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FINANCIAL TIMES: Lecciones de los empleos desechables

07 febrero 2014 3:44 Última actualización 28 octubre 2013 5:2

 

 
 Por Lucy Kellaway
 
 
Una noche, la semana pasada estaba yo en la cocina preparándome una taza de té cuando mi hijo sacó la cabeza por la puerta. Casi no lo he visto desde que terminó las clases el verano pasado ya que se pasa los días trabajando en una tienda de sándwiches y las noches en un restaurante de comida rápida para llevar. ¿Cómo va eso?, le pregunté.
 

Bien, me contestó.
 

Tus empleos, pregunté, ¿te han enseñado algo interesante sobre el trabajo o la vida , o cualquier cosa? Sí, dijo. Me han enseñado que me gusta que me paguen.
 

Mi pregunta la había motivado un blog reciente del Harvard Business Review (HBR) argumentando que los empleos humildes le enseñan más a la gente joven sobre el trabajo que cualquier periodo como pasante sin paga en una compañía de producción de cine. El autor, quien es ahora profesor en una escuela de derecho, fue ayudante de mesero y lavaplatos, empleos que según él le enseñaron lecciones que han sido provechosas desde entonces.
 

Ahora comenzaba a ver el sentido de su argumento general. La primera lección que se había llevado mi hijo de su restaurante de comida para llevar había dado en el clavo: * Ser pagado es muy agradable. Es una lástima que la mayoría de nosotros nos acostumbremos tanto a que nos paguen que se nos olvida sentirnos satisfechos cuando llega el día de pago.
 

¿Y qué más le había enseñado? Dijo que lo pensaría y me lo diría más tarde: tenía que marcharse o llegaría tarde a su turno de la noche. Esto me llevó a la segunda revelación: * Si uno gana 7 libras la hora, 11.3 dólares, necesita trabajar más que un banquero de inversiones para ganar cualquier cantidad de dinero.
 

Y esto, a la vez, me llevó a la tercera: * Ganar el sueldo mínimo le hace a uno agradecer que vive en casa, donde hay una buena cama y un refrigerador (más o menos) lleno. Para los demás, es un juego por la supervivencia y él no entiende cómo se las arreglan.
 

Más tarde esa noche recibí un mensaje de texto suyo diciendo que el restaurante estaba tranquilo y que era buen momento para hablar. Así que fui y encontré al lugar prácticamente vacío excepto a mi hijo, que estaba matando el tiempo alrededor de la caja. Esto me llevó a la cuarta revelación: *
 

No hacer nada es pesado. Es lo peor que hay. Lo vuelve a uno tan letárgico que cuando las cosas se vuelven ocupadas uno casi no se puede mover.
 
¿No estás también aprendiendo a ser profesional?, le pregunté, manipulando al testigo descaradamente. Por supuesto, contestó. Y entonces vino la lección número cinco: * Hay que ser puntual. Y confiable. No se debe maldecir, o darles la espalda a los clientes, o contestarles mal.
 

Aun si uno está trasnochado hay que llegar al trabajo a tiempo, y hay que fingir que uno se siente bien.
 

Escucharle recitar esta lista me llevó a contribuir mi propia revelación: * Un restaurante de comida rápida es una excelente escuela de protocolo y buenos modales. Ha tenido éxito en áreas en las que 18 años de crianza liberal y siete años de educación privada enormemente cara han dejado poca impresión.
 

Pero aunque él ha aprendido a ser cortés con los clientes, no ha aprendido a que le guste. De hecho, lo que ha descubierto es que: * Lidiar con clientes puede ser pesado. Algunos son amables, pero hay muchos que ni siquiera lo miran a uno. Eventualmente, esto te llega a afectar.
 

Mi hijo miró ansiosamente su reloj y dijo que su jefe llegaría pronto. Pero me dijiste que te caía bien, protesté.
 

Se encogió de hombros. “Él está bien. Al principio salíamos a beber algo después del turno, pero él decide cuántas horas trabajo, y me echa la culpa por cosas como no haber pedido nuevas cartas de menú, cuando esa no es mi responsabilidad. Así que salir a beber con él se me hace raro.”
 

En otras palabras, él ha aprendido la invaluable lección número ocho: * Ser amigo del jefe no es una buena idea. Antes de dejarlo, le dije que sus lecciones no se parecían nada a las que había derivado el bloguero de HBR, cuya experiencia con empleos humildes le habían enseñado grandes verdades sobre la humanidad: que la mayoría de la gente quiere sentirse orgullosa de su trabajo, y que todo el mundo sueña con algo grande. ¿Qué pensaba él de esto?
 

Me señaló que era difícil sentirse orgulloso de su trabajo cuando al restaurante le iba mal y al jefe no le importaba.
 

Pero aún con buena gestión algunos individuos son protestones inútiles, lo cual lo llevó a la lección nueve: * Trabajar con llorones es una basura.
 

¿Entonces qué se debe hacer con ellos? le pregunté. Me miró como si yo fuera una idiota.
 

“Despedirlos,” dijo, olvidando momentáneamente la lección #5. ¿Y qué de sus sueños? “Ah, sí,” dijo. “Aquí todo el mundo tiene sueños.”
 

Con cierto miedo a su respuesta, le pregunté cuáles eran sus sueños. Para mi alivio, respondió: “Entrar a la universidad y conseguir un buen empleo especializado.”
 
 
 
 
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