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¿Le gusta su trabajo? Agradézcalo al país donde vive

10 febrero 2014 5:3 Última actualización 24 agosto 2013 8:7

[Existen diferencias notables en la satisfacción laboral dentro de Occidente/Bloomberg] 


Edmund Phelps/Bloomberg
 
Se da por sentado en general que los habitantes de los países económicamente “avanzados” no difieren significativamente en el grado de satisfacción que sienten con sus empleos. El razonamiento es que, al ser más o menos igualmente productivos, deben de producir cosas de la misma manera, y por ende su experiencia laboral debe de ser también la misma.
 
En realidad, existen diferencias notables en la satisfacción laboral dentro de Occidente. El Reino Unido, con salarios muy bajos en relación a la riqueza del país, presenta un nivel decente de satisfacción con el trabajo. En cambio Alemania, con sus salarios bastante elevados en relación a la riqueza, presenta un nivel mediocre de satisfacción laboral –por debajo de Italia y España.
 
Las oleadas de datos sobre la satisfacción laboral que han llegado en los últimos decenios han generado abusos y malas interpretaciones. Algunos observadores, señalando el alto puntaje de Suecia, lo toman como una prueba de que el sistema económico sueco –una mezcla singular de capitalismo y Estado de bienestar con escaso dinamismo- es “mejor”. Otros, señalando que Dinamarca ha tenido puntajes aún mayores, infieren que el sistema danés –con su combinación de flexibilidad y protección en el empleo o alguna otra atracción- es el mejor. Esa manera de utilizar los datos es absurda. Es un error de principiante en Estadística 101 sacar conclusiones a partir de valores atípicos en lugar de hacerlo de los datos en su conjunto.
 

Orgullo laboral
 

La verosimilitud de los niveles de satisfacción laboral declarados en los sondeos se ve muy reforzada por la manera en que las personas evalúan el orgullo que sienten por su trabajo y la importancia que le atribuyen. Las clasificaciones de países en base a estos dos indicadores son muy similares a su clasificación con respecto a la satisfacción laboral. En el Grupo de los Siete, los Estados Unidos, uno de los países en los puestos más altos en satisfacción laboral media, obtuvieron los mayores puntajes en orgullo e importancia.
 
Una interpretación inconformista sostiene que el puntaje bajo de un país en la satisfacción laboral manifestada podría tener que ver más con lo exigentes que son los encuestados que con lo poco estimulantes que son sus empleos. Es posible que experimenten una escasa satisfacción porque, como ocurre en Italia y Francia, sienten que los despojan de su riqueza. Pero en los Estados Unidos y Canadá riqueza no les ha faltado, especialmente en 2001, después del auge de las dot-com, y continuamente se ubican en los primeros puestos en satisfacción laboral. Y cuando Irlanda pasó de pobre a rica en una década, se mantuvo cerca del nivel más alto en satisfacción laboral entre los países avanzados.
 
En los últimos decenios, estudios comparativos de las economías europeas occidentales han supuesto implícitamente que su sistema económico básico –un sistema corporativista que permite a la gran empresa, la mano de obra masiva y el sector público fuerte tener un derecho a veto sobre los resultados del mercado- es casi tan efectivo como el sistema capitalista moderno para cumplir una variedad de objetivos. Algunos han sostenido que los países europeos experimentaron tropiezos inyectando uno o más impedimentos y escollos en el mercado –beneficios de seguro de desempleo, impuestos altos, etcétera- aparentemente con la creencia de que su costo era desdeñable o lo bastante modesto como para que valiera la pena pagarlo.
 
Esta visión, pronunciada por economistas académicos de la Universidad de Chicago o del Massachusetts Institute of Technology (MIT) es un principio del neoliberalismo, el cual sostiene que para tener éxito, un país no tiene más que prohibir al gobierno y al mercado voltear los precios y los salarios competitivos. Sin embargo, a un país no puede irle bien sin un elevado dinamismo económico. Y no puede tener demasiado dinamismo sin instituciones y una cultura económica que apoyen a los diseñadores de nuevas ideas comerciales, que faciliten a los empresarios desarrollar esas nuevas ideas, que permitan a los empleados firmar contratos para trabajar largo tiempo e intensamente y que protejan contra el fraude.
 

Derecho comercial
 

Una institución que es básica para el manejo del capitalismo moderno es el derecho comercial: protección contra los acreedores mediante la quiebra, protección contra directivos que actúan para su propio provecho, protección contra empleados que no se desempeñan como corresponde, limitaciones a lo que se puede pedir a los empleados que hagan, etcétera. Hace falta una ley para fijar límites en la resolución de conflictos. Sin ésta, un empresario o un inversor podrían vacilar en embarcarse en nuevas creaciones.
 
La política económica de un país también puede alentar o frustrar el espíritu empresario. Los conservadores, confiando en datos escasos, sacan la conclusión de que cada elemento de la política económica que otorga una función para el Estado tiene un costo que supera el beneficio. Pero si bien en las economías pastorales de capitalismo mercantil, podía llegar a suponerse que tal o cual intervención del Estado en el sector comercial –más maíz y menos ropa- serían perjudiciales, no hay ningún supuesto de que, por ejemplo, más o menos dinero para educación perturbaría la innovación. No sabemos si tal o cual actividad gubernamental concreta sería constructiva o perjudicial para el dinamismo de la economía y por ende para la satisfacción laboral.
 
Existen pruebas de que países con altos niveles de gasto público en salud, beneficios de pensiones y educación no tienden a presentar niveles deprimidos de satisfacción en el trabajo.
 
Las instituciones reguladoras parecen constituir un depresor significativo de la satisfacción en el trabajo, especialmente las regulaciones del mercado de crédito (como los controles de las tasas de interés) y las regulaciones del mercado de bienes. Se estima que también las instituciones de negociaciones colectivas y regulaciones sobre contrataciones y despidos deprimen la satisfacción media en el trabajo.
 
Una economía consiste en una cultura económica además de un conjunto de instituciones. Las actitudes y creencias imperantes tienen consecuencias en los esfuerzos personales en el trabajo y afectan la efectividad con la que una persona puede colaborar con otras.
 
El empresario francés Philippe Bourguignon, cuya vida de trabajo está dividida en forma casi pareja entre los Estados Unidos y Europa, describe las dos regiones con culturas muy diferentes. En su análisis, las diferencias se originan en las crianzas muy distintas de los hijos. Las madres francesas, señaló, observan a sus hijos muy atentamente en el parque de juegos, advirtiéndoles que tengan cuidado. Las madres estadounidenses, en cambio, les prestan poca atención y no les enseñan a ser prudentes. Como consecuencia de ello, los estadounidenses crecen asumiendo bien los fracasos.
 

Actitudes en el trabajo
 

Muchos valores inciden en la generación de un resultado económico alto en un país, lo que afecta la capacidad y el deseo de las personas de concebir ideas novedosas, desarrollarlas en nuevos productos y ensayar esos productos nuevos. Otros valores pueden afectar las condiciones económicas que apuntalan o lesionan las perspectivas comerciales de innovación.
 
Pensemos, por ejemplo, en la cultura de la solución de problemas, la curiosidad, la experimentación y la exploración en Occidente. Un programa de investigación en el Centro de estudios sobre Capitalismo y Sociedad de la Universidad de Columbia constató que varias actitudes en el trabajo en las Encuestas sobre Valores Mundiales están significativamente asociadas al desempeño económico elevado de un país.
 
La medida en que los habitantes de un país determinado valoran el “interés de un trabajo” está considerablemente relacionada con el nivel de los puntajes que obtiene el país en varias dimensiones del desempeño económico. Lo mismo ocurre con los puntajes de las personas relativos a la aceptación de ideas nuevas y al deseo de tener alguna iniciativa. Por otro lado, una baja disposición a recibir órdenes, que es conspicua en algunos países europeos, se asocia a un desempeño económico más bajo.
 
La disposición a aceptar el cambio y la voluntad de aceptar la competencia también son de mucha ayuda. No obstante, el deseo de tener éxito importa poco: no es un objeto lo que la gente quiere; es experiencia –la vida.
 
*Edmund Phelps, director del Centro de estudios sobre Capitalismo y Sociedad en la Universidad de Columbia y decano de la Nueva Escuela de Negocios Huadu en la Universidad de Minjiang, recibió el Premio Nobel de Economía en 2006. Este es un extracto de su nuevo libro, “Mass Flourishing: How Grassroots Innovation Created Jobs, Challenge, and Change”, que será lanzado por Princeton University Press el 25 de agosto.