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"Logré la hazaña: soy maratonista"

10 febrero 2014 5:1 Última actualización 26 agosto 2013 5:11

[Todo un año de entrenamiento, desmañanadas y privaciones cobran sentido cuando corres un maratón / Cuartoscuro] 


 
Alfredo Peñuelas Rivas
 
Es lo más difícil que he hecho en mi vida. Todo el año de entrenamiento, desmañanadas, las privaciones en fiestas y comidas de los últimos días, las lecturas, los consejos de amigos, la prueba y el error, todo absolutamente todo cobran sentido este día. “Descansa para que estés relajado, es lo mejor”. Nada más falso que la realidad misma.
 
La noche anterior al maratón simplemente la pasé en vela, desperté cada media hora y a partir de la 4 am ya la cama era un mero pretexto para tratar de conciliar un sueño que nunca llegaría. La ropa para la corrida, el número, el reloj, los tenis, el mítico número 1600 que marcará mi destino el día de hoy, todos descansando en una silla como armas que se hubiesen velado para entrar en la más importante de las batallas, en realidad eso eran. Todo, absolutamente todo lo que se había planeado estaba a punto de volverse la prueba física más grande que he realizado en mi vida: terminar el Maratón de la Ciudad de México.
 
Kilómetro 0: amigos, anhelos
 
Llegar temprano a la Alameda y mirar que todo mundo participa de una fiesta, “Nos vemos a las 6:15 frente a Bellas Artes”, me dijo Gabriel, amigo de la infancia, “también ahí estará Fernando”. Los tres nos habíamos estado monitoreando vía Facebook, compartíamos tips sobre entrenamientos y alimentación, hablábamos del cómo nos iba en los entrenamientos y nos dábamos todos los ánimos posibles. Tres amigos desde hace más de 30 años que estábamos a punto de hermanarnos en una comunión con el asfalto.
 
Después siguieron las fotos, los calentamientos, algo de bromas hasta que un conteo descendente desde el número 10 seguido de un disparo inicial nos susurró al oído que el destino había llegado y no volví a mirar a mis amigos durante toda la carrera.
 
Los primeros diez kilómetros son los que marcan la estrategia. En mi caso consistía en tomar la carrera con mucha calma, muy por debajo de mis ritmos habituales. Esa distancia primera se transforma en un hermoso recorrido por la historia propia de México y la de uno, el paseo de la Reforma es un escaparate de esculturas y edificios emblemáticos con los cuales guardo un cariño secreto porque me recuerdan por qué estoy aquí.
 
La avenida más bella de nuestra ciudad esta vez es una amiga que nos dice que apenas comenzamos, las estatuas mudas contrastan con la gente que aplaude. ¡Aplaude todo el tiempo! Los organizadores tuvieron el buen tino de imprimir el nombre de cada corredor en el número por lo que la porra se personaliza: ¡vamos Mariana, tú puedes!, ¡No te rindas, Pedro!, ¡Échale ganas, Alfredo! 
 
Es entonces cuando recuerdo las promesas cumplidas, los kilómetros dedicados a la gente amada: la salida para mi madre, que es el origen de todo lo que hago; el kilómetro uno para mi padre, quien me enseñó a leer; el kilómetro dos para mi primo Stephane, convaleciente de una cirugía de corazón; el tres para mi abuela Trini, quien me enseñó a volar; el ocho para mi hermana Pamela; el 12 para mi amiga Mariana, corredora también;  el 17 para mi amado ahijado Diego Alfredo; el 21 para mi amigo Héctor "Popeye” Orozco, triatleta de élite; el 23 para mi amiga de la infancia, Gaby, y la meta, el más importante de todos, para mi amadísima esposa y compañera Edné, quien es el destino y motivación de todas mis acciones. ¡A correr que aún faltan muchas promesas por cumplir!
 
Kilómetro 10 y el cielo nos ayuda
 
Al kilómetro 10 me doy cuenta que llevo un ritmo de 10 km por hora, esa es la estrategia a seguir. Justo en ese momento una delicada lluvia nos da la bienvenida a Polanco, es hermoso correr por esas calles otrora atestadas de automovilistas. Palabras como Mariano Escobedo y Ejército Nacional se vuelven una fiesta de porras que sustituyen los claxonazos. Uno corre y observa que a la gente le gusta, a lo mejor no todo está perdido para la gran Tenochtitlán.
 
A partir del kilómetro diez inicio mis hidrataciones que ocurrirán cada 10 km. Decido dividir la carrera en las zonas por las que pasará el maratón, éstas casi coinciden con la división de diez kilómetros que hago para recorrer metas a corto plazo: Reforma, Polanco, Chapultepec, La Condesa e Insurgentes y la mítica llegada al Estadio Olímpico 68.
 
Kilómetro 20, paseo por Chapultepec
 
Retomamos parte de Reforma para ingresar al Bosque de Chapultepec, antes de ello nos sorprende la marca que indica que hemos llegado a la mitad de la carrera. El mítico kilómetro 21 dice que hemos corrido medio maratón, que aún falta otro tanto. La estrategia sigue funcionando, el ritmo de una hora por diez kilómetros se mantiene y las hidrataciones cada cinco funcionan bien, es hora de ingerir mi primer sobre de gel con carbohidratos.
 
Si bien toda la semana estuve tratando de llenar mi cuerpo con una dieta rica en hidratos de carbono en el maratón no se puede dejar nada al azar. Entre el kilómetro 32 y 36 de un maratón, al cuerpo se le agota la gasolina y simplemente no se puede continuar.
 
El paso por Chapultepec es simplemente hermoso. Uno avanza disfrutando el paisaje, es la única parte del recorrido donde no hay público, pero los voluntarios del maratón hacen las veces de ellos y te invitan a seguir. Es en esta parte, entre los 20 y los 30 kilómetros, donde se dan las primeras bajas. Decenas de atletas se apartan del camino atacados por calambres o por simple agotamiento, incluso alguno caen dramáticamente al suelo. El compañerismo se hace patente, entre todos nos damos ánimo.
 
Kilómetro 30 y la hora de la verdad
 
Nos despedimos de Reforma para tomar Insurgentes e ingresar a la colonia Roma y a la Condesa. Yo sigo a paso firme, pero los primeros síntomas de cansancio comienzan a aparecer. “No hay que alarmarse”, me digo mientras ingiero un poco de naranja y plátano que sumo a la hidratación. El kilómetro 30 me sorprende justo antes de entrar a la avenida Ámsterdam, en la colonia Hipódromo, lugar donde me he entrenado todo el año.
 
Me siento como en casa, la gente se multiplica y te da ánimos para seguir. A los organizadores del evento se suma el público en general y te ofrecen agua, dulces y hasta vaselina para lubricar las partes irritadas del cuerpo. La gente sigue gritando y te recuerda que ya falta poco, surge el mexicanísimo grito del “¡Si se puede!” Uno se siente bien, los 15 minutos de fama se convertirán en cuatro horas de sentirse superhéroe, los niños te miran de la misma manera que uno recuerda que miraba a los bomberos.
 
Poco después del kilómetro 32 ingiero el segundo sobre con carbohidratos, los calambres comienzan en el cuerpo, todavía conservo el ritmo, trato de hidratarme según lo planeado, pero no puedo, mi cuerpo comienza a pedir agua cada dos kilómetros y medio.
 
Estadio Olímpico 68: cuesta arriba
 
Después del kilómetro 36 mis piernas me anuncian que ya no pueden más. Es curioso que el cerebro ordene algo, realmente no me siento tan cansado como yo esperaría, me sorprendo con mi propia condición física, casi no abro la boca y tengo toda la voluntad por seguir pero las piernas no responden. “Ya falta poco”, me repito, convencido de que 6 kilómetros, 5 kilómetros es algo que corro con relativa facilidad.
 
El último tramo de Insurgentes comprendido entre el Viaducto y la meta se convierte en una suerte de estadio infinito. Surge público de todos lados, todo son vítores, recuerdos de que ya falta poco, “¡Vamos, Alfredo!”, la gente te sigue llamando por tu nombre, las piernas no pueden, no funcionan. En el kilómetro 38 trato de caminar un poco y es mucho peor, mi cuerpo se mueve por una inercia robótica que no me satisface, prefiero volver a mi correr arrastrando los pies.
 
Casi todos los corredores estamos en las últimas, lo que corre es el corazón, nuestro motor es la gente y esa incomprensible dificultad por recorrer el último tramo de la competencia. Llego al kilómetro 40 y mi ritmo ya no me importa en absoluto, me dispongo a correr los dos últimos kilómetros del maratón que serán mucho más largos que los 10 primeros.
 
Al llegar al estadio una multitud nos da la bienvenida desde sus afueras, centenares de personas gritan eufóricas como si se tratara de una competición de gran nivel. “¡Es una competición de gran nivel!”, me repito.
 
“Alfredo, lo has conseguido”. Doy la vuelta al estadio por afuera e ingreso al túnel de Maratón, en medio de la oscuridad escucho los gritos eufóricos de mis compañeros de lucha ¡lo hemos conseguido! Nuestros pies besan el histórico tartán del Estadio Olímpico México 68, el pebetero encendido, la gente en las gradas, la meta, la anhelada meta, llego al final después de 4 horas y 36 minutos.
 
Lo he conseguido, hoy hice lo más difícil que he hecho en mi vida, me he tatuado en el alma un título que me acompañará por toda la vida: ¡soy maratonista!