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La guerra que ni en México ni EU quieren recordar

06 febrero 2014 6:59 Última actualización 10 noviembre 2013 5:0

[El museo de la batalla de Angostura fue inaugurado en Saltillo en 20016. / NYT ] 


© 2013 New York Times News Service
LA ANGOSTURA, México. En la colina cubierta de yerba, barrida por el viento, donde soldados del norte y el sur pelearon una de las batallas más importantes de la guerra mexicano-estadounidense, el crujido y la pulverización de la arena y la grava ensordecen cualquier intento de meditación en la mina.
 
No se respeta a algunas guerras. Y ésta, a la que Ulises S. Grant llamó la “guerra (más) cruel” que se haya declarado, nunca ha estado en una estima particularmente alta. ¿Cuántos arizonianos que condenan a quienes cruzan ilegalmente la frontera quieren recordar que sus casas están en territorio otrora mexicano? ¿Cuántos mexicanos quieren recordar la batalla perdida aquí, pero que debieron haber ganado?
 
Sin embargo, hay lecciones para México y para Estados Unidos que dos mexicanos entusiastas de la historia están determinados a enseñar. Han pasado años coleccionando artefactos y ahora presionan para preservar el sitio como histórico, aunque parece que no les importa a muchos. Por lo general, su museo de tres cuartos, inaugurado en 2006 en Saltillo, está, un recordatorio tangible del complicado pasado que han omitido muchos estadounidenses y mexicanos.


“La gente no sabe lo que pasó aquí”, comentó Reinaldo Rodríguez, de 68 años, un urbanista del gobierno, ya retirado, señalando hacia una maqueta de la batalla, en el museo, ubicado detrás de la catedral de Saltillo. “La gente no sabe que aquí es el lugar donde murieron los irlandeses junto a los mexicanos”.
 
Los san patricios o Brigada de San Patricio, como se hacían llamar, eran inmigrantes recién llegados a Estados Unidos que se habían unido al Ejército estadounidense y luego desertaron para luchar con México. De hecho, la mayoría eran irlandeses, algunos eran originarios de Alemania o Inglaterra, y los historiadores dicen que huyeron indignados, hartos de uno de los defectos más desagradables de Estados Unidos: los prejuicios.
 
“Una de las razones por las que desertaron muchas personas es que eran católicas y sintieron que los maltrataban los oficiales protestantes”, explicó Amy S. Greenberg, una historiadora en la Universidad Estatal de Pensilvania.
 
En ese entonces, en la década de 1840, muchos estadounidenses veían a los católicos romanos como una horda invasora y una amenaza para los valores estadounidenses. El odio y la discriminación eran generalizados y, en el Ejército, notan los historiadores, el rango reforzaba el fanatismo: una mayoría de los soldados profesionales de tiempo completo eran inmigrantes pobres y católicos, mientras que los oficiales y los voluntarios de medio tiempo eran protestantes blancos, abrumadoramente acaudalados.
 
La guerra mexicano-estadounidense tuvo poco que ver con principios; historiadores de ambos lados de la frontera la describen como poco más que una apropiación de territorio y la deserción era un problema aun antes de iniciado el conflicto. Conforme se aglutinaban las tropas del lado estadounidense del río Bravo en 1845, veintenas de soldados, incluidos muchos inmigrantes, desaparecieron hacia el otro lado de la frontera.
 
Los san patricios, cuyos números aumentaron a cientos, se convirtieron en los desertores más famosos. Aparecen por primera vez como una unidad en septiembre de 1846, en la batalla de Monterrey. “Nadie nunca había visto que gente de otro país, especialmente europeos, vinieran a ayudar al Ejército mexicano”, indicó Rodríguez.
 
“Se convirtieron en la fuerza de combate más efectiva que tenía México, en gran parte porque sabían usar el armamento del Ejército estadounidense”, notó Greenberg, el autor de “A Wicked War: Polk, Clay, Lincoln, and the 1846 U.S. Invasion of Mexico”. Tenían un talento especial para capturar cañones estadounidenses.
 
Aquí, en la batalla de La Angostura, a la que los estadounidenses llaman la batalla de Buena Vista, los san patricios ocuparon un sitio cerca de la base de la colina, justo debajo de donde hoy se encuentra la mina de grava. Según la mayoría de las versiones, golpearon a los estadounidenses y evitaron que avanzaran durante dos días.
 
Sin embargo, no fue suficiente. El comandante mexicano, el general Antonio López de Santa Anna, retrocedió después del segundo día de la batalla, el 23 de febrero de 1847. Sus tropas superaban a los estadounidenses en tres o cuatro por uno, y muchos historiadores argumentan que los mexicanos estaban derrotando a las filas de soldados voluntarios y de carrera, encabezadas por el general Zachary Taylor, cuyo estatus de héroe en la guerra lo llevó, al final, hasta la Casa Blanca.
 
Santa Anna huyó de todas formas, esencialmente renunciando a la guerra por el norte de México. Algunos historiadores han teorizado que se fue porque sus soldados necesitaban alimentos y agua o porque tenían que lidiar con una rebelión interna en la Ciudad de México. Sin embargo, Rodríguez culpa a uno de los defectos más desagradables de México: la corrupción.
 
“Cuando examinas esto detenidamente, tienes que pensar que hizo un trato”, dijo Rodríguez. “Encapsula todo el problema de México”.
 
Quizá eso ayuda a explicar todo el esfuerzo por atraer atención a la batalla. Rodríguez y su socio en el museo, Isidro Berrueto Alanís, dicen que sueñan con el día en el que estas colinas sean un parque militar donde estadounidenses y mexicanos puedan caminar juntos, como los sureños y norteños recorren Gettysburg, en Pensilvania.
 
Sin embargo, para muchos, el pasado todavía zahiere las sensibilidades del presente. Cuando, hace unos años, el vodka Absolut pasó un anuncio en México en el que aparecía un mapa de California, Texas y gran parte del oeste estadounidenses, cuando pertenecían a México, hubo amenazas de boicot en Estados Unidos porque muchos estadounidenses insistieron en que la compañía llamaba a que volvieran a trazar las fronteras o a una inmigración mexicana masiva.
 
Se apagó el furor sólo después de que Absolut publicó en su sitio web una explicación de que el mapa sólo era un retrato de Norteamérica antes de 1848, “una época que la población de México puede sentir como más ideal”.
 
México también tiende a ver la guerra a través de sus propios lentes estrechos. Algunos académicos argumentan que el conflicto, o “la invasión” unificó al país al proporcionar un enemigo común y una leyenda de oposición valerosa. No obstante, los habitantes aquí, en el pueblito de La Angostura, como muchos de sus paisanos, batallaron para explicar lo que pasó a unos pasos de su casa. Algunos sólo dijeron que estaban orgullosos de vivir cerca de un sitio asociado a la valentía mexicana.
 
Berrueto, de 59 años, el director del Museo de la Batalla de La Angostura, ha estado buscando un rango más amplio de respuestas en la zona durante años. Deambulando solo, pasando su propio pequeño detector de metales sobre el terreno escarpado, encontró muchos de los objetos más interesantes hoy en el museo.
 
Una vitrina, por ejemplo, está llena de aretes rotos, un recordatorio de que las madres de muchos jóvenes soldados mexicanos insistieron en ir a la guerra con ellos para poder socorrerlos cerca de las líneas del frente.
 
En el campo de batalla, a poca distancia en coche hacia el sur, Berrueto y Rodríguez plantaron un “árbol de la paz” hace unos años, en la cima de la principal cresta de la montaña. Al moverse con el viento, es un monumento más sutil que el pequeño de piedra que está junto a la carretera, mismo que erigieron hace décadas y que hoy está rodeado de hierbas.
 
Y cada febrero suben hasta donde estuvo Santa Anna, volviendo sobre los pasos de los soldados que murieron aquí por cientos. Ocasionalmente, se les han unido funcionarios del consulado irlandés y mexicano-estadounidenses de San Antonio. Rodríguez, cuyo padre nació en Texas, dijo que esos fueron de los momentos más felices en el sitio, porque fueron un recordatorio de que “una guerra sin satisfacción” no debe definir el futuro.
 
“Los estadounidenses que pelearon esta guerra no son los mismos estadounidenses que viven ahí ahora”, señaló. “No queremos revivir esta guerra; sólo queremos recordarla”.