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Los claroscuros de un pueblo mágico

07 febrero 2014 3:48 Última actualización 11 septiembre 2013 5:10

 [Crónica del Festival de la Huasteca en Xicotepec de Juárez / El Financiero]


 
Daniel Cisneros
 
 
Son las 19 horas del jueves 29 de agosto en Xicotepec de Juárez, Puebla. La escultura de un cafetalero me indica el camino rumbo al centro de este pueblo que, en noviembre de 2012, recibió la designación de Mágico. Me llama la atención que la mayoría de casas son de color salmón y están rematadas con techos de tejas rojas. Y, aunque llueve intermitentemente, el clima es cálido y no es necesario portar suéter, pero sí paraguas.
 
 
Aquí hay lugar para todos. Los de espíritu revolucionario acudirán al Museo Carranza, el cual alberga las vísceras de don Venustiano; los esotéricos, por su parte, se harán una limpia en el centro ceremonial La Xochipila; los devotos, en cambio, subirán al cerro del Tabacal para rezarle a la Virgen de Guadalupe de 23 metros de altura; los bohemios, por supuesto, se encuartelarán en alguna cantina.
 
 
La Plaza de la Constitución está inundada de turistas y xicotepenses paseando en compañía de sus amigos, familiares o parejas. Algunos disfrutan de tamales, molotes, algodones de azúcar, café o elotes; y otros prefieren acercarse a los múltiples puestos para comprar artesanías, ropa huasteca o hierbas medicinales. Se ven felices.
 
 
¿Y por qué tanta fiesta?
 
 
Porque ha iniciado el Festival de la Huasteca que, en su decimaoctava edición, tiene programadas más de 60 actividades gratuitas, encabezadas por músicos, bailadores, artesanos, expositores y danzantes. Todos ellos provenientes de los estados que componen la región de la Huasteca: Tamaulipas, San Luis Potosí, Veracruz, Hidalgo, Querétaro y Puebla.
 
 
Ahí vienen varios funcionarios sonrientes para inaugurar el festival. Suben al escenario de la Plaza de la Constitución, y se lanzan entre sí los acostumbrados elogios. Acto seguido, entregan un reconocimiento al locutor de un programa radiofónico de huapango y bailador apodado El Huasteco de Corazón, así como a la curandera y partera Juana María Salazar —de 120 años de edad—, a quien, por hoy, atienden de maravilla.
 
 
“La vestimenta tradicional nueva de esta anciana esconde algo artificial”, me digo. Así que, si adelantáramos 22 horas las manecillas del reloj, me verían viajando rumbo al pueblo de Santa Cruz para visitarla en su casa de madera, techo de lámina y piso mal aplanado sobre el que duerme. Y aunque no podrá atenderme, ya que estará enferma, comprobaré la extrema pobreza y el abandono gubernamental que padece.
 
 
Al finalizar el discurso de los funcionarios, truenan varios cuetes que iluminan el cielo. Y, de inmediato, el trío poblano Nativos de la Huasteca empieza a tocar el huapango “Las poblanitas”:
 
“En el mar y en el cielo/ las mujeres son las flores/ y el hombre es el jardinero/ que corta de las mejores.” Visiblemente emocionado, el guitarrista Apolinar García piensa: “Debo echarle los kilos, porque la gente trae brotando nuestra música de punta a punta.”
 
 
Y tiene razón: en la tarima techada retumba el zapateado de los múltiples bailadores. Las mujeres lucen blusas y vestidos bordados, enormes collares y aretes, elegantes peinados y maquillaje discreto. Los hombres portan sombreros y morrales, paliacates alrededor del cuello y guajes con bebidas espirituosas para entrar en calor. Se mueven sensualmente sin quitarle la mirada a sus parejas.
 
 
—El baile del huapango simula el cortejo —me dice El Huasteco de Corazón, uno de los bailadores más animados—. Es como si un guajolote fuera zapateando para cortarle el paso a la guajolota que quiere pisar.
 
 
—¿Y ha conquistado a alguna guajolota?
 
 
—¡Uy, a muchas! Recuerdo que en una huapangueada una muchacha rubia y piernuda, de 14 años, me dio un beso bailando. Y, en otra ocasión, una viudita muy bonita me llevó a dormir a su casa. Lo bueno fue que mi esposa no se enteró.
 
 
Decido irme a comprar un tamal. Ahí me encuentro con los Nativos de la Huasteca, quienes ya terminaron su presentación y aprovecho para preguntarles:
 
 
—¿De qué forma nace su gusto por el huapango?
 
 
—Por mi abuelo y mis tíos que eran huapangueros —señala el jaranero Luis González—. Pero hasta que me fui al Ejército gané mis primeros centavos y me pude comprar una jarana para tocar con otros muchachos.
 
 
—¿Qué significa esta música para ustedes?
 
 
—Para mí es alegría —asegura Apolinar García—. Por eso me emociona cuando veo a la gente bailar mi música.
 
 
—¿Y cuál es el proceso para componer un huapango?
 
 
—La letra debe llevar rima, ritmo y tono —afirma el violinista Isidro Cortés—. Además necesita enfocarse en un tema, porque le escribimos a las flores, a los caballos, a la Virgen de Guadalupe y a nuestros municipios. También es importante la improvisación, ya que al tocar formamos versos con quienes bailan.
 
 
 
Ritos en la montaña sagrada
 
Tanto ajetreo me provoca sed. Así que abordo un taxi y, a las 23:55 horas, desciendo en Los Compadres, el cual tiene fama de ser el burdel con las mujeres más despampanantes de Xicotepec. Al entrar veo a varios parroquianos besando y toqueteando a las ficheras de diminutas faldas que los acompañan. Me siento frente a un póster de Marilyn Monroe, y pido una cerveza.
 
 
Pasados algunos minutos, una hermosa jalisciense de 18 años sube al escenario y comienza su sensual rutina sujeta al tubo de baile. Sus ojos azules contrastan con su cabello oscuro y piel apiñonada. Su baby doll negro permite apreciar sus largas piernas que, constantemente, enrolla en el tubo. Se mueve al hipnótico ritmo de “Bombos y tarolas” de Cártel de Santa: “Aunque he pisado fondo sigo en el cotorreo/ no traje bamboleo/ pero te lo meneo.”
 
 
Esta chica, llamada Natalia, se va desprendiendo lentamente de su ropa: brasier, liguero, medias, tanga. Lo único que mantiene es su medalla con la imagen de la Santa Muerte. Al concluir su show, se mete a vestir satisfecha de saber que todos observan su escultural figura. Quizá esto le atraiga, le asegure, más clientes.
 
 
 
Entonces sale, y le invito una cerveza:
 
 
—Bailas muy bien —le digo para abrir plática.
 
 
—Apenas voy a cumplir dos meses en esto —me comenta al tiempo que cruza la pierna—. Pero la primera vez que me subí al tubo me gustó, y hasta unas compañeras me dijeron: “Tienes sangre de teibolera”.
 
 
—¿Hay salidas para tener relaciones con ustedes?
 
 
—Sí, pero aquí también tenemos cuartos. Yo cobro mil varos por una hora o lo que aguante el cliente.
 
 
—¿Y cómo llegaste aquí?
 
 
—Porque en Jalisco tenía una amiga que conocía a un representante al que le mandamos nuestras fotos, y él nos eligió para traernos.
 
 
—¿Y cuánto le das a tu representante?
 
 
—Nada. Él le cobra al dueño cien pesos diarios por cada chava que trae.
 
 
Luego de darle el último trago a su cerveza, Natalia se va con otro cliente. Yo, por mi parte, salgo tambaleante y preguntándome: ¿quién será el dueño de este burdel? Hoy lo sabré.
 
 
Viernes, 11 horas. El auditorio de la Casa de Piedra está repleto de personas. Todas escuchan atentamente la presentación del libro Los ritos en la montaña sagrada de Xicotepec (BUAP), de la antropóloga Ligia Rivera Domínguez. Al terminar, me acerco a la autora:
 
 
—¿Qué simbolismo envuelve al centro ceremonial La Xochipila?
 
 
—Según la creencia prehispánica, esta montaña de Xicotepec concentra toda la geografía sagrada —me explica—. Aquí han estado las etnias totonacas, nahuas y otomíes que comparten la misma cosmovisión.
 
 
—¿Y cuáles son los ritos que actualmente se practican ahí?
 
 
—En la cúspide se curan enfermedades mediante limpias y, en la base, hay ritos de magia negra donde se invoca al diablo. También se ofrendan alimentos, cigarros y flores al dios de la montaña, que es San Juan Techachalco.
 
 
—Incluso en su presentación decía que ofrendan animales…
 
 
—Sí, los curanderos matan gallinas y guajolotes. A veces los desangran, pero normalmente sólo les tuercen el cuello.
 
 
Una hora después llego a dicho centro ceremonial. Pero, debido al festival, sólo hay una solitaria curandera encapsulada en humo de copal que fue traída por las autoridades para deleite del turismo.
 
 
Sin embargo, a pocos metros de distancia —en una pequeña plaza— está sucediendo algo extraño: mujeres de coloridos vestidos y campesinos de camisas a cuadros están de cacería. Portan máscaras y sombreros. Dos niños disfrazados de perro los acompañan, y un payaso guía la expedición. Voltean de un lado a otro buscando a su presa: el tejón que daña sus cosechas. Todos van alegres bailando al ritmo del huapango, que ejecuta un violinista.
 
 
Se trata, claro está, de la danza Los Tejoneros, la cual es representada por una compañía proveniente de Amixtlán, Puebla: —Es una danza que ayuda a la fertilidad del campo —me explica uno de sus integrantes, Oliverio Vázquez, después de recibir los aplausos de los espectadores—. Y, bailando, le agradecemos a Dios por las cosechas de maíz y frijol que hay en nuestro pueblo.
 
 
Un funcionario muy promovido
 
 
Algo que de inmediato salta a la vista en el festival es la gran cantidad de policías que lo resguardan. Quizá, por eso, el presidente municipal Carlos Barragán (quien desde  2005 ha ostentado en dos ocasiones este mismo cargo y, sin concluir sus mandatos, ha competido la diputación local) dijo en la Ciudad de México: “Xicotepec es un lugar muy seguro para visitar.”
 
 
Voy al restaurante Mi Ranchito para comprobar estas palabras. Ahí me encuentro con el director fundador del semanario local La Voz de la Sierra, Pedro Garrido Cuevas, y con uno de sus reporteros de la sección policiaca: Aurelio Campos.
 
 
—¿En qué situación se encuentra Xicotepec en materia de seguridad?
 
 
—Últimamente la delincuencia se ha reflejado en levantones, llamadas de extorsión y robo al transporte público —me responde Aurelio Campos—. Y, en algunos casos, también han utilizado a esta región como depósito de cadáveres.
 
 
—¿Las autoridades han tomado medidas?
 
 
—Simplemente archivan y dejan navegando las investigaciones.
 
 
—Te vas a reír —interviene Pedro Garrido Cuevas—, pero el dueño del bar Los Compadres (donde ha habido balaceras y se dice que venden droga) es de Manuel Melo. ¿Y quién es ese señor? El ex director de cultura de Xicotepec y actual maestro en la Secundaria Federal Francisco González Bocanegra.
 
 
Sábado, 7 horas. Afuera, varios campesinos van rumbo a su trabajo con machete en mano. Huele a tierra húmeda y el sol apenas se asoma. A mi alrededor, una estufa de leña, trastos colgados de las paredes y una cama de madera. Se escucha el sonido de gallinas y guajolotes. Frente a mí, dos recolectores de café me invitan otra galleta.
 
 
¿Dónde estoy? En un diminuto cuarto de lámina situado en las montañas de la comunidad de Tlapehuala. ¿Y qué hago aquí? Conversando y tomándome un café con dos campesinos:
 
 
—¿De qué se mantienen los habitantes de Xicotepec?
 
 
—La mayoría nos dedicamos a recolectar café, porque la principal actividad económica es la cefeticultura —me dice don Cruz—. Pero aunque nos mojamos y peligramos por las víboras, nos
dan 100 pesos por 9 horas de trabajo.
 
 
—¿Hay funcionarios que sean dueños de cafetaleras?
—Sí, nuestro presidente municipal Carlos Barragán. Si hasta la última vez que se postuló para diputado local promovió la película La guerra del café, donde él sale actuando. Ahí aparecen sus casas y promociona su café a través de su Finca San Carlos.
 
 
—Nuestro presidente municipal quería hacer mágico a su pueblo, pero para beneficiarse del turismo —agrega don Beto—. Sí, porque es dueño de varios hoteles como el San Carlos, que está en el centro, y ahorita tiene otro en construcción.
 
 
Después de recorrer el pequeño plantío de café de don Cruz, me voy al centro de Xicotepec junto con sus hijas. Ellas a sus clases en el Bachillerato Digital donde, me dicen, no tienen computadoras; y yo a la plazuela de la Monumental Virgen de Guadalupe, que se encuentra en lo alto del cerro del Tabacal.
 
 
Al llegar ahí, se escucha la tambora, la tuba y los trombones de la banda hidalguense de viento La Guadalupana de Huazalinguillo. Bailadores y turistas se mueven a merced de su envolvente sonido. Si hiciéramos un paneo veríamos a fotógrafos disparando flashazos hacia el escenario, a varias agrupaciones esperando su turno de tocar, a reporteros entrevistando a algún músico, y a Carlos Barragán sonriendo en primera fila.
 
 
Me acerco al mirador y contemplo atentamente la panorámica de Xicotepec que, desde aquí, parece una maqueta. Y sí, lector, mientras el viento golpea mi rostro medito sobre los marcados claroscuros que oculta este pueblo mágico.