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Madres presas… hijos encarcelados

10 febrero 2014 4:27 Última actualización 11 septiembre 2013 5:21

[105 menores viven en la cárcel de Santa Martha / Édgar López / El Financiero]


 
 
Miriam de Regil
 
 
La peor sentencia que puede recibir una madre presa es tener que separarse de un hijo luego de haber permanecido con él casi seis años.
 
 
Es el caso de Victoria Jaramillo, quien tiene 46 años y lleva ya un lustro viviendo en el penal de Santa Martha, lugar en donde cumple una condena por narcotráfico y delincuencia organizada. Su rostro, pese al maquillaje, refleja el duelo que ahora vive, y cuando habla no puede contener las lágrimas que le provoca el recuerdo de su pequeña Frida, quien el pasado 18 de agosto tuvo que dejar de vivir con ella, pues por ley los menores sólo pueden permanecer en la cárcel con sus madres cinco años 11 meses.
 
 
Frida ya no está con su madre, sin embargo, actualmente otros 105 niños viven en Santa Martha acompañando a sus madres en prisión. De esta manera, ese lugar diseñado para recluir adultos que han cometido un delito se ha convertido en el único hogar de esos menores.
 
 
Los pasillos largos y oscuros donde se pueden colar apenas unos finos rayos de luz y los patios enrejados donde las riñas e insultos son cotidianos son las áreas de juego de estos menores; mientras las celdas-dormitorios de seis por cuatro metros son sus “casitas bonitas”, como llama Brandon a esos espacios.
 
 
Éste es un niño de cuatro años, a quien le gusta buscar caracoles y cuya inocencia e imaginación le permite transformar en lo que él quiere las cosas que hay en esta prisión.
 
 
 
Derechos a medias
 
 


 
 
Santa Martha Acatitla es actualmente  el único penal para mujeres en el Distrito Federal que  permite que las internas tengan a sus hijos con ellas, siempre y cuando éstos nazcan allí. 60 por ciento de las internas que dan a luz en la penitenciaría se embarazaron durante las visitas conyugales.
 
 
Por lo anterior, es común escuchar llantos de bebés y risas de infantes en este cautiverio al que para ingresar se deben pasar por lo menos seis filtros sólo para llegar al patio central, en donde se encuentra un auditorio decorado con grafitis que sirve de escenario para las presentaciones y festejos que se hacen para las internas.
 
 
Aunque el derecho de los niños a estar con su madre los primeros años de su  vida se cumple, éste y el resto de sus garantías son vulnerados por las condiciones y reglas que existen. Los niños cantan, bailan, acuden  a la escuela  y se divierten  pero siempre dentro de esta construcción cuya arquitectura es de tipo octagonal y en donde todos son vigilados por custodias que en su mayoría son mal encaradas.
 
 
Los pequeños comen pero con limitantes,  ya que por seguridad no todos los alimentos se permiten en el reclusorio. Duermen tranquilos porque lo hacen con su mamá, pero las literas están diseñadas para una sola persona. Caminan y corren, pero no por cualquier lugar pues no todos son aptos u seguros para ellos.  
 
 
“Brandon es mi compañerito aquí”, señala Verónica Robledo de 37 años, quien está presa por secuestro.
 
 
“Haberme embarazado y tener a mi niño aquí es una bendición, porque él me da las fuerzas para seguir echándole ganas y además ya no tengo tiempo de estar pensando cosas malas”, apunta Verónica, quien asegura que aunque tiene una condena de 30 años se siente afortunada.
 
 
“No es sencillo ser madre aquí, pero trato de que el ambiente para el niño sea el más adecuado, nunca lo dejo solo, si veo que se están drogando me doy la vuelta y cuando se pelean y él me pregunta yo sólo respondo que eso está mal y me doy la vuelta.”
 
 
 
Mundo exterior
 
El olor a encierro se puede percibir sólo con cruzar la puerta principal, donde de lado derecho un altar con la Virgen de Guadalupe da a todos la bienvenida al que ingresa a este lugar  de condiciones precarias y ambiente hostil.
 
 
Frida, la niña que dejó Santa Martha hace un par de días ahora vive con su hermana mayor, quien también es madre de tres hijos,  y aunque ellos son su familia, la pequeña poco los conoce al igual que el mundo exterior.
 
 
Todos los niños que viven en la cárcel pueden entrar y salir de ella cuando su madre lo solicite, pero Frida contadas veces lo hizo, y cuando Victoria a quien todavía le faltan diez años para dejar el lugar, empezó a tramitar las salidas para preparar la separación, la pequeña no quería hacerlo y  la primera ocasión, incluso, al regresar hacía a su madre prometerle que no lo volvería a permitir.
 
 
“Fue difícil el proceso, estuvimos meses trabajando y hablando, aquí me ayudaron mucho las psicólogas y maestras del  Centro de Desarrollo Infantil (CENDI) Amalia Solórzano Cárdenas (ubicado dentro del penal)”, recuerda Victoria, quien admite que no puede superar aún la separación.
 
 
“Me está costando mucho trabajo  e incluso ya pedí mi cambio de dormitorio porque todo y todos me la recuerdan”. Victoria asegura que ser mamá en la cárcel la transformó en una verdadera mamá ya que con sus otros seis hijos cometió muchos errores.
 
 
“Hay mucha diferencia ser madre aquí y allá afuera,  yo aprendí a ser responsable pues no todo adentro es malo, uno tiene que ingeniárselas para explicar lo que se ve y escucha aquí”.
De las mil 685 internas de Santa Martha, 102 tienen a sus pequeños viviendo ahora con ellas en prisión. De los 105 niños, 89 acuden de  8: 30 a las 14: 30 horas al CENDI  mientras sus madres se incorporan al trabajo penitenciario, a los talleres o al estudio.
 
 
A diferencia de otras internas, Jessica Ortega Chila de 27 años y presa por el delito de secuestro, contó durante su embarazo y después del alumbramiento con los cuidados de su madre, quien también paga una condena por el mismo delito en este reclusorio.
 
 
“Mi mamá fue una gran compañía estuvo conmigo para bañar a Shanty o lavar mi ropa, me enseñó  todo lo que una madre primeriza necesita”, explica Ortega Chila, quien además afirma que ser mamá en prisión le cambió la vida y la ha hecho más fuerte, ya que sacar a un hijo adelante en este lugar muy es complicado, sobre todo por todas las carencias que existen.
 
 
Sentada en una de las cuatro palapas que se ubican en el patio central frente al auditorio, Jessica observa a Shanty como le gusta posar frente a las cámaras, y como sabe ocultar su rostro para que su carita no salga.
 
 
 
“Mira mamá me tomaron una foto”, grita la pequeña una y otra vez a su madre.
 
 
Mi hija casi no sale a la calle, son contadas las veces que lo ha hecho porque quien viene por ella es mi abuelita, ella quiere conocer lugares porque los ha visto en televisión y me dice vamos, pero le explicó que no puedo ir y  porque estoy aquí, pues es mejor decirles la verdad y no mentirles,  sin embargo lo que no he dicho y no he podido explicarle el delito que cometí”.
 
 
La separación
 
Jessica sabe que en un año más tendrá que dejar ir a su hija, y asegura que ya está trabajando con ella este proceso el cual califica como el  “golpe más difícil en este encierro”,  y el cual ya ha vivido a través de la experiencia de algunas compañeras.
 
 
“Shanty se irá con mi hermana, ella ya la está esperando y aunque todavía falta ya me estoy traumando desde que tenía dos años, por eso trato de disfrutarla al máximo  pero sobre todo darle la seguridad que necesita para estar sin mi afuera”.
 
 
Mala madre no he sido, afirma e incluso apunta que su niña está mejor que otros pequeños que viven afuera.  “No siento culpa por tenerla aquí, pues desde que fui madre bien pude dejar que se la llevaran, pero por el contrario la deje a mi lado, y no la he lastimado y siento que ella y yo hemos vivido al máximo nuestra felicidad, porque estando encerradas se pueden hacer muchas cosas,  pues el encierro es nada más físico”.
 
 
Por su parte, Verónica a quien le faltan 28 años para poder dejar la cárcel, explica que el encierro si tiene sus limitantes, particularmente en lo que respecta  el servicio médico de los pequeños.
“Una vez la doctora que lo atendió me dijo que el niño tenía solo gripa y le dio medicamento, sin embargo el niño lloraba mucho, pues no le habían  detectado una infección en el oído”.
 
 
 
 
En esa ocasión nadie le hacía caso porque estaban en junta, cuenta Verónica y agrega, no podía esperar y desesperada me llené de valor e  interrumpí  la reunión y exigir atención.
 
 
“Me tramitaron una  salida para el hospital infantil y me tarde todo el día allá”.
 
 
Acondicionar los dormitorios para los niños,  coinciden las internas, no es sencillo, pues las comodidades o  “privilegios” como otras les llaman, se tienen que ganar poco a poco con buena conducta y participando o cumpliendo en las diferentes actividades que la institución  tiene.
 
 
“Aquí hay de todo, hay madres que no les importa drogarse, pelearse o hablar con majaderías, pero hay otras que buscan como nosotras, las del dormitorio GHM del área de mamás que hemos logrado tener una televisión, grabadora  y plancha”, explica Victoria quien de reyes hizo realidad la ilusión de su hija con una TV de plasma en la que se viera  bien el canal dos y el cinco.
 
 
Y aunque la pequeña no se pudo llevar con ella su regalo por los trámites de egreso,  su madre asegura seguirá haciendo lo imposible porque aunque ella este afuera pueda seguir cumpliendo sus sueños.
 
 
“Me agarro de ella porque tengo que seguir siendo la misma y para que siga orgullosa de mi, no quiero fallarle, pero ahora  tengo miedo de perder lo que he ganado pues sé responder a las agresiones,  pero debo mantenerme bien para volver a estar con ella”.