Archivo

Historias de adultos que se comportan como niños

07 febrero 2014 3:47 Última actualización 05 septiembre 2013 5:22

 [Vivian Mansour presenta sus cuentos de cabeza y al revés / El Financiero]


 
Silvina Espinosa de los Monteros
 
 
Éste es un libro divertido y fuera de lo convencional. Posee sólo un título —Había una vez... Cuentos de cabeza y al revés—, pero se trata de dos compendios de relatos infantiles escritos por Vivian Mansour, e ilustrados por dos diseñadoras: Mariana Villanueva y Estelí Meza, quienes el próximo sábado, a las 12 horas, participarán en la presentación del volumen en las instalaciones de IBBY México (Goya 54, Mixcoac).
 
 
Así que nos reunimos con la también autora de volúmenes como Familias familiares o La mala del cuento —Vivian Mansour--, para cuestionarla sobre el inusual origen de dos libros en uno. Lo que pudo hacer gracias a la audacia de Ediciones El Naranjo de contraponer dos carátulas: una al derecho de manera tradicional y, otra, la de la parte posterior, al revés.
 
 
—Efectivamente, esto es como la hora feliz en el mundo de la lectura —comenta sonriente—. Porque son dos libros diferentes, unidos por un eje común que es la vulnerabilidad. Por una parte, está el compendio de los cuentos clásicos en el que quise romper los estereotipos de los personajes que todos los niños conocen, y que está ilustrado por Mariana Villanueva; el otro, ilustrado por Estelí Meza, reúne textos que le dan la vuelta al estereotipo del adulto que tiene todo bajo control, por lo que toco alguna fibra sensible o vulnerable en ellos.
 
 
En “El cuento más contado”, Caperucita Roja ya está cansada de ir con su abuelita para llevarle pastelillos de miel, así que se quita la caperuza, se pone unos pantalones de mezclilla, y se va de vacaciones del relato.
 
 
—¿Por qué ofrecer una nueva versión de los textos clásicos?
 
 
—Los lectores actuales ya no son los mismos que hace 50 años. No le quito mérito a las historias tradicionales, sin embargo siento que el género debe evolucionar. Me gustó mucho hacer esto de rescatar historias que todos los niños conocen y darles una interpretación más moderna, como al de Caperucita Roja. Quería romper los clichés en que a veces han quedado estancados los personajes, por ejemplo, el Príncipe Valiente, que siempre ha sido impecable, aguerrido y audaz, pero que también puede llorar cuando se muere su caballo, lo que no le quita lo valiente.
 
 
—A su vez, usted incluye la contraparte femenina. En el caso de Rapunzel, cuento al que intituló “¡Ya no arrojes tu cabellera!”, decide que la heroína se cortará el cabello y se marchará de la torre…
 
 
—Sí, ahí lo que quise fue quebrar ese estereotipo de que es ella la que tiene que esperar, no sé cuánto tiempo, a que un príncipe la rescate. En mi cuento, Rapunzel se corta el cabello, aprende alpinismo, baja por la empinada pared de la torre, y se va. De alguna forma, creo que en la actualidad muchas niñas ya tienen esa mentalidad o, por lo menos, eso es lo que yo quisiera.
 
 
Bajo esta dinámica, Vivian Mansour ofrece divertidas versiones relacionadas con el espejo mágico de la reina malvada de Blancanieves, el flautista de Hamelín, las zapatillas de cristal de Cenicienta, o el relato de la Princesa y el Sapo, por nombrar sólo algunos.
 
 
—¿Cuál era su intención con los Cuentos de cabeza?
 
 
—En ese compendio hay puras historias de adultos que se comportan como niños. El cambio de punto de vista es algo que me parece muy divertido tanto para los padres como para los hijos, porque además es un libro que pueden leer juntos. El cuento llamado “El astro”, por ejemplo, surgió un día que estaba viendo un partido de futbol del Chicharito con mi hijo, que tiene once años, y que aún tiene su cobijita. En esas estábamos, cuando nos preguntamos: “¿Qué pasaría si el Chicharito todavía tuviera su mantita y, en el medio tiempo, en vez de irse a los vestidores, fuera por ella para arrullarse un rato y luego continuara dando un gran partido? Nos pareció muy chistosa esa idea, lo que me dio pauta para escribir este relato y luego los demás cuentos. De la misma manera: ¿te imaginas al presidente de Estados Unidos (un hombre que tiene a todas las naciones bajo su control) sin poder dormir en las noches si antes alguien no le ha contado un cuento? Otro que me gusta mucho es el de “Sí, acepto”, que es de una novia que está a punto de casarse pero, llegado el momento, el sacerdote le dice que antes de aceptar se debe quitar el chupón que trae en la boca. Por lo que tiene que deshacerse de él [del chupón, claro, no del sacerdote].
 
 
—¿Usted trabajó a la par con cada una de las ilustradoras?
 
 
—A veces las editoriales permiten que uno trabaje con la persona que hace las ilustraciones y otras no, como sucedió en este caso. Fue una decisión de la editorial, pero aceptada por mí. Lo único que yo sugerí, por la complejidad del libro, es que cada compendio fuese ilustrado por una diseñadora diferente. Algo que fue un gran reto para ellas, porque cada una tenía que hacer una visualización distinta dependiendo del libro que le tocara y, en la parte media, coincidir, para resolver la transición entre ambos grupos de cuentos. Lo que resultó un buen experimento, ya que la cuestión gráfica es muy importante en los libros para niños.
 
 
—¿De qué modo entrena la mirada un autor infantil? ¿Cómo elige sus historias?
 
 
—Como escritor, uno siempre está a la caza de ideas y éstas pueden surgir en cualquier parte. Ahora que lo dices, es bonito hablar de “entrenar la mirada” porque también los niños tienen que aprenderlo. Aunque somos un país con un gran bombardeo de imágenes, en el fondo no estamos acostumbrados a ver. Por eso disfruto mucho que ellos se detengan a mirar los detalles, ya que es una forma de aprender a leer el mundo, no sólo en palabras sino también en imágenes.
 
 
—¿Cuál es el ingrediente primordial que debe existir en esta clase de literatura?
 
 
—La sinceridad. A los niños no los puedes engañar. Tienes que partir de un sitio interno que te conecte con su mundo, porque, si no, se dan cuenta de inmediato. Otra cosa fundamental es el sentido del humor. Yo quisiera que los niños vieran los libros con menos solemnidad. Me gustaría que se enamoraran de las palabras y de las historias; que leer fuera una alternativa realmente gozosa.