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Noche de frío en ‘El Torito’

06 febrero 2014 7:13 Última actualización 30 diciembre 2013 5:58

 [Un reportero de El Financiero permanece 8 horas en este centro y nos cuenta lo que vivió / Cuartoscuro]


 
 
 
José Sobrevilla
 
 
Viernes 27 de diciembre: dos de la mañana. Eje 6 Sur e Insurgentes. A menos de medio kilómetro de mi destino aparece un retén del alcoholímetro (uno de los 20 instalados esta temporada decembrina). Las señales son inequívocas. Primero, un inusual tráfico; luego, los destellos que emiten las torretas de patrullas, grúas y ambulancias; después, los conos naranjas que hacen imposible cualquier intento de escapatoria.
 

No me queda de otra. Me sumo a la fila de automovilistas y avanzo lentamente hacia la inspección mientras ruego a todos los santos que los seis tragos de ron ingeridos en las dos horas anteriores durante una reunión de fin de año no se me noten.
 

¿Algún consumo de alcohol?, pregunta directo el oficial de policía, y para mi terror acerca su rostro hacia el mío.
 
No, oficial, respondo de lado para que no se detecte el aliento alcohólico, pero hay algo que me delata: quizá sea mi voz que arrastra las sílabas, tal vez sea mi rostro enrojecido, o posiblemente la adrenalina que despide mi cuerpo, pero el policía no me cree y me pide bajar del auto para que me someta a la famosa prueba del soplido, terror de todos los amantes de las bebidas espirituosas que además también conducimos un vehículo en el Distrito Federal.
 
Soplo por seis segundos, de acuerdo con las indicaciones del oficial, y el aparato registra 0.8 miligramos de alcohol en la sangre. Trago saliva, pues no hay salvación posible. Cualquiera que pase de los 0.4 miligramos es remitido al Centro de Sanciones Administrativas e Integración Social, conocido popularmente como El Torito, previa escala en la delegación correspondiente, en este caso la Benito Juárez, donde un médico certifica mi estado de ebriedad.
 

De pronto, paso a ser parte de la estadística. Uno de las 112 personas detenidas durante la madrugada del pasado 27 de diciembre por conducir con algún grado de intoxicación etílica encima.
 
El Torito --un feo edificio con muros de ladrillo rojo y una gran reja blanca, llamado así porque en esa superficie estaba el rastro de Tacuba-- se encuentra en los límites de las delegaciones Miguel Hidalgo y Azcapotzalco, y tiene una superficie de mil 730 metros y capacidad para albergar a 124 personas.
 
Al arribar a ese lugar los detenidos pasamos directamente al área jurídica donde nuevamente recaban nuestros datos. Inmediatamente después nos turnan al área médica para hacer un nuevo diagnóstico sobre el estado de intoxicación alcohólica, y posteriormente somos llevados al área de valores donde son registradas nuestras pertenencias y entregamos al personal de custodia todos los objetos personales: dinero, joyería, relojes, llaves, celulares, cartera, incluidas agujetas, corbata y cinturón, en su caso.
 
Ya “limpios” ingresamos al dormitorio-celda asignado. A mí me “condenan” a 20 horas de reclusión, pero a otros les va peor: 36 horas, todo depende del grado de intoxicación.
 

Cada celda cuenta con dos literas y sus respectivas camas de cemento donde se puede albergar hasta cuatro detenidos. Encima, cada cama tiene una cubierta delgada de hule espuma forrada y, pese al frío, están envueltas con una sola cobija. Debajo de ésta asoma un colchón sucio y grasiento.
 

“¡Sobrevilla, José!”…


“¡Presente!”
 

Comienzo a conciliar el sueño cuando soy despertado bruscamente por uno de los custodios.
 
Son apenas las 6 de la mañana, pero ya hay que hacer el primer pase de lista formado al fondo del patio, a donde salgo igual de aterido y con la resaca a cuestas como el resto de mis muy variopintos compañeros de infortunio, entre otros un treinteañero ingeniero mecánico, un cuarentón pequeño empresario del sector textil y un veinteañero obrero de una fábrica cervecera que se encuentra por los rumbos de San Joaquín.
 

Y es que en El Torito, donde de cada 100 detenidos, alrededor de 94 son hombres, hay desde veinteañeros hasta ancianos que andan en las siete décadas de vida.
 
Quiero regresar a la cama, pero eso ya no será posible, pues a las 7 de la mañana es el desayuno (a las 13 horas se sirve la comida, y a las 19 horas, la cena). Todos los internos, sin excepción, llegan al comedor, una especie de plancha alargada y fija de aluminio con postes al piso, igual que los bancos del mismo material, donde hay que tomar charola, vaso, plato y cuchara de plástico y formarse para la ración.
 

Esa mañana el menú está compuesto de huevo, pan y jugo de naranja de tetrapack. Una vez ingeridos los alimentos cada interno está obligado a lavar la vajilla utilizada.
 
Después del desayuno en pleno patio se organiza una sesión de Alcohólicos Anónimos, que en muchos de los detenidos provoca el surgimiento de la culpa. “Mi esposa y mis hijos me van a matar cuando regrese a la casa”. “Carajo, le hubiera hecho caso al compadre… ¿por qué no mejor tome un taxi?”…
 
Adentro hay también una pequeña biblioteca con betsellers motivacionales y de autoayuda, enciclopedias temáticas y viejas revistas tipo Geomundo y National Geographic. La estancia se complementa con una pequeña sala de videos donde el tema de nuevo es el alcoholismo. Durante la reclusión facilitan juegos de mesa, e incluso en el patio, hay una cancha de voleibol para quien quiere sudar la cruda.
 

Dentro de El Torito existe además una tiendita donde los detenidos pueden comprar refrescos, barritas, integrales, papas fritas, golosinas, snacks, como tortas y emparedados, un Gatorade o alguna otra bebida energizante para la cruda.
 
Uno de los artículos más demandados, sin embargo, son las tarjetas de teléfono, pues sin celular son numerosos los detenidos que se ven obligados a utilizar los teléfonos públicos que se encuentran en el patio. Al salir, por supuesto, hay que liquidar la mercancía adquirida con el dinero que le retienen al detenido al momento del ingreso.
 
El área de sanitarios cuenta con mingitorios y tazas de baño donde no hay la mínima intimidad, pues se carece de puertas, pero también donde la limpieza no existe ni remotamente. “Hasta las ganas se te quitan”, mencionan varios de los detenidos al ver lo sucio que están los WC, y tienen razón. El intenso olor a naftalina no logra opacar los hedores a excremento y orines.
 

La anhelada salida
 

 
 
Cerca del mediodía, después de 8 horas de reclusión, la cruda, el cansancio y la incomodidad, entre otros factores, me obligan a llamar a uno de los coyotes que los mismos policías que me trasladaron hasta El Torito me presentaron a la entrada de este lugar, y le digo que ya me quiero ir a casa.
 
¿Traes los dos mil pesos?, me pregunta el sujeto un tanto burlón. (A quienes deben cumplir 36 horas, los coyotes les cobran hasta siete mil pesos)
 

No. Pero los tengo en la casa.
 

A partir de ahí todo fluye rápidamente. Le comunique al jefe de custodios mi arreglo telefónico. El coyote fue por mí a la sala de ingresos de El Torito, donde antes de salir me regresaron mis artículos personales, liquidé mi deuda en la tiendita y firmé unos papeles en donde me comprometí a regresar a cumplir las horas faltantes. Luego, uno de los empleados del coyote me llevo a mi casa, donde le pagué por los servicios requeridos. Todo un negocio redondo.
 
A las dos de la tarde estaba durmiendo en mi mullida cama…