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Refugiadas de varios países reinician su vida en México

10 febrero 2014 5:18 Última actualización 05 agosto 2013 6:13

 
 
Miriam de Regil
 
 

Perseguidas y amenazadas de muerte, Milli, Cleida, Eva y Vanesa tuvieron que dejar sus países de origen para refugiarse en México, lugar del que poco sabían antes de llegar, pero al que ahora 'están agradecidas' por haberles brindado la oportunidad de seguir viviendo.
 
 
Luego de recorrer más de 15 mil kilómetros, Milli llegó a la ciudad de México proveniente de la República del Congo, África, lugar donde nació hace 33 años y en donde dejó parte de vida.
 
 
Milli, quien reside en nuestro país desde hace dos meses, es muy tímida, nunca sonríe y cada que puede se encierra en su habitación, donde permanece únicamente con su pequeña de dos años.
 
 
Esta africana fue víctima de persecución política en el Congo, después de que secuestraron a su esposo y lo mataron. Gracias a un amigo del marido, ella y la pequeña lograron salir de África y llegar a México, único país de América Latina que le otorgó asilo.
 

Milli narra que no ha sido fácil estar en este país, pues muchas personas la ven diferente sólo por su tono de piel. Además de la comida, idioma y costumbres han sido todo un reto para ella y confirma tener miedo de que quieran quitarle a su niña.
 
 
Ella es una de las 14 refugiadas que viven actualmente en la Casa de Acogida, Formación y Empoderamiento de la Mujer Indígena e Inmigrante (CAFEMIN) en el Distrito Federal, albergue que desde que abrió hace dos años ha atendido a más de 100 personas entre refugiados, asilados, migrantes y personas que están de paso, básicamente mujeres y en algunos casos familias.
 
 
La amenaza de Los Maras
 
 
Vanesa tiene 22 años de edad y tres hijos (de 11, 6 y año y medio), con quienes dejó El Salvador hace 6 semanas junto con su esposo José de Jesús, de 31 años.
 
 
“Salimos de allá por las pandillas (los Maras), que me tenían ya amenazada, querían matar a mis dos niñas”, comenta Vanesa, quien en algún momento fue secuestrada por estos grupos.
 
 
“No podíamos seguir con las extorsiones, la violencia, pero sobre todo con las amenazas de muerte, así que agarré todos mis documentos, el poco dinero que reunimos y nos venimos con mis hijos”.
  

Vanesa y su marido relatan que a nadie le avisaron que dejarían su país. “Fue una decisión rápida”, agrega José de Jesús, quien dice estar hoy más tranquilo, pero preocupado por el futuro de su familia.
 
 
“Queremos ir a la embajada de Canadá y pedir asilo, pues aunque en México mucha gente se ha portado bien con nosotros, sabemos de la inseguridad que se vive e incluso hemos visto ya algunos grupos de los que estamos huyendo.
 
 
”De hecho, el primer objetivo era llegar a Estados Unidos, sin embargo, al llegar al DF, una de las niñas se enfermó y el pollero que los había traído desde Centroamérica los abandonó, pese a que ya le habían pagado 2 mil dólares.
 
 
Un reto que vale la pena
  

CAFEMIN es un espacio dirigido por la congregación de las Madres Josefinas, quienes en un principio sólo contaban con las instalaciones, que se encuentran cerca del Metro Misterios.
 
 
“Poco a poco hemos entrado en contacto con otras organizaciones y hemos establecido una pequeña red de convenios para apoyo logístico, con organizaciones como Sin Fronteras, que canaliza a la mayoría de nuestra población”, señala la madre Mirian Esperanza Bonilla Vega, encargada del albergue.
 
 
Agrega que también han hecho contacto con la Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades del DF, dependencia que los apoya con el proyecto de una panadería.
 

Acnur, en tanto, los apoya con los programas educativos, de formación y de sensibilización y, por otro lado, cuentan con la asesoría y apoyo de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal y de la Arquidiócesis de México, destaca Bonilla Vega.
 
 
La religiosa señala que pese a la escasez de recursos, el trabajo ha valido la pena porque se han salvado vidas. “Las personas que aquí llegan han vivido tragedias inimaginables como asesinatos de familiares, torturas, secuestros, extorsiones, violaciones de todo tipo, situaciones que las han obligado a salir de sus países, pues su vida se encontraba en peligro”.
 
 
Aclara que quienes llegan al albergue son en su mayoría canalizados por instituciones, “pues no es sencillo abrir la puerta a cualquiera, sobre todo por la inseguridad. Aquí pueden permanecer sólo tres meses, en lo que se les brinda ayuda psicológica, jurídica y se facilita el trámite de algunos documentos”, puntualiza la madre, quien junto con otras cuatro religiosas atiende actualmente a más de 14 personas.
 
 
Solidaridad
 

Cleida es una chilena de 67 años de edad, quien tuvo que viajar a México en 1975, luego de ser amenazada de muerte, tras el golpe militar de Pinochet.
 
 
“Trabajé dentro del gobierno (de Allende), por eso fui perseguida. En muchas ocasiones con pistola o metralleta en la cabeza me amedrentaron, me tocó observar cómo mataban a la gente en las calles y conocer el odio en contra de las personas sólo porque pensaban diferente”.
 
 
Sola, Cleida abandonó Santiago y en México tuvo que comenzar de nuevo. Con sus recuerdos y sabores empezó a hacer empanadas. “No sabía nada de cocina, pero poco a poco me fui perfeccionando. Empecé a surtir pedidos para ayudar a casas de cuna, y después me casé con un mexicano”, dice Cleida, quien actualmente apoya a CAFEMIN impartiendo clases de panadería a los refugiados.
 

Desaparecidos
 
 
A Eva le mataron en El Salvador a uno de sus cinco hijos hace 33 años, también desaparecieron a muchos de sus sobrinos, conocidos y vecinos. Ella tiene ahora 79 años de edad y a pesar de su difícil historia sonríe y cuenta su experiencia.
 
 
“En 1984 ingresé a México por el lado de Belice, me vine con mi esposo y tres hijos (dos hombres y una mujer), llegamos sólo con lo que traíamos puesto a Chetumal, donde vivimos dos años y en donde nos abrieron las puertas como en ningún lugar.” Después viajaron a Tabasco y al DF, donde lograron arreglar sus documentos.
 
 
Tras la muerte de su hijo, Eva recuerda que otros familiares fueron capturados. Cuando mi hijo menor fue requerido por el ejército, decidimos salir de El Salvador.
 
 
“Sufrimos mucho, pero el grupo Sin Fronteras nos ayudó mucho. Después de nueve años regresé a mi país como ilegal para rezarle su rosario a mi hijo caído, y años después, con mis papeles en orden, fui sólo a enterrar a mi esposo.”