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FINANCIAL TIMES: Las odiosas comparaciones cibernéticas

10 febrero 2014 4:13 Última actualización 02 septiembre 2013 5:45

[Las comparaciones cibernéticas son un peligroso goteo de veneno en la sangre / Bloomberg]  


 

 
 
 
Por Lucy Kellaway
 
                       
La semana pasada me visitó en el trabajo una lectora de Malasia que pasaba por Londres. Yo no siempre me porto bien con desconocidos pero esta persona despertó mi curiosidad. Llevaba tres años enviándome correos electrónicos sobre mis columnas – y sin embargo, todavía no ha cumplido los doce años.
 
 
Cuando esta niña – que resultó simpática y bien educada – se marchó, comencé a pensar en mis propios hijos (mucho mayores). De pronto me pareció que sus modales y curiosidad sobre el mundo dejaban mucho que desear – al igual que su apetito por leer el Financial Times (escrito no sólo en su lengua madre sino parcialmente por su propia madre).
 
 
Para prevenir asfixiarme pensando en vano sobre lo que había hecho mal, me distraje con Twitter, donde alguien quien sigo aunque me cae mal estaba tuiteando triunfalmente sobre la publicación de un nuevo libro. Amplié el tuit y vi una docena de respuestas que decían: “No puedo esperar a leerlo” y “¡Si es la mitad de bueno que el último!”.  Después de lo cual me fui sombríamente a Amazon para ver el rango de ventas del libro. Se me aflojó el nudo que se me había formado en el vientre: era de 24,358.
 
 
Entonces escaneé la página web del FT para ver cómo les iba a mis artículos. Su posición en la lista de los “más leídos” iba en descenso, así que busqué cuantos comentarios había atraído. Era algo mejor, pero no mucho. Sin notarlo me había escapado de las odiosas comparaciones en el mundo real al aún más odioso mundo de la comparación cibernética.
 
 
Comparar es parte de la naturaleza humana, pero – como todos sabemos – siempre termina mal porque siempre hay una exasperante persona a quien le va mucho mejor que a uno.
 
 
Pero hay una diferencia entre la comparación antigua y la comparación cibernética. De la primera es relativamente fácil recuperarse ya que nos golpea con menos frecuencia. Conocer a una muchacha encantadora de Malasia no pasa todos los días y me llenó de ansiedad muy brevemente; después de unos minutos me había recuperado totalmente. Las comparaciones cibernéticas son un peligroso goteo de veneno en la sangre. Nunca terminan y por lo tanto uno nunca tiene tiempo para recuperarse.
 
 
El mes pasado los científicos confirmaron lo que seguramente había calculado todo padre hace tiempo: Facebook te hace infeliz. Estar mirando las vidas aparentemente “cool” y lustrosas de otras personas sólo trae desdicha. Aun sin tener un científico a mi alcance, yo puedo decir lo mismo de Twitter, Linkedin, Klout y todas las otras clasificaciones en línea.
 
 
Hay comparación y desesperación por todas partes. No son sólo los adolescentes y los periodistas inseguros los que se torturan de esta manera. Recientemente me topé con una de las personas más valiosas que conozco, quien ha dedicado su vida a resolver los problemas más urgentes de la nación. Lo encontré mirando su iPhone fijamente y jactándose: 106 personas me han retuiteado! Y me aseguró que un tuit similar de otra figura bien conocida sólo había sido retuiteado 12 veces.
 
 
Al principio me pareció notable que este hombre de altos principios hubiera sucumbido a una práctica tan baja. Pero ahora he decidido que no es nada sorprendente. La mayoría de nosotros, los trabajadores del conocimiento, somos un manojo de egoísmo e inseguridad, hambrientos por saber cómo nos va. Hace una década había pocas formas de averiguarlo; ahora todos llevamos una herramienta en los bolsillos que nos permite hacer constantes comparaciones. ¿Cómo no nos vamos a convertir en adictos? La comparación cibernética produce un garantizado ataque de adrenalina, de placer o dolor, minuto a minuto.
 
 
El acto de comparar se ha convertido en algo tan grande que ahora amenaza abrumar el acto de crear. En otras épocas los autores tenían que esperar al estado de cuenta de las regalías para ver cuán buenas (o malas) eran las ventas de sus libros. Entonces llegó Amazon ofreciendo su angustiante clasificación de ventas en tiempo real. Ahora, Twitter ofrece algo más alarmante: ya no estamos comparando cosas que nos tomó años escribir, sino cosas que soltamos en cuestión de segundos.
 
 
¿Entonces, cómo dejamos el vicio? Los expertos dicen que primero tenemos dejar de monitorear cómo les va a los demás y hacer comparaciones sólo con nosotros mismos. Eso es más fácil decirlo que hacerlo – y, en todo caso, no es la respuesta. En esta era de Internet, aun las comparaciones con uno mismo son odiosas. Si al día siguiente la persona importante fuera a descubrir que sólo tuvo 104 retuits,  se sentiría muy mal.
 
 
Los expertos entonces nos recomiendan concentrarnos en nuestro propio crecimiento interior. Pero eso tampoco funciona, ya que parece que hasta esto se ha convertido en una fuente de comparación en línea.
 
 
Acabo de escribir un correo electrónico a mi amiga de 11 años, advirtiéndole que la iba a mencionar en una columna. Le dije que estaba escribiendo sobre como Facebook y otros sitios de red social nos hacen sentirnos mal.
 
 
A mí me prohíben Facebook,” me respondió.
 
 
Así que aquí está: una explicación parcial de como ella tiene tiempo para el FT, y una solución parcial a los problemas de la comparación cibernética.
 
 
 
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