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FINANCIAL TIMES: En Egipto, estabilidad, no elecciones

10 febrero 2014 5:1 Última actualización 20 agosto 2013 5:50

[Dos años y medio después de la caída de Mubarak, hay masacres en las calles de Egipto. / Reuters] 


 

 
Por Gideon Rachman
 
Si uno va a intervenir en un país extranjero, es útil saber lo que uno quiere que suceda. Pero en Egipto –y Siria también– la política occidental se ve azotada por numerosos instintos opuestos. Los EU y la UE son pro democracia pero anti islamistas; pro estabilidad pero anti represión; opuestos a los jihadistas y sus enemigos en el estado policiaco. No es de extrañar que el mundo árabe se muestre perplejo. Lo único que une a los militares egipcios y la Hermandad Musulmana es que ambos reclaman haber sido traicionados por EU. Si América y sus aliados europeos van a formular una respuesta coherente a la tragedia egipcia, necesitan clarificar sus objetivos urgentemente.
 
 
Hacer una lista de esos objetivos en ningún orden particular es relativamente fácil: acabar con la matanza, restaurar la estabilidad, luchar contra el terrorismo, promover la libertad política, mantener limpias nuestras consciencias, preservar las alianzas, estabilizar las economías, prevenir una guerra con Israel y detener nuevos conflictos regionales. En los embriagadores días de la Primavera Árabe era posible creer que una sola política –apoyar la propagación de la democracia– llenaba todas estas categorías. Las nuevas democracias iban a ser más prosperas, más pacíficas y más pro Occidente. Las raíces del terrorismo se iban a marchitar.
 
 

Pero esta nueva edad de oro nunca llegó a materializarse. En vez, dos años y medio después de la caída del Presidente Hosni Mubarak, tenemos masacres en las calles de Egipto, una guerra civil en Siria, la resurgencia de Al-Qaeda en Iraq, y un arco de inestabilidad que se extiende desde Túnez hasta el Golfo. Las economías se están desplomando, el conflicto se va extendiendo y las condiciones anárquicas que favorecen el crecimiento del terrorismo están floreciendo.
 
 

Enfrentando esta horrible realidad, los EU y la UE tienen que decidir cuáles de sus muchos objetivos contrapuestos deben priorizar. Adherirse a una política que coloca a la promoción de la democracia en el corazón de la política hacia Egipto puede ser tentador. Permite que la política se base en un principio consistente que se pudiera aplicar a través de la región. Se siente moralmente mejor. Y ofrece una visión optimista a largo plazo para el futuro del Medio Oriente.
 
 

El problema es que pedir una restauración de la democracia en Egipto es poco realista y, a corto plazo, peligroso. Es poco realista porque los militares están claramente involucrados en una lucha hasta el fin con los Hermanos Musulmanes. Simplemente no los van a dejar entrar de nuevo al sistema político en una forma significativa. Aun cortar la ayuda de EU a los militares no los forzaría a cambiar de actitud, ya que los sauditas están más que dispuestos a llenar ese vacío. Además, como ya han concluido muchos liberales egipcios, regresar al poder una Hermandad Musulmana sin reformas representaría una amenaza diferente a la democracia.
 
 

También resultaría peligroso insistir en nuevas elecciones en el presente. ¿Pueden imaginarse tales elecciones celebradas en una atmósfera de paz, con los perdedores tranquilamente de acuerdo en respetar los resultados?
 
 

Por el momento, la restauración de la estabilidad debe ser una prioridad mayor que el regreso a la urna electoral. La represión política y la negación de la libertad son horribles de contemplar. Pero la guerra civil es aún peor. Sólo hay que preguntárselo al sufrido pueblo de Siria, donde unas 100,000 personas han perecido y millones se han convertido en refugiados. Un periodo prolongado de caos violento en Egipto es también el escenario más peligroso para los intereses occidentales, ya que crearía el perfecto caldo de cultivo para el terrorismo. Con Siria, Libia y Yemen ya en flujo, lo último que se necesita es que Egipto –el mayor estado del mundo árabe– también caiga en una anarquía sangrienta. La mejor ruta para escapar de una guerra civil es un acuerdo político negociado. Pero con la Hermandad y el ejército en lucha encarnizada, esta opción prácticamente ha desaparecido. Si un acuerdo pacífico no puede detener la contienda civil, el único otro camino es que un lado gane –y en Egipto los militares tienen la sartén por el mango.
 
 

En vez de insistir que los militares regresen rápidamente a la democracia, los EU y la UE deberían adoptar una postura de reserva que enfatice la protección de los derechos humanos y la restauración de un gobierno honrado. Aun esos objetivos van a ser muy difíciles de lograr. Los militares egipcios han ignorado las peticiones de Washington de no usar fuerza indiscriminada en las calles de Cairo. Ahora la amenaza patente es que el gobierno recurrirá al manual tradicional de la autocracia árabe, desde Bashar al-Assad hasta Saddam Hussein, que incluye la tortura y las “desapariciones”. Pero todavía es posible –si el Occidente mantiene algún tipo de relación con los militares– que tales excesos se puedan evitar.
 
 

Si se puede eliminar el filo de la represión en Egipto, entonces el próximo paso sería colaborar con el gobierno para tratar de revivir la economía –y prevenir que el país caiga en una cleptocracia militarizada. Un gobierno honrado y el regreso al crecimiento podrían restaurar la legitimidad del sistema político. Si el orden y el crecimiento económico regresan, entonces existe la oportunidad que el tipo de instituciones de sociedad civil que son necesarias para que la democracia sobreviva y florezca –tribunales independientes, medios de comunicación libres, mejores escuelas– podría echar raíces en el país.
 
 
Cuando Egipto comience a regresar a la democracia, tendrá que manejar el proceso de mejor manera que desde el 2011. En particular, será vital crear una constitución que proteja los derechos de las minorías y las libertades civiles antes de celebrar elecciones. Se les tendrá que permitir más tiempo para organizarse a las fuerzas políticas que no sean la Hermandad Musulmana.
 
 

Todo esto podría convertirse en un largo proceso. Tomó 17 años para que Chile restaurara la democracia después del golpe de estado del General Augusto Pinochet en 1973. Con suerte, Egipto no tendrá que esperar tanto.
 
 
 
 
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