Archivo

Fernandito busca rehacer su vida

12 febrero 2014 4:18 Última actualización 24 mayo 2013 9:6

[La villa donde vive actualmente Fernandito. El Financiero]  "Para salvar al mundo" su madre le sacó los ojos; hoy, se trata de que asimile que no volverá a ver. 


 
Arcelia Maya
 
 
Eran las 7:40 de la mañana del jueves 24 de mayo de 2012 cuando José Antonio García Rivero, lleno de pavor, corría por la calle Graciano Sánchez de la colonia San Agustín Atlapulco, en Nezahualcóyotl, Estado de México.
 
"¡Ayúdenme, lo quieren matar!", decía desesperado. Los pocos vecinos que a esa hora circulaban por la calle llena de baches creían que estaba loco y lo esquivaban.
 
Tan fuertes fueron sus gritos que unos transeúntes detuvieron su paso. Algunos por curiosidad y otros con el afán de ayudar se le acercaron.
 
De un jalón, José Antonio se detuvo. Las piernas le temblaban. Tomó aliento, y agitado contó lo que pasaba en la casa del portón verde: su familia, de 11 personas, entre ellos tres niños, realizaban un ritual satánico para evitar "el fin del mundo".
 
El acto de fanatismo se les había salido de las manos, pues María del Carmen Ríos, tía de José Antonio, quería quitarle los ojos a su hijo Fernando (5 años) porque no cerró los párpados durante un rezo.
 
Los que escuchaban el relato se miraban desconcertados y sin perder el tiempo buscaron una patrulla. Metros adelante, vieron a unos policías despistados que patrullaban la zona.
 
Les hicieron señas levantando las manos y los uniformados acercaron su unidad. Los elementos llegaron junto a José Antonio hablando por radio: creían que era un delincuente de los que abundan en el lugar y que los vecinos lo habían detenido.
 
A los policías José Antonio les tuvo que repetir la historia del ritual satánico. Los uniformados le pidieron que subiera a la patrulla y se lo llevaron rumbo a la manzana 34, lote 5, de la calle Graciano Sánchez.
 
¡Hay que evitar un terremoto!
 
Cuando los policías empujaron la cerradura del portón verde José Antonio sólo escuchó un retumbo. Los elementos entraron al patio de la casa que estaba lleno de tendederos de ropa, un triciclo amarillo con las llantas hacia arriba, botes de agua y cacharros viejos.
 
Guiados por los gritos de un menor, los elementos forzaron la puerta amarilla de un pequeño cuarto de la planta baja. Ahí encontraron a dos mujeres quienes, sobre la mesa de la cocina, acababan de quitarle los ojos a un niño.
 
Minutos antes, Ruth Lizbeth Ríos García, tía del menor (22 años), alta y rolliza, había detenido las manos y la cabeza de Fernando, mientras María del Carmen Ríos García (28 años) mamá del niño, maniobró con una cuchara de metal para quitarle los globos oculares.
 
"Vamos a matarlo para sacarle el demonio. Hay que evitar un terremoto para salvar a este mundo terrenal", gritaba María del Carmen.
 
Los otros seis integrantes de la familia, abuelos, tíos y primos de José Antonio, decían palabras incoherentes y se dejaban caer al piso.
 
Debido a la gravedad de las heridas el niño fue trasladado en un helicóptero de la Secretaría de Seguridad Ciudadana al hospital pediátrico de Tacubaya, en el Distrito Federal.
 
Los ocho adultos, incluido José Antonio, fueron recluidos en el penal del Bordo de Xochiaca acusados del delito de intento de homicidio.
 
Fernando sabe que no volverá a ver
 
En el Albergue Villa Hogar, del Estado de México van a dar las 18 horas. Fernando, ahora de seis años, camina sin la ayuda de nadie y abre la puerta de la villa donde vive. Trae puesto su uniforme deportivo color azul marino y unos tenis color blanco.
 
A un año de los hechos, parece que ese trágico jueves, cuando le quitaron los ojos, no pasó en su vida.
 
Fernando deja pasar a los visitantes, cierra la puerta y despacio, deteniéndose de las paredes, camina rumbo a la sala. Toca la mesa y una silla que están a su paso. Baja rápidamente las pequeñas escaleras que dan a la sala y se detiene de un sillón color café. Se sienta y escucha la televisión.
 
Durante este tiempo Fernando ha desarrollado el sentido del olfato, el tacto y sobre todo el del oído. En la cabecera de su cama tiene un radio que diario sintoniza en un programa infantil.
 
Al menor también le gusta cantar. De repente mientras camina deja escapar de su garganta canciones de Cri-Cri, "el grillo cantor". Cuando alguien cumple años en el albergue Fernando es el primero en alistarse para entonar "Las Mañanitas". Lo hace fuerte y con emoción.
 
Para el desarrollo de Fernando han colaborado arduamente psiquiatras, psicólogos, médicos, enfermeras, nutriólogos y trabajadoras sociales, quienes buscan que el niño asimile que no volverá a ver y que eso no impedirá sus sueños.
 
El reto de los especialistas es lograr que Fernando cada día se vuelva más independiente por eso lo impulsan a jugar, correr, brincar y cantar.
 
Para el niño las enfermeras son más que su familia. Ellas, quienes lo cuidan por turnos, lo ayudan a vestirse, lo orientan si quiere ir algún lugar, le dan sus medicamentos, le leen cuentos por las noches, le enseñan canciones, sintonizan su estación de radio preferida y le ponen la película de Nemo las veces que él quiera.
 
"(El niño) no tiene pesadillas por las noches ni padece depresión. No llora ni pide a su mamá", platica Guillermo Calderón León, director de Servicios Jurídicos Asistenciales del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia del Estado de México (DIFEM).
 
Fernando termina de oír su película porque tiene que ir a dormir. Despide a las visitas extendiéndoles la mano. Un invitado le toca la cabeza y revuelve sus cabellos. En seguida el niño cierra la puerta.
 
La última vez que Fernando vio a su familia reunida fue la mañana del "rito satánico". Ese día todavía alcanzó a ver a su primo José Antonio salir de aquel cuarto arrastrando las chanclas y azotando el portón verde.
 
Después, todo se le nubló. Al principio creía tener tapados los ojos con un pañuelo, como cuando se rompe una piñata, pero tiempo después los médicos le dieron el aviso: no volvería a ver.


Cierto, el niño vive ahora en un ambiente agradable, con atenciones y personas que lo estiman, sin embargo, su futuro es una incógnita.
 
A decir de los expertos, cuando la madre, que es la persona que debe dar seguridad y amor, agrede y lastima "existe un mensaje contradictorio y la salud mental se vuelve vulnerable".
 
 
Información proporcionada por El Financiero Diario