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Me llamo Alfredo y soy adicto al sexo

07 febrero 2014 5:51 Última actualización 05 julio 2013 6:14

[Cuartoscuro]


 
 
Alfredo Peñuelas Rivas
 
“Soy Alfredo y soy adicto al sexo”, o al menos eso dijo un personaje similar a mí que yo mismo representaba. Fotógrafo, trabajador independiente, con mucho tiempo libre, casado y con 2 parejas sexuales que alternaba para saciar mi 'enfermedad'.
 
En ese momento no estaba muy seguro de que fuera una enfermedad ni de que ese fuera el lugar adecuado para encontrar cura pero yo andaba buscando. “Yo soy M y soy viuda desde hace un año.
 

Cuando conozco a un hombre que me gusta me acuesto con él para llenar un vacío, ahora tengo 3 parejas sexuales. Soy desempleada”, dijo M, mi amiga con quien me puse de acuerdo para que me acompañara a mi primera cita de Adictos al Sexo y al Amor Anónimos (ASAA).
 
 
“¿Qué es un adicto al sexo?”, me preguntó M cuando le propuse la aventura de hacernos pasar por una pareja medio oscura de la cual no se sabía si íbamos o veníamos o andábamos, “somos amigos nos conocimos en una fiesta y vimos que teníamos coincidencia en nuestros gustos sexuales. Llegamos a pensar que algo no estaba bien”, a ella le pareció divertida la historia de generarse un personaje y alimentar su curiosidad (y la mía ¿por qué no?) y sobre todo la experiencia de contarle a un grupo de desconocidos los tormentos de vida que atravesaban nuestros personajes por culpa de sus desenfrenos amorosos.
 

“Hipersexualidad es el aumento repentino o la frecuencia extrema en la libido o en la actividad sexual,” así define Wikipedia al trastorno conocido como adicción al sexo. La misma fuente también asegura que en la mayoría de los casos sus causas son desconocidas y que estas conductas pueden ser derivaciones del trastorno bipolar. Al parecer los especialistas no han logrado ponerse de acuerdo. En la página de Internet de ASAA México tampoco tienen una definición de lo que es un adicto sexual, en ella sólo aparece el reconocimiento de que lo son, así en plural, y de que ese padecimiento ha acarreado dolor a sus vidas.
 
Llegamos juntos a la casa ubicada en la colonia Cuauhtémoc, el letrero de 'Alcohólicos Anónimos' (AA) que se encuentra afuera nos hizo dudar pero, aún así, entramos. “¿La sesión de ASAA?”.
 

Es allá arriba, respondieron. Al abrir la puerta había poca gente, unas 4 personas, todos varones. Uno de ellos, R, se adelantó, nos preguntó cordialmente qué era lo que buscábamos y, al revelar nuestras intenciones nos llevó a otra habitación cerrando tras de sí la puerta sin que pudiéramos ver nada de la sesión. R, de unos 40 años de edad, empresario, amable, seguro de sí mismo y confiado en lo que dice y hace, es el encargado de darnos la bienvenida y mostrarnos los 12 pasos en que consiste el programa.
 
Yo comenté el origen de mis vicios, que a cada mujer que veía era con intenciones sexuales, lo poco productivo que me estaba volviendo, el dinero que gastaba, etc. M dijo que ella no creía mucho en que el sexo fuera un vicio pero que se daba cuenta que estaba llenando un vacío con su actitud, un vacío de soledad que el sexo compensaba, R nos escuchaba con interés. “Nosotros no les podemos decir si están enfermos o no, eso lo tienen que descubrir ustedes mismos. Para ello hay un autodiagnóstico”.
 
La página www.asamexico.org tiene un cuestionario basado en su número mágico, el doce, donde el usuario podrá saber si se tiene un posible problema con la dependencia sexual. Las preguntas resultan de lo más variopintas. Desde cuestionamientos lógicos y concretos como “¿Ha puesto alguna vez en peligro su estabilidad financiera o su posición social por perseguir a alguien?”, hasta algunas francamente difusas como “¿Cree que su vida sexual y romántica perjudica a su vida espiritual?”
 
Es en esta última pregunta donde se encuentra uno de los componentes esenciales de los principios y normas a seguir de ASAA: un poder supremo, una vida espiritual. “Llegamos a creer que un Poder Superior a nosotros mismos podría devolvernos nuestro sano juicio”, versa el paso número dos para lograr la verdadera recuperación.
 
“¿Y qué pasa si no creemos en Dios?”, dijo M sin dejar a un lado su papel de incredulidad. “Bueno, a Dios o a un poder superior como quiera que lo concibamos”, trató de enmendar la plana R y continuó la lectura de los Doce Pasos de los cuales en seis de ellos aparecía la palabra 'Dios' a la que R le agregaba cada vez la frase “como quiera que lo concibamos”. Después de una entrevista de casi 2 horas fuimos invitados a acudir a una junta.
 

También hay juntas sólo para mujeres los sábados”, le comentó R a M mientras le abría la puerta para dejarla pasar cortésmente y yo desde atrás veía la hermosa figura de mi amiga y no podía dejar de imaginar lo que podría estar pasando por la mente de R en ese momento.
 
 
Una enfermedad silenciosa y sagaz
 

Volvimos para asistir a una sesión. En la habitación nos encontrábamos al inicio unas 5 personas, todos hombres. R no estaba entre ellos. Del otro lado de la pared se colaban una gran cantidad de gritos e insultos provenientes del grupo que se encontraba sesionando ahí.
 

“Son los de AA. Ellos usan ese 'método', nosotros no somos así”, dijo alguien para tratar de tranquilizarnos. Poco a poco el salón se fue llenando, aún así apenas alcanzamos a ser diez personas de las cuales solamente dos eran mujeres y una de ellas era mi amiga M. La sorpresa mayor fue que, de los diez que habíamos, tres éramos nuevos. Nos saludaron de manera amable, nos preguntaron si sabíamos a que íbamos y les dijimos que ya habíamos hablado con R.
 
Entonces, fuimos aceptados por el grupo. El salón tenía varios avisos, libros, un escritorio principal y las bancas en corro donde nos sentábamos los asistentes. Pegada en la pared y sobre la cabeza de quien dirige la sesión se encontraba la 'Oración de la serenidad': “Señor, concédenos serenidad/para aceptar las cosas que no podemos cambiar,/valor para cambiar las que sí podemos,/y sabiduría para discernir la diferencia”.
 
Es esta misma oración la que se utiliza al final de las juntas de AA y fue escrita por el teólogo estadounidense Reinhold Niebuh en 1943.
 
La sesión sigue exactamente la misma estructura de una junta de AA, la gente se presenta por su nombre de pila, se asume como un adicto, se le saluda entre todo el grupo, se lee la literatura propia de una sesión de esta índole, y se procede a la manifestación de situaciones personales que se quieran compartir con el grupo.
 

Sin embargo, ASAA tiene sus propias reglas que van acorde con la enfermedad a la cual identifican como 'silenciosa y sagaz': no se pueden usar lenguajes descriptivos o vulgares para evitar la incitación de los compañeros, no se puede hablar con detalles, no se pueden mencionar los nombres de terceros ni de lugares para no dar nuevas ideas y, muy importante, no se puede vestir de manera provocativa.
 

Tampoco se pueden establecer diálogos ni se puede dirigir uno a alguno de los integrantes del grupo de manera personal.
 
 
M y yo contamos las historias que habíamos preparado previa charla, básicamente lo mismo que habíamos dicho el día anterior. Al parecer nuestras historias no eran demasiado espectaculares aunque la de ninguno de ellos lo era tampoco, casi la de ninguno.
 

Un cincuentón que se masturba viendo videos; un tipo de unos 35 años que está obsesionado con una chica de su trabajo; es decir, historias que rayaban en una actitud sexual más o menos manejable. Sin embargo, no todas las historias eran así.


 
 
“Hola, Soy X y soy adicta al amor”, dijo la mujer sentada a mi izquierda. No más de 30 años y de una belleza que tuvo mejores épocas y que difícilmente asomaba la felicidad a su rostro. La suya era la historia de una adicta hija de dos adictos y que, además vivía con otro adicto al sexo.
 
 
Entre tanta adicción el matrimonio había procreado dos hijas de la cuales no se habló más y generado una relación de codependencia sexual que rayaba en el chantaje, el insulto y varios problemas que serían el sueño de cualquier terapeuta de parejas. “Lo peor del caso es que hace como dos años que no hacemos el amor.
 

Y yo como soy adicta y no quiero ir a buscar a alguien más, entonces caigo en la anorexia sexual”, de la boca de la mujer comenzaron a salir todo tipo de insultos combinados con llanto. X hizo uso de sus 3 minutos para soltar toda su rabia, los demás le dimos las gracias y seguimos hablando.
 

Luego siguió F, homosexual de unos 30 años, muy bien vestido y que andaba necesitado de ayuda. Por más que habían tratado de ir a terapias, médicos con medicamentos incluidos y todo tipo especialistas que iban desde psicólogos hasta sexólogos, la relación de 5 años se estaba yendo por la borda por culpa de una necesidad de sexo que F no podía controlar.
 
Al parecer esa enfermedad 'silenciosa y sagaz', similar a una presa, lo había atrapado.
 
 
Encomendados a un Poder Supremo
 
Los miembros más antiguos del grupo seguían el protocolo, en todos ellos permeaba un común denominador: el agradecimiento a un poder supremo.
 
“Yo pongo mi sexualidad en las manos de Dios nuestro señor”, dijo X ante el asombro de M y mío. Si bien hay un corte religioso en el proceder del grupo al parecer tiene una lógica que los justificaría: la adicción es más poderosa que ellos y, para poderla vencer, necesitan algo más poderoso aún que se vería cristalizado en la imagen divina de su preferencia, pero también en la ayuda mutua.
 
La sesión finalizó con todos tomados de las manos para pronunciar la Oración de la serenidad seguida de un aplauso y un abrazo con cada uno de los ahí presentes. Había cordialidad, había risas y, por un momento el dolor de cada uno quedó atrás.
 

Los personajes que interpretábamos M y yo salimos dejando atrás al grupo y las promesas de volver. En la calle ya era difícil ver a la gente igual ¿cuáles serían sus manías sexuales? ¿Cuáles serían las mías incluso desde otra perspectiva? ¿Cuáles serían las de mi amiga? M sonrió sin voltearme a ver. Estábamos pensando en lo mismo.