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FINANCIAL TIMES: Libertad y democracia, ¿enemigas?

10 febrero 2014 4:42 Última actualización 09 julio 2013 5:35

[Reuters]



 
 
 
Por Gideon Rachman

Las palabras libertad y democracia parecen estar uncidas –como la ginebra con agua tónica o El Gordo y El Flaco. En la retórica de muchos políticos occidentales, las dos palabras son intercambiables. Promoviendo su 'agenda de libertad' en el 2003, el Presidente George W. Bush celebró “el avance más rápido de la libertad en los 2,500 años de la historia de la democracia”.
 
Pero las actuales convulsiones políticas en Egipto muestran que la libertad y la democracia no son siempre la misma cosa. A veces pueden ser enemigas. Los liberales egipcios que apoyaron el golpe militar en contra del Presidente Mohamed Morsi justificaron sus acciones porque creían que el gobierno de La Hermandad Musulmana, aunque democráticamente electo, amenazaba ciertas libertades fundamentales.
 
Es verdad que las colas para la gasolina, el aumento en el precio de la comida y el sentimiento de que la seguridad se estaba desmoronando en Egipto fueron elementos cruciales para atraer a millones de manifestantes anti-Morsi a las calles.
 
Pero también es verdad que miembros claves del movimiento liberal egipcio fueron partidarios entusiastas del derrocamiento de un gobierno electo. Los liberales argumentaban que Morsi y la Hermandad hacían caso omiso a las cortes, intimidaban a los medios de comunicación, no protegían los derechos de las mujeres y las minorías e introducían un tono cada vez más islamista a la vida pública. El miedo consistía en que las mismas libertades democráticas que le dieron oportunidad a la Hermandad Musulmana no podían ser garantizadas bajo el gobierno de un partido que cree que en última instancia recibe sus instrucciones y autoridad de Dios –no de los votantes.
 
El problema egipcio no es único. En Turquía, los liberales laicos han montado manifestaciones contra el gobierno de Recep Tayyip Erdogan y su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). A diferencia de la Hermandad Musulmana, Erdogan puede apuntar a un expediente de sólido éxito económico. Y sin embargo, algunas de las quejas de los manifestantes en Estambul son similares a las que se oyen en Cairo. Acusan al gobierno turco de erosionar las libertades civiles, socavar las cortes, intimidar a los periodistas y apoyar una islamización progresiva que amenaza las libertades de los turcos laicos –sea el derecho a beber cerveza o a vestirse 'inmodestamente'.
 
Como la Hermandad, el AKP en Turquía ha respondido a las quejas apuntando a su mandato electoral.
 
Es tentador para los extranjeros asumir que este choque entre la democracia y la libertad es un problema único de países musulmanes con partidos políticos islamistas. Pero no es así. En Sri Lanka en este momento, un gobierno electo se dedica a socavar la independencia de las cortes y la libertad de prensa. Y en años recientes, se han visto manifestaciones populares en Moscú y Bangkok contra los actos anti-liberales de un gobierno electo.
 

En Rusia, Tailandia, Turquía y Egipto parte del problema parece ser la disparidad entre una elite urbana relativamente educada y afluente que se ve superada en las elecciones por el resto del país –aunque es cierto que en el caso ruso con fraude electoral. Una vez en el poder, un populista electo con instintos autoritarios, como el presidente Vladimir Putin o Erdogan, puede pisotear las libertadas preciadas por las clases medias urbanas, mientras apelan a la nación 'verdadera', en los pueblitos o en el campo.
 
Tales acciones socavan la común suposición occidental de que la base de todas las libertades es el voto. En realidad, la propia historia del occidente sugiere que el voto puede ser la última libertad que se gana, no la primera.
 
En Gran Bretaña, el respeto a la independencia de las cortes y la libertad de prensa estaban ya generalmente establecidos en el siglo XVIII. Pero no fue hasta 1928 que se garantizó el voto a todos los hombres y mujeres mayores de 21 años. A través de toda la era victoriana la sabiduría convencional era que se necesitaban niveles básicos de propiedad y educación antes de que se le permitiera votar a un ciudadano. Cuando esta franquicia fue ampliada en 1867, un conservador británico argumentó que la reforma escolar debía ser ahora una prioridad urgente, comentando tristemente: “Tenemos que educar a nuestros amos”.
 
Tal forma de pensar se considera ahora anticuada e indefensible en occidente. Pero hace eco en las clases medias emergentes del mundo en desarrollo. Los comentaristas occidentales llevan largo rato prediciendo que la creciente clase media china debía exigir la democracia. Pero, en realidad, muchos chinos afluentes temen que el caos se desataría si el campesinado tuviera la misma voz en la dirección del país.
 
Los egipcios liberales, que viven con los efectos de una democracia de las masas en una sociedad donde cerca del 40% del electorado es analfabeta, pudieran sentir cierta afinidad. Dada la influencia de las mezquitas y los canales religiosos de televisión, es probable que los pobres de Egipto sigan votando por partidos islamistas, si se les da la oportunidad.
 
Pero aunque el caso de Egipto sugiere que la democracia puede, en ocasiones, socavar otras libertades preciadas, los eventos en Cairo también demuestran que es imposible tener un 'golpe de Estado liberal'. Una vez que uno derroca un gobierno electo uno está en el negocio de la represión. Lo que implica censura, la detención de disidentes políticos y, con frecuencia, las ejecuciones arbitrarias en las calles. La democracia y la libertad no son lo mismo. Pero derrocar una democracia suele llevar al mismo triste destino.
 
 
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