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Hawái: sol, surf... y armas

01 febrero 2014 3:23 Última actualización 12 enero 2014 5:0

[Turistas japoneses disfrutan de los campos de tiro. / NYT]


 
© 2014 New York Times News Service
HONOLULU. Kenji e Hiromasa Ozawa, padre e hijo que vacacionaban en la isla de Oahu, pasaron la mañana de Navidad de excursión en Diamond Head, un cono volcánico con magníficas vistas de la playa de Waikiki.
 
Su siguiente parada: disparar varias docenas de rondas en el club de tiro Royal Hawaiian, un campo de tiro en interiores, en un elegante centro comercial, justo arriba de las tiendas Cartier y Hermès.
 
“Nos encanta disparar armas. A mí me encanta disparar armas”, dijo Kenji Ozawa, de 52 años, de Chiba, Japón. “Es una experiencia muy emocionante”.
 
Las leyes de Japón sobre armas están entre las más restrictivas del mundo, en especial si se comparan con las de Estados Unidos. Con la Ley sobre control de armas de fuego y espadas de 1958 en Japón, se prohíbe que los ciudadanos posean armas de fuego; se permiten algunas de ellas –escopetas para cazar, rifles de aire comprimido y rifles para competiciones–, pero los dueños deben pasar por una serie de pruebas exhaustivas, así como revisiones de antecedentes penales.
 
Así es que para turistas japoneses como los Ozawa, un escape hawaiano ideal incluye sol, surf y semiautomáticas.
 
“No podemos disparar armas de fuego en Japón. Tenemos prohibido tenerlas”, dijo el Ozawa mayor, antes de resumir el derecho a portar armas consagrado en la Segunde Enmienda de la Constitución estadounidense, y agregó: “Este es el Estados Unidos que yo conozco”.
 
Si bien los japoneses no necesariamente viajan a Hawái, un vuelo de aproximadamente siete horas, con el exclusivo propósito de llegar a los clubes de tiro en Waikiki, es frecuente que a quienes les interesa una Baretta, por ejemplo, tratan al tiro un poco como al surf: como una atracción divertida cuando visitan Estados Unidos.
 
“En la mayoría de los países, los medios de masas sí hacen deseables a las armas de fuego, y es lo mismo en Japón”, comentó Philip Alpers, un profesor en la Escuela de Salud Pública en la Universidad de Sídney y especialista en prevención de heridas por arma de fuego.
 
Un martes reciente, Taka Maruyama, de 52 años, de Tokio, salía del club SWAT Gun en esta ciudad con dos de sus hijos y explicó: “Sólo venimos aquí a nadar, jugar golf y tirar”.
 
Gesticulando hacia su hijo Tomo, de 17 años, quien sostenía orgullosamente un blanco de papel, acribillado a balazos cerca del centro, Maruyama rió y comentó: “Dispara cada vez que va de visita a cualquier parte. Es un tirador profesional”.
 
Hay por lo menos cuatro clubes privados de tiro a un kilómetro uno de otro en esta franja de Honolulú, salpicada de hoteles y tiendas turísticas, y un campo de tiro público se ubica en el extremo sudoriental de la isla. Los clubes se anuncian con carteles (en inglés y japonés) en los centros comerciales exclusivos en esta ciudad, y contratan a hombres que distribuyen volantes (también en inglés y japonés) por las bulliciosas aceras de Waikiki.
 
Jeff Tarumi, el gerente del campo de tiro Royal Hawaiian, estima que 90 por ciento de sus clientes son extranjeros, en su mayoría de Japón. Señaló que se demanda que sus empleados hablen al menos algo de japonés.
 
“Créalo o no, el conocimiento de las armas no es tan importante porque puedes capacitarlos en el trabajo, pero tienes que hablar japonés”, dijo Tarumi. “El mercado estadounidense es un poco más difícil porque la gente llega y dice: 'Bueno, puedo tirar gratis en mi patio’”.
 
Los clubes, en los que el visitante puede disparar cualquier cosa, desde un AK-47 hasta una Glock 9 mm, la cual resulta especialmente atractiva para el turista japonés, porque es frecuente que haya visto pistolas en cine y televisión, pero no puede dispararlas en su país.
 
David B. Kopel, el autor de “The Samurai, the Mountie and the Cowboy: Should America Adopt the Gun Controls of Other Democracies?” (El samurái, el policía montado y el vaquero. ¿Estados Unidos debería adoptar los controles de armas de fuego de otras democracias?), dijo: “Los únicos ciudadanos respetuosos de las leyes que poseen armas son deportistas muy motivados”.
 
En 2012, casi 1.5 millones de japoneses visitaron Hawái, con lo que estuvieron en tercer lugar en gasto y día, según un informe anual de la Autoridad de Turismo de Hawái.
 
“¿Cuántas personas vendrían a Hawái y terminarían yendo a los clubes de tiro? Decenas de miles”, dijo Harvey F. Gerwig, el presidente de la Asociación Hawaiana del Rifle. “Es un atractivo enorme”.
 
No se puede decir que Hawái sea el lejano oeste de las armas de fuego. El estado tiene regulaciones más estrictas sobre ellas que muchas de sus contrapartes continentales, y el organismo Law Center to Prevent Gun Violence le otorgó muy alta calificación por sus leyes respectivas. Todos los clubes de tiro proporcionan protecciones para ojos y oídos, junto con instructores entrenados en seguridad. No permiten que la gente que ha bebido licor entre a los campos de tiro.
 
Sin embargo, en comparación especialmente con Japón, ir a los clubes de tiro en Hawái sigue siendo relativamente fácil, y los japoneses no son los únicos que agregan una o dos horas en el campo de tiro a los itinerarios de las vacaciones. También es posible encontrar turistas de otros países con normativas más rigurosas –como Australia, Canadá y Nueva Zelanda– en los clubes de tiro en Waikiki, donde los paquetes básicos empiezan con muy poco, en 25 dólares. Una opción intermedia en el Hawaii Gun –un total de cinco armas de fuego con 52 tiros– cuesta alrededor de 70 dólares.
 
En diciembre, Marcia Murphy de 58 años y Bethany Parr de 38, madre e hija, de Australia, vacacionaban en Hawái, se habían consentido con pedicuros y manicuros antes de ir al club de tiro Royal Hawaiian.
 
“Nunca antes en mi vida había tocado un arma de fuego”, comentó Murphy, todavía excitada tras enterarse que, para ser novata, es una tiradora diestra. Parr estaba igualmente emocionada. “Fue un pasón total”, dijo.
 
Ambas dispararon seis armas y les fue bastante bien, aunque Murphy le atinó a unos cuantos más de sus blancos que Parr a los suyos.
 
Volteando hacia su hija, Murphy no pudo evitar alardear. “Te lo voy a refregar, querida”, dijo sonriendo.