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Es mejor ser adicto que ignorante

01 febrero 2014 10:12 Última actualización 25 noviembre 2013 5:6

 [ Reuters ] 


 
 
 
Por Lucy Kellaway
 
 
 
¿Quién sería peor director de una compañía: el candidato que se rasca la cabeza o aquel que tiene la cabeza hueca?
 
He estado considerando la cuestión de ignorante-contra-cocainómano desde que el exdirector de Co-op Bank fue a) filmado aparentemente entregando 300 libras (484.48 dólares) por cocaína y metanfetamina y b) le dijo a un comité selecto de la Tesorería que el banco tenía 3 mil millones de libras (4 mil 845 millones de dólares) en activos cuando en realidad tenía 47 mil millones de libras (75 mil 901 millones de dólares).
 
 
No estoy diciendo que Paul Flowers es un cocainómano o un ignorante, ya que no sé lo suficiente sobre él para juzgarlo. En vez, estoy cuestionando algo más amplio: ¿Si uno fuera accionista de cualquier compañía, qué tipo de persona nos chocaría más hallar en una posición de poder?
 
 
Uno podría protestar que ser cocainómano va de la mano con ser ignorante; aunque es difícil saber cuál lleva a cuál. Si uno está en drogas, eso podría nublar el entendimiento de los hechos. (Aunque la coca tiende a crear un optimismo desenfrenado y sería más probable sobreestimar los activos por 10, en vez de al revés.) Por otra parte, si el conocimiento de los hechos está nublado para empezar, eso podría impulsar a uno a abusar la coca como forma de lidiar con la baja autoestima y el terrible miedo a ser descubierto.
 
 
Pero, si asumimos que son dos tipos distintos, la respuesta obvia es que el cocainómano es más letal. Para empezar, la coca es ilegal, y que el director sea arrestado, como le sucedió a Flowers la semana pasada, no le hace ningún bien a la reputación de una empresa. Aún más, una adicción a la coca puede hacer que una persona sea irritable e impredecible, distorsionar su juicio, conducir a psicosis paranoica y también no hacer nada por el interior de su nariz.
 
 
Nada de eso es deseable. Pero es todavía mejor que ser regido por un ignorante. Quien sea ignorante de la realidad básica de un negocio sólo puede hacerle daño a una empresa.
 
 
Es verdad que la ignorancia a la escala de la de Flowers es excepcional (la estructura de Co-op es tan idiosincrática que se consideraba una virtud tener personas en la reunión que no sabían nada sobre el negocio bancario). Sin embargo, mi fuerte sospecha es que hay mucha ignorancia en la mayoría de las reuniones, aunque no a un nivel tan alarmante como el del Co-op, lo cual sigue siendo preocupante.
 
 
Si pienso en algunos de los directores que he conocido, muchos tienen grandes y vergonzosas lagunas en su conocimiento. Éstas surgen tal vez porque sus mercados han cambiado y ellos no están al día con los cambios, o porque saltan de una industria a otra, y después de un rato en una industria nueva es demasiado vergonzoso preguntar: ¿Alguien puede explicarme exactamente cómo ganamos dinero? Hay que añadirle a eso el hecho de que los negocios cada día se vuelven más complicados, y estar al día se vuelve cada vez más difícil.
 
 
¿Si la ignorancia es tan común, cómo es que casi nunca se oye hablar de ella? Los políticos de vez en cuando dejan ver al ignorante que llevan adentro. Por ejemplo, a Sarah Palin la agarraron confundiendo a Irán e Iraq. Pero aquellos que suben a la cima en los negocios tienen la preocupante habilidad de mantener escondida la suya.
 
 
Esto se debe a tres razones. Primero, saben delegar. ¿Uno no sabe cuán grande es el activo? No importa, el director de finanzas puede dar la respuesta.
 
 
Segundo, la jerga y la palabrería vienen al rescate: “Ésta es una cuestión actualmente fuera de mi mirilla, pero revertiré hacia adelante cuando tenga más claridad sobre el tema” suena más impresionante que “ni idea.”
 
 
Tercero, cuando uno es verdaderamente importante, nadie te puede cuestionar. Si un periodista cansón hace una pregunta difícil, entonces es bien simple: uno contesta una pregunta diferente.
 
 
En realidad, la única vez que los directores se ven en un aprieto es cuando los arrastran en frente de un regulador o un comité selecto, donde no hay director de finanzas para responder a las preguntas, y donde la fanfarronada no funciona. Pero aun en estos casos, hay tiempo para prepararse. Cuando me llamaron a la Autoridad de Servicios Financieros (como parte rutinaria de ser un no-ejecutivo) pasé varias semanas antes preparándome furiosamente.
 
 
Lo que se necesita es un nuevo sistema de feroces pruebas de conocimiento implementadas al azar para todos los directores, igual que las pruebas de drogas para los deportistas. Los directores serían acechados en momentos impredecibles y obligados a contestar preguntas básicas sobre su compañía, su funcionamiento, sus riesgos, y el mercado en general. Esto descubriría a los ignorantes más letales y enfocaría las mentes de los directores, todo el tiempo.
 
 
Al igual que Andy Murray recientemente casi no llega a tiempo al Palacio Buckingham para recibir su OBE (premio de la Orden del Imperio Británico) porque los examinadores de drogas se habían presentado a su puerta reclamando un espécimen de orina, así debía ser para los directores de empresas. Sin excusas. Sin palabrería. El que no sepa la respuesta, ¡a la calle!