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Proyecto eléctrico enfrenta a lo antiguo y moderno en Corea del Sur

06 febrero 2014 6:49 Última actualización 09 noviembre 2013 5:0

[Ancianos han montado campamentos para defender sus tierras. / NYT ] 



© 2013 New York Times News Service

MIRYANG, Corea del Sur. Las tradicionales aldeas campesinas dentro de la ciudad de Miryang, como muchas en Corea del Sur, están enclavadas junto a montañas boscosas. Los arrozales se desbordan hacia el valle, y los manzanares y huertos de caquis bordean los caminos.

Hace mucho que se remplazaron las alquerías de madera con techos de teja con casas de concreto, pero persisten los rituales de una Corea más antigua. Los campesinos planean la vida alrededor de las estaciones del cultivo, y cuando mueren, los entierran en solares que salpican las laderas de las montañas.

Ahora, una Corea más moderna está avanzando en las aldeas. Los pueblos se localizan en una gran ruta de transmisión con la que se espera distribuir electricidad generada con energía nuclear. Ya se están levantando las torres en el espinazo de varias montañas cercanas, y están programadas 50 más en Miryang, algunas en las montañas.

No será así si varios aldeanos tienen algo que decir al respecto. En los dos últimos años, han realizado protestas que han incluido una extraña autoinmolación, manifestaciones en Seúl y pequeños campamentos que mujeres mayores levantaron en los solares que la compañía de luz limpió para colocar parte de las torres y llevan dos años. Ellas se turnan para regresar a sus casas por algún tiempo, pero la mayoría duermen ahí por turnos y tienen calentadores de queroseno. Ondean banderas coreanas en sus cobertizos con techo de plástico.

“Mi familia ha vivido aquí durante 500 años, y todos nuestros antepasados están enterrados en estas montañas”, notó Sohn Hee-jyong, una cultivadora de arroz que se queda en el campamento porque la tumba de su marido está cerca. No puedo permitir que pasen por aquí esas monstruosidades de acero. Sobre mi cadáver".

El distanciamiento de los aldeanos respecto de KEPCO o Korea Electric Power Corp., la paraestatal de electricidad, de 166 mil millones de dólares, se ha convertido en una nota periodística que se observa con atención en el país; algunos medios informativos la reportan al mínimo detalle, marcando cada vez que la compañía logra colocar otra torre, por lo general, después de pagar una indemnización suficiente a los dueños cercanos para conseguir su apoyo.

La noticia ha llegado a los titulares no sólo por ser un potente símbolo de la lucha perene de Corea del Sur por reconciliar sus tradiciones con su muy eficiente encarnación moderna, sino también por la creciente batalla por la energía nuclear en Corea del Sur.

El apoyo a la energía nuclear ha estado decayendo desde el desastre en Fukushima, Japón, en 2011, y después de que una serie de escándalos en Corea del Sur revelaron que se falsificaron los resultados de las pruebas de seguridad en muchas partes de plantas en todo el país.

Los aldeanos están cada vez más desesperados por detener el proyecto de transmisión de electricidad. Sin embargo, los escándalos también han provocado que KEPCO se desespere un poco por hacer avanzar el proyecto. La planta nuclear, que se espera se conecte a la nueva red de transmisión, es un importante caso de prueba para la industria, ahora desprestigiada, y para el gobierno, porque contaban con hacer de las plantas nucleares una exportación lucrativa. Dos de los reactores de la planta son de un modelo que Corea del Sur espera se venderá muy bien.

Miryang se ubica a 280 kilómetros al sureste de Seúl y a un mundo de distancia. En comparación con el bullicio de la ciudad, las aldeas que juntas albergan a 110 mil habitantes, son soporíferas. Muchos de los jóvenes se mudaron a las ciudades cada vez más acaudaladas. Algunos caminos son tan tranquilos que los aldeanos ponen los granos a secar en ellos después de la cosecha.

Su lucha con la empresa de luz empezó en 2007, cuando KEPCO comenzó a colocar el cableado aéreo a lo largo de 90 kilómetros, mismo que colgaría de 161 torres entre Gori, uno de los complejos nucleares más grandes de Corea del Sur, en un área a caballo en los límites de Busan y Ulsan en el sureste, hasta una subestación en el noroeste.

Al principio, las personas aquí temían por lo que percibían como amenazas contra la salud por los cables que se espera transmitan 765 mil voltios, y caídas drásticas en los precios de las propiedades conforme las enormes torres salpicaban las montañas, principalmente prístinas, o porque estaban cerca de sus aldeas. (Dado que, a veces, los campesinos solicitan préstamos contra sus casas o arrozales para pagarlos después de la cosecha, el valor de la tierra es especialmente importante.)

También les preocupaban sus camposantos. Como en gran parte de las zonas rurales surcoreanas, venerar a los antepasados es común aquí y proteger las tumbas de cualquier cosa considerada impura es un deber de suma importancia para los vivos.

La lucha se intensificó el año pasado, cuando un campesino de 74 años, llamado Lee Chi-woo vertió gasolina en su cuerpo y se prendió fuego en Bora, una de las aldeas de Miryang. Ese día, más temprano, obreros de KEPCO habían empezado a levantar una torre en el arrozal de Lee y de sus hermanos, mientras guardias de seguridad sacaban a empujones del lugar a los hermanos que protestaban, el cual habían confiscado en contra de su voluntad y a precios muy por debajo de lo que ellos pedían.

Con el suicidio de Lee, aldeanos mayores se fueron a las montañas, levantaron chozas en los sitios donde KEPCO planeaba colocar las torres de transmisión, algunas de 40 pisos de altura. Activistas contra la energía nuclear llegaron a las aldeas en autobuses para apoyar a la gente y reforzar su propia causa.

Conforme algunas personas y aldeas en Miryang aceptaron los paquetes de indemnización de KEPCO, creció el resentimiento en ambas partes. La compañía y el ministerio de comercio, industria y energía dijeron que los manifestantes de más edad impedían un importante proyecto nacional. Habitantes a favor del gobierno colocaron mantas a la vera de los caminos para denunciar a gente de fuera que traía el activismo contra la energía nuclear y urgía a los aldeanos a “cooperar con las administraciones de los negocios y del Estado”. Las mantas opuestas decían: “¡No a la energía nuclear!”.

Vecinos rivales dentro de los pueblos han dejado de hablarse, y algunos se empujaron mutuamente, lo que llevó a demandas judiciales.

Los últimos bastiones ahora son cerca de una docena de aldeas de Miryang. De la red de transmisión de 90 kilómetros, a KEPCO sólo le falta una sección de 30.6 kilómetros que se supone debe atravesar esas aldeas y las montañas cercanas.

Durante meses de negociaciones infructuosas este año, los aldeanos exigían que KEPCO cambiara la ruta de la red de electricidad, la hiciera subterránea o redujera el voltaje de la electricidad que se espera transporte. La compañía de luz dijo que esas alternativas no son factibles y reanudó la construcción a principios de octubre, empezando con las aldeas donde llegó a acuerdos con los habitantes.

Algunos habitantes de Miryang han tratado de bloquear a los camiones que pasan estruendosamente hacia las montañas cercanas para poner el concreto para más torres, pero la policía ha hecho retroceder a la gente. Ancianas frustradas recurren ahora a agitar sus bastones cuando pasan los camiones y lanzarles invectivas a los policías que tienen la edad de sus nietos. Algunas han intentado lanzarse frente a los camiones.

Al pie de la montaña del campamento de carpas de Sohn, donde el bosque se ha convertido en cortinajes otoñales, los aldeanos han empezado a montar guardia.
Hace poco, un día, los hombres estaban parados atrás de las cuerdas que atravesaban el sendero que lleva al puesto de avanzada, fumando cigarrillos y vigilando a ver si llegaban los tan temidos obreros. Tres lazos colgaban de los pinos cercanos. “Para colgarlos o que nos cuelguen”, dijeron los hombres.

Las mujeres también han dado un giro fatalista al construir trincheras frente a sus tiendas de campaña, que dicen, servirán como sus tumbas si las autoridades tratan de sacarlas. Sohn dijo que hace poco trató de preparar a sus hijos para lo peor.

“Cuando me llamaron el otro día, les dije que moriré peleando”, dijo. “Así, al menos estaré menos avergonzada cuando me encuentre con mis antepasados muertos”.