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ESPECIAL: ¿En dónde están las mujeres mexicanas? III

12 febrero 2014 5:20 Última actualización 09 marzo 2013 9:19

 [María Sonia Lomelí Rodríguez. Foto: Braulio Tenorio]  INFORME ESPECIAL: Día Internacional de la Mujer. 


 
Rosalía Servín Magaña
 
Dicen que para la mujer “no hay imposibles” y esto parece no ser una simple declaración. Ya sea por necesidad, gusto o deseos de superación, el llamado sexo débil ha dejado de serlo desde hace ya algunos años, para convertirse en protagonista de un sinfín de historias que, para muchos, eran impensables. Aquí algunas historias…
 
 PILOTO

Desde muy niña a Genoveva Leipold de la Lanza, le encantaban los aviones, aún recuerda el día en el que, a la edad de 6 años, su mamá le mandó a hacer un uniforme de sobrecargo y la envió en un vuelo sola de Guadalajara (su ciudad natal) hacia los Estados Unidos, a visitar a sus abuelos…
 
“Cuando la tripulación me vio, el capitán me metió a la cabina y me puso en su regazo, lo tengo tan grabado en la mente, que fue a partir de ahí que se me hizo una fijación el volar”, asegura.
 
Fue en los años 80 cuando intentó entrar a la escuela de pilotos, pero le dijeron que no aceptaban mujeres, lo cual le resultó realmente desalentador. Incluso comenta que un tío le decía que fuera sobrecargo, algo a lo que ella sólo respondió: “si voy a estar en un avión estoy adelante, no atrás”.
 
Así que terminó estudiando la carrera de medicina, la cual no sólo acabó sino que ejerció en algunos momentos. Por cosas del destino, Genoveva entró a trabajar a Tráfico Aéreo en el Aeropuerto, y al mes de estar ahí, vio a una piloto que era mujer.
 
“Fue cuando dije sí se puede y me volví a empeñar en mi idea de ser piloto. Busqué la forma de estudiar y pagar mis estudios, trabajé dando algunas consultas, pero también como maestra de danza regional, natación, inglés, todo para conseguir mi sueño”, argumenta.
 
En el camino, se topó con 2 ó 3 personas que no estaban de acuerdo en que una mujer estuviera de piloto, pero ella no desistió.
 
Sin duda como mujer cuesta más trabajo, enfatiza, aún cuando es la misma habilidad la que podemos tener hombres y mujeres, pero en ese momento (los ochentas), eran pocas las mujeres, de hecho en mi generación yo era la única.
 
Ahora ya trabajando, reconoce que también recibe comentarios hasta de los propios pasajeros, pero siente que en ellos es más factor sorpresa de ver a una mujer piloto y no tanto por cuestión de machismo.
 
“Llevo 14 años volando y es el mejor trabajo del mundo”, abunda la primer oficial, al explicar que primero voló una avioneta de dos plazas, después otra de 5, más adelante una aeronave de 50 plazas y así, hasta llegar ahora a un jet 737. Y lo más probable es que a fines de este año o principios del otro, comience a pilotear vuelos más grandes.
 
Para la piloto Genoveva Leipold, las mujeres pueden hacer todo lo que se propongan “el cielo es el límite”, pues siempre habrá alguien que –para bien o para mal-- dirá que no y pondrá obstáculos. Pero la clave desde su punto de vista, está en tener la convicción de lo que se quiere y no darse por vencida.
 
“Ahora estoy a dos meses de cumplir 10,000 horas de vuelo y la experiencia ha sido increíble. Soy afortunada de haber tenido la fuerza de dar un giro de 180 grados a mi vida, ¡valiéndome lo que opinaran los demás, conseguí lo que quería! Y ahora porto mi uniforme con mucho orgullo”, concluye.
 
 BOMBERA
 
Son las 9:30 de la mañana y María Sonia Lomelí Rodríguez regresa ya de un servicio de emergencia a cargo de la bomba 0051, de la cual hoy le tocó ser la encargada. “Fuimos a un choque de motocicleta con incendio”, dice tranquilamente al recordar que hace 6 años que comenzó en esta profesión, un hecho como tal le hubiera causado una mayor impresión, pero ha tenido que aprender a no sugestionarse, “porque si eso te atrapa, no haces bien tu trabajo”.
 
Ella es una de las pocas mujeres bombero de la Ciudad de México, trabaja en la Base Central ubicada en Fray Servando, donde canalizan todos los incidentes que requieren de este servicio.
 
“Hoy me tocó ser la encargada de la unidad 0051, recibir toda la herramienta (palas, picos, marros, hacha, cuerda, pitón, etcétera), y checar que baje la línea con todo lo necesario en caso de siniestro, como fue el caso de esta mañana”, comenta.
 
Pero no siempre realiza las mismas actividades, pues según explica, a veces le toca estar en el tanque, en la unidad de rescate que sale para los choques o en las camionetas que van a fugas de gas, panales de abejas, cables caídos, rescate de animales e incluso de pitonero (el que va adelante con la línea para atajar el fuego).
 
“Nunca me visualicé en esto, fue por azares del destino que llegué hasta aquí y claro, también por la necesidad económica”, afirma María Sonia, quien aún recuerda lo difícil que fue para sus 2 hijas el saber que su mamá ya no estaría 100% en casa. Otro de los recuerdos que tiene muy presente, son las trabas que algunos compañeros le pusieron cuando empezó a “concurrir”, por el simple hecho de ser mujer.
 
“La verdad trabajar entre hombres, sí es pesado, más aún en un trabajo que es considerado para ellos, pues a uno de mujer no la reciben al 100 por ciento y daba más miedo la convivencia que el propio siniestro. Aunque debo reconocer que hay de todo y también hubo quienes me apoyaron mucho”, indica.
 
Ella nunca se compara con sus compañeros, ya que sabe que la fuerza física nunca será la misma, pero no por ello se siente menos o incapaz de realizar bien su trabajo.
“Aunque nos digan el sexo débil, si uno se propone las cosas, se pueden vencer los obstáculos, todo es cuestión de no dejarse minimizar, ni pisotearte, el reto está en uno mismo”, asegura Lomelí.


 BOLERA
 
Angélica Suárez es secretaria ejecutiva de profesión, pero desde hace ya 12 años que decidió quitarse las zapatillas de los pies para ponérselas en las manos y así, sacarles brillo…
La necesidad me llevó a dedicarme a la boleada, cuenta Suárez, quien recuerda lo difícil que fue cuando tuvo que salirse de trabajar debido a que no había quién le cuidara a su hija.
 
Fue entonces que su esposo, quien aunque era chofer, le sabía a “esto de la lustrada” y le enseñó el oficio, el cual admite ha ido perfeccionando con el tiempo.
 
Apostada casi en una esquina de la colonia Roma, doña Angélica acude de lunes a viernes hasta este lugar con su carrito de boleo, para lustrar “varios” pares de calzados.
 
Desde que empecé en esto lo hice con mi silla, el ambulantaje es el que anda con su cajoncito para todos lados, pero éste es un trabajo fijo, por esto tengo aquí tantos años y de aquí no me muevo, abunda.
 
Para ella el ser bolero es un trabajo muy bonito y entusiasta y quizá por eso ha logrado salir adelante y hasta llevarse bien con sus clientes, que en su mayoría son hombres.
 
“Yo creo que lo he hecho bien, como debe de ser, porque la aceptación que he tenido es buena”.
 
Mientras espera que llegue el próximo cliente, Angélica saca “los encargos” y es cuando se toma un tiempo para continuar su charla…
 
“Con la boleada encontré la forma de combinar mi trabajo de mamá”, indica. Y aunque actualmente su hija ya tiene 24 años, ella sigue trabajando para buscar una mejor calidad de vida no sólo para su familia sino para ella misma, pues afirma que su labor la llena y la hacer sentirse bien.
 
Yo lo que les digo a las mujeres es que no se sientan mal por realizar tal o cual labor ¡la que sea! Que al contrario, que  le echen ganas, pues de alguna forma tenemos que salir adelante y apoyar a nuestras familias, que por eso trabajamos realmente, concluye.


 
Información proporcionada por El Financiero Diario.