
 
Muchos son "bubos" (burgueses bohemios) y dicen que además de escapar de la contaminación y la suciedad, quieren liberarse de los impulsos materiales de las ciudades; lo que Lin identifica irónicamente como concentrarse en “lo que llevas puesto, en dónde vas a comer, en compararte con otros”.
 
La ciudad de Dali en la provincia de Yunnan, ubicada entre un muro de montañas de 3 mil 962 metros de altura y uno de los lagos de agua dulce más grandes de China, es un destino popular.
 
Son cada vez más los miembros del grupo étnico bai, autóctono de la región, los que rentan sus casas en las aldeas a gente de la etnia han, dominante en el país, que aparecen con maletas y mochilas.
 
Llegan con boletos sencillos de lugares como Beijing, Shanghai, Guangzhou y Shenzhen, las que tienen economías descomunales, pero también poblaciones de 15 millones de habitantes o más.
 
En foros en internet, los recién llegados hablan de cómo rentar una casa, dónde comprar, cómo ganarse la vida y qué escuelas son las mejores para sus hijos.
 
Su presencia está por todas partes en las calles empedradas de la parte vieja. Operan cafés, hoteles y librerías, y los más jóvenes se ponen a vender todo tipo de chucherías en las calles.
 
Algunos se hacen agricultores y otros pasan el día instruyendo a sus hijos en la casa. Su presencia ha transformado a Dali y las aldeas que la rodean en una cruza entre la región de Provenza en Francia y el barrio francés de San Francisco.

Un imán para este interés es el pueblo de Shuanglang, que se volvió atractivo porque los famosos nativos de Yunnan, la bailarina Yang Liping y el artista Zhao Qing, construyeron casas ahí. Como en otras aldeas a orillas del lago, los inmigrantes, algunos con riqueza inmensa, viven junto a pescadores y campesinos.
 
“Llega todo tipo de personas con sueños diferentes”, dijo Ye Yongqing, de 55 años, un artista bai de la región, quien ha vivido la mayor parte de la vida en ciudades, incluida Londres, pero compró una casa aquí hace cinco años. “Algunas personas se imaginan que este lugar es Grecia, o Italia, o Bali”.
 
“Dali es uno de los pocos lugares en China que todavía tiene un vínculo estrecho con la tierra”, agregó, sentado frente a una mesa con calabazas en su huerto. “Muchas aldeas en China se han convertido en cascarones vacíos. Dali es sobreviviente de ese fenómeno”
 
Lin dijo que se enamoró del lugar cuando llegó por primera vez como mochilero en 2006. Regresó dos veces antes de mudarse.
 
En 2010, en la tercera visita, su esposo, a quien conoció haciendo excursionismo en Yunnan, y ella buscaron un terreno que arrendar para construir un hotel junto al lago Erhai.
 
No todo ha sido fácil, dijo Lin, y mencionó las negociaciones y los malentendidos con los funcionarios locales, habitantes y empleados.
 
“Sólo queríamos cambiar a una vida diferente”, explicó Lin, quien había vivido en Shanghai y también en Guangzhou. “Mis amistades en Shanghai batallan allá; no sólo en el trabajo, también sólo para vivir. Los precios son demasiado altos, más que en Europa. Se vuelven locos, enloquecen”.
 
Lin se mudó a Dali hace menos de dos años, después de que nació su hijo.
 
“Le hace bien al bebé porque es como la infancia de mi madre”, comentó. “En aquella época en Shanghai, el aire todavía estaba limpio y podías ver el cielo azul; había agua limpia”.