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Impedimentos a la movilidad social en México

06 febrero 2014 6:58 Última actualización 26 noviembre 2013 15:51

 
 
Pablo Majluf*
 
Como lo hemos comentado en este espacio anteriormente, en el CEEY estudiamos la movilidad social, aquella cualidad que le permite a un individuo mejorar su estatus socioeconómico gracias a méritos propios como el trabajo, la educación y el desarrollo de talentos, en vez de condiciones natales como el color de la piel o el apellido.
 
Los obstáculos de la movilidad son más o menos parecidos en todo el mundo y van desde la falta de educación y escasez de alimento, hasta la inseguridad pública y la violencia intrafamiliar. Sin embargo, quisiera mencionar tres que son inherentes a la sociedad mexicana y lastiman profundamente cualquier tentativa de superación. No quiero decir que no existan en otras sociedades, simplemente que son muy notorios aquí.
 
 
El racismo
 
Como escribí hace poco en un artículo, los estudios del CONAPRED demuestran que el racismo “impera en todos los asuntos de la vida pública y privada de México: desde el matrimonio y las amistades, hasta el acceso a lugares, profesiones, negociaciones y relaciones laborales. Es permanente e indisoluble, uno de los escultores de nuestra sociedad.”

En términos de movilidad social, “una sociedad racialmente estratificada es la más inmóvil porque el color de la piel es un estigma físico, natal, no escogido que, ponderado, determina la posición de un individuo en la escala socioeconómica y cultural, independientemente de sus méritos y esfuerzos.”
 
Es un problema especialmente grave porque, si un individuo logra superar las barreras clásicas de la movilidad social -educación, salud, trabajo o aun ingreso-, y luego se enfrenta a barreras prácticamente insuperables como el color de la piel, entonces no importa el mérito; el problema es inamovible y está, digamos, más allá del esfuerzo individual. Así, el racismo es exactamente lo opuesto a la meritocracia.
 
 
El capitalismo de compadrazgo
 
Otro gran impedimento a la movilidad social es el capitalismo de compadrazgo, aquél que parece capitalismo, pero en realidad es una economía cerrada con poca competencia en la que ciertos grupos o individuos tienen privilegios gracias a su “compadrazgo” con el Estado.
 
No hay peor paliativo contra la competencia, alfil de la movilidad social, que el capitalismo de compadrazgo. Si por más que trabaje un individuo -innovando, administrando, produciendo- algunos empresarios son beneficiados con toda la fuerza del Estado, como ocurrió en México durante prácticamente todo el siglo XX, entonces ¿de qué sirve el trabajo, la educación, el desarrollo de los talentos, la innovación, las ideas, y todas las cualidades que, en teoría económica, democratizan la productividad y distribuyen mejor el ingreso, generando a su vez, como círculo virtuoso, movilidad social? De nada.
 
Por el contrario, una economía abierta en la que todos pueden competir y gana el que más trabaja y no el que más políticos conoce, fomenta una sociedad más justa y equitativa porque todos los medios para la superación personal residen en el individuo y su voluntad, no en circunstancias externas inalterables.
 
 
El colectivismo
 
Para terminar, quizá la madre de todos los males: el colectivismo. Me refiero al sistema sociopolítico que nos heredó la Revolución Mexicana, también conocido como corporativismo, cuyos vestigios nos siguen costando. Un sistema en el que los grandes sectores socioeconómicos-obreros, campesinos, empresarios, sindicatos, universidades públicas- se incorporan a las arcas del Estado en un intercambio mutuo de beneficios por votos; es decir, en el que el Estado beneficia a ciertos grupos con prebendas, y a cambio, esos grupos garantizan la permanencia del Estado.
 
El colectivismo genera capitalismo de compadrazgo y sus daños a la movilidad social son parecidos, pero el primero es especialmente peligroso por la fisonomía de sus estructuras: agrupaciones piramidales, muy parecidas al fascio italiano de Mussolini, en las que los líderes toman las decisiones, y dentro de las cuales, por consecuencia, no hay movilidad. Estas estructuras están diseñadas para garantizar la eficiencia en las cadenas de mando, es decir, para la ejecución de órdenes, no para propiciar el crecimiento individual. Así, la corporación es fuerte en la cantidad, no en la calidad de sus integrantes.
 
En otras palabras, cuando una sociedad se organiza en corporaciones aliadas al Estado, no sólo se impide la movilidad social de los que no están organizados sino también de los que sí lo están, ya que gozan, o más bien sufren, de una comodidad gratuita, garantizada por una mera asociación que inhibe el esfuerzo individual, el trabajo y la voluntad ciudadana.
 
En suma, es necesario reconocer que estos atributos negativos de nuestra cultura política causan, como cualquier padecimiento, daños colaterales. En este caso a la movilidad social, piedra angular del desarrollo en las sociedades modernas. Si queremos un país más justo, próspero e igualitario, es necesario eliminar estos impedimentos. ¿Por qué no aprovechar el actual ambiente reformista?
 
*El autor (@pablo_majluf) es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney. Escribe sobre comunicación y cultura política. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY).
 
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