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Protagonistas del circo visible

07 febrero 2014 3:48 Última actualización 25 octubre 2013 5:2

  [La contorsionista, el péndulo de la muerte y el maestro de ceremonias, entre otros personajes, comparten con El Financiero sus historias de vida / Arturo Monroy / El Financiero]


 

Rosalía Servín Magaña
 

Llega la tarde del viernes, el sol comienza a ocultarse y las luces de la carpa han sido encendidas, anunciando que el espectáculo del circo está por comenzar.
 

Adentro, los vendedores de dulces, palomitas y refrescos se pierden entre las butacas esperando ser vistos por los asistentes, en su mayoría niños, ansiosos por lo que verán.
 

Por fin las luces blancas se apagan y en su lugar aparecen otras de múltiples colores que danzan por todo el lugar, acompañadas de un retoque de tambores y una voz que anuncia que la espera ha terminado.
 

De pronto aquella voz cobra forma, se trata de Héctor Frías Lozano, el maestro de ceremonias del circo Atayde, quien hoy, como hace ya 17 años, anuncia a los artistas que esta noche deleitarán a los asistentes.
 

Pero su vida circense no comenzó aquí, pues a la casi mayoría de edad que está por alcanzar al frente de esta firma, le preceden 11 años más de historia, los cuales comenzaron a sus 18 años, cuando en la escuela buscaba ser clavadista y le tocó ensayar en la cama elástica acrobacias.
 

“Terminé mi prepa y un semestre en la licenciatura en derecho penal en la ENEP Acatlán, pues conocí el circo y me fui con él. Empecé como acróbata, a brincar en la cama elástica y después como trapecista, luego vinieron los animales, fui domador de tigres y elefantes, incluso en alguna ocasión trabajé como payaso, hasta que descubrí que se me facilitaba hablar al micrófono y aquí sigo”, explica.
 

¿Malas experiencias? En realidad no recuerda haberlas tenido, por el contrario, el circo le ha dado las más gratas satisfacciones, entre ellas su familia, pues ahí conoció a su esposa, con quién lleva 25 años de casado.
 

“Ahora mi hijo es el malabarista y mi hija la pulsadora olímpica (contorsionista), ellos ya son de generación de circo, de su mamá son la quinta generación y de la mía pues la segunda, pero toda nuestra vida gira en torno a esto y realmente ha sido muy gratificante”, sostiene Frías, a quien llega nuevamente el momento de entrar a la pista para anunciar el siguiente acto que es precisamente el de su hija...
 
La vida en torno a una carpa
 

 
 
Scarlett Frías tiene apenas 20 años, pero desde muy chica supo que ella quería dedicarse a esto. Prácticamente nació en el circo, desde que era una bebé su vida ha girado en torno a una carpa.
 

Su mamá es la cuarta generación de artistas de circo, era alambrista y experta de monociclo, y de su papá ya sabemos la historia.
 

“Cuando estaba chica me llamaba la atención el circo en general, pero recuerdo que cuando tenia tres años, llegó al circo donde mis papás trabajaban, una chica que hacia esto de la contorsión y me llamo tanto la atención, que me enamoré del número. Pero fue hasta que tuve 14 que comencé a practicarlo, mi papá fue el que me ensayó, lo hacía de cuatro a cinco horas diarias, hasta que lo logré sacar y aquí estoy”, cuenta.
 

Ella realmente tiene poco trabajando, cuatro años, tiempo en el cual ha pisado tres circos, siendo el Atayde el último de ellos, y en donde está por cumplir un año de labor.
 

Scarlett platica que una de las cosas más gratificantes para ella fue el haber adicionado para el Cirque du Solei donde aunque fue elegida, decidió no acudir al llamado.
 

“No me gustaba ese show al que me iban a llevar, era el Zumanity de las Vegas (caracterizado por temática sensual y sexual por lo que sólo era para mayores de 18 años), por eso no fui”, admite.
 

Por ahora, Escarlet continúa sus estudios de preparatoria, pues asegura que en el circo todos estudian, gracias a las escuelas que se brindan por parte del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe).
 

“Entonces aquí estudié la primaria, la secundaria y la preparatoria la estoy haciendo abierta. Pero lo mío es el circo, el estudio es para complementar mi formación, pero sin duda mi carrera está en las carpas”, concluye.
 

Los riesgos de un show en vivo
 

 
Una a uno van saliendo los artistas con sus actos, siempre coordinados por un joven muchacho de 32 años llamado César Eduardo Rebolledo Guerrero, el director artístico y de escena del Atayde, y cuya labor es dirigir el espectáculo.
 

“Mi trabajo es que el show salga lo más perfecto posible, que no falle ningún aparato, que la música y luces estén listas, que los artistas estén maquillados, peinados, vestidos y preparados para entrar a escena
 

De acuerdo con César, al ser un espectáculo en vivo siempre pasa algo: que un aparato se atora, que no corre una garrucha o el artista ya se lastimó.
 

“En ese momento la cabeza te tiene que dar al 100 para saber qué es lo que vas a hacer, porque no es sólo parar la función y ya, no, debes ver qué hacer, avisarle al siguiente artista, al audio e iluminación para que tengan listó el siguiente acto, en fin, hay que continuar”, afirma.
 

Pero él también lleva sangre circense en sus venas, es domador de caballos en libertad, una actividad que realiza a la par de la dirección artística, pero que en esta temporada está a cargo de don Alberto Atayde.
 

“Yo estudié hasta el tercero de secundaria, pues no se me daba mucho el estudio. Y debido a que mi familia es de circo, pues decidí dedicarme a esto. Mi mamá era bailarina y mi papá cacher de trapecio, me traían de vacaciones a la carpa y yo no me quería regresar, hasta que finalmente, cuando cumplí 16 años, se me dio la oportunidad en el circo de un tío y me fui”, recuerda.
 

César comenzó a hacer acrobacias, no sin antes aprender a armar y desarmar el circo y a manejar muchas otras cosas, pero como artista de circo comenzó a los 16 años.
 

Desde entonces no lo ha dejado. Ahora está por cumplir seis años acompañando a esta firma y se dice feliz de pertenecer a esta gran familia, pues para él el circo es la vida.
 

“Si pudiera volver a nacer lo volvería a escoger como forma de vida, aquí nació mi hijo y no lo cambiaría por nada”, sostiene César, quien se despide para alertar al siguiente artista que su acto está por comenzar.
 
Adrenalia a flor de piel
 

 

Es el turno de Beny, un joven de 29 años en quien la adrenalina está a flor de piel. Él está a punto de presentar uno de los actos de mayor riesgo en el show, el péndulo de la muerte, una estructura de metal de nueve metros de altura, que se suspende en el aire y desde la cual él realiza mortales, brinca la cuerda o camina vendado de los ojos.
 

Los aplausos y gritos del público dan muestra de que el acto ha salido bien. Ahora Beny regresa hasta la carpa central donde se concentran los artistas y aunque agitado, está feliz por la actuación que, junto al alambre, lleva realizando hace cerca de un año y medio para el Atayde.
 

¿Nunca te ha pasado nada?
 
Sí he pasado por algunas cosas, pero por fortuna siempre es en los ensayos, cuando practico trucos nuevos, pero se trata de torceduras y cosas así, nada grave por suerte.
 

Beny Ibarra es la cuarta generación circense de su familia, tanto por parte de su padre como de su madre.
 

“Desde pequeño sabía que formaría parte del circo, pues el circo llama”, admite tras recordar que comenzó con sus papás a los cuatro años de edad como payaso en los Estados Unidos.
 

Pero con el tiempo se fue pasando a actividades de mayor actividad, como la cama elástica y el trapecio, hasta que se pasó a los actos de mayor riesgo y sin red, como ahora el péndulo.
 

“Todo es riesgo en la vida, hasta ser chofer o cruzar la calle”, asegura Beny, para quien el circo representa su vida y en donde ve su futuro “hasta que el cuerpo diga”.
 

Y por si acaso, tiene una red sobre la cual caer blandito, pues estudió la carrera de ingeniería en computación e informática, una actividad que también le gusta mucho y que práctica de vez en vez, cuando la actividad circense se lo permite, la cual por ahora, lo está llamando una vez más, al indicarle que su segundo acto, el del alambre, está a minutos de iniciar.
 

Todo ha salido a pedir de boca, la función ha terminado y los artistas se despiden felices por un día más lleno de aplausos, algo en lo que todos concuerdan, son el mayor reconocimiento hacia su trabajo.