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Inseguridad alimentaria en el mundo

06 febrero 2014 6:54 Última actualización 08 noviembre 2013 5:52

 
Gustavo Merino Juárez
 
Recientemente, el 16 de octubre, se celebró el Día Mundial de la Alimentación, que llama a una reflexión sobre la inseguridad alimentaria en el mundo. De acuerdo con un reporte reciente de FAO, se estima que más de 840 millones de personas en el mundo padecen de “hambre crónica”, es decir no cuentan con comida suficiente de manera regular para tener la energía requerida para una vida activa y saludable. Se observa cierto avance desde el bienio anterior, ya que entonces se reportaron 868 millones de personas en esta condición y el número total de los desnutridos ha caído en 17 por ciento desde 1990-1992. Sin embargo, la cifra actual sigue siendo elevada y preocupante considerando que una de cada 8 personas o 12 por ciento de la población mundial total sufre por hambre.
 
El padecimiento de hambre tiene enormes implicaciones inmediatas pero también consecuencias en el largo plazo, tanto para el bienestar y desarrollo humano de millones de personas como para el futuro en materia de paz, estabilidad, desarrollo económico y social. El progreso en la materia ha sido desigual entre países y entre regiones. El mayor número de personas que sufren hambre se encuentran en el sur de Asia, seguido por África sub-Sahariana y el Este de Asia. África sub-Sahariana sigue siendo la región con la mayor desnutrición, 24.8 por ciento, mientras que África en total presenta hoy una proporción de 21.2 por ciento. En Asia, 13.5 por ciento de la población presenta desnutrición, pero con grandes diferencias: Asia del sur presenta 16.8 por ciento, mientras que los países que conforman el sureste asiático muestran el avance más rápido al pasar de una prevalencia de 31.1 por ciento en 1990-92 a 10.7 por ciento actualmente. América Latina también muestra un avance notorio aunque a menor velocidad, de 13.8 por ciento a 7.1 por ciento en el mismo periodo, mientras que el Caribe presenta hoy prevalencia de 19.3 por ciento de la población.
 
El crecimiento económico es sin duda un factor importante en el combate al hambre; sin embargo, para que sea efectivo, es necesario que sus  beneficios se distribuyan en la población de manera equitativa y no sólo lleguen a unos cuantos, a través de mejoras en el ingreso y en las oportunidades de desarrollo. A su vez, los episodios de crisis económica o afectaciones por desastres naturales pueden tener impactos en el largo plazo en cuanto al hambre más allá de la duración de la crisis, si obliga a las familias a  reducir la inversión en la educación de los hijos, el cuidado de la salud, o a disminuir la inversión que eleva la productividad en la agricultura o producción de alimentos en general. De ahí la importancia que tiene el crecer y  reforzar las redes de protección social como estrategia de la seguridad alimentaria.
 
La seguridad alimentaria puede considerarse a lo largo de cuatro dimensiones. La primera es la disponibilidad de alimentos, que es función de la producción y capacidad de importación de cada nación. La segunda dimensión es el acceso de cada persona a los alimentos. La disponibilidad de alimentos es una condición necesaria más no suficiente para el acceso de alimentos. Esta dimensión tiene dos pilares, el económico, asociado al ingreso disponible y los precios de los alimentos y el físico, determinado por la infraestructura de comunicaciones, transportes, almacenamiento y la disponibilidad y funcionamiento de mercados. La tercera dimensión se refiere al uso y manejo que se le da a los alimentos y está asociado a las condiciones de nutrición, salud e higiene. La cuarta dimensión tiene que ver con la estabilidad y exposición a riesgos, sobre todo los relacionados con el abasto de alimento y la estabilidad de precios de éste. En años recientes, la volatilidad de precios de alimentos, ha sido mayor que en el pasado.
 
El esfuerzo requerido para combatir el hambre debe no sólo atender hoy las necesidades inmediatas de quien lo padece, sino también establecer las condiciones que permitan el progreso en el largo plazo. Igualmente, considerando las dimensiones de la seguridad alimentaria, dicho esfuerzo debe realizarse en casi todas las áreas de política pública. Los países deberían, entre otras acciones: establecer las condiciones que permitan elevar la inversión pública y privada en producción de alimentos, de manera sustentable para asegurar que el beneficio llegue también a las generaciones futuras; (b) mejorar la infraestructura de comunicaciones, transportes y abasto, así como promover el buen funcionamiento de mercados; (c) facilitar el acceso de los productores a insumos y financiamiento; (d) establecer o reforzar redes de protección social y la gestión de riesgos; y (e) mejorar la provisión de servicios de salud y educación que se traduzcan en mejor aprovechamiento formativo hoy y mayores oportunidades a futuro.
 
Haciendo un gran esfuerzo es posible enfrentar el “Desafío de Hambre Cero” al que nos llama el secretario general de las Naciones Unidas: erradicar el hambre en el transcurso de nuestras vidas. Implica lograr que el 100 por ciento de las personas tengan acceso a una alimentación adecuada durante todo el año; cero retraso en el crecimiento en niños y niñas menores de dos años; lograr que todos los sistemas alimentarios sean sustentables; aumentar en un 100 por ciento la productividad y el ingreso de los pequeños productores; reducir al máximo el desperdicio de alimentos y pérdidas post-cosecha.
 

Gustavo Merino Juárez es Director del Centro de Inversiones de FAO.