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En Zoquiapan, jaranas y violines en lugar de juguetes

07 febrero 2014 5:55 Última actualización 19 julio 2013 5:57

 [Alfredo Peñuelas / El Financiero]


 
 
Alfredo Peñuelas Rivas
 
 
En realidad íbamos buscando plantas medicinales y encontramos música. María Rivas Guevara y este cronista llegamos a la presidencia municipal de Zoquiapan y preguntamos por el presidente o algún regidor. La investigación de la doctora Rivas, a quien yo acompañaba en su viaje por la Sierra Norte de Puebla, incluía encontrar las formas tradicionales de sanación basadas en el conocimiento de la región.
 
 

Esperen aquí, el presidente no tarda en llegar, lo que en el lenguaje de los pueblos de México podrían significar varias horas. “Es que estamos en campaña”, dijo alguien con la suficiente autoridad para cargar una pistola y señalarnos un lugar de espera. Yo, como no sé ni de pistolas ni de órdenes me impacienté rápido y comencé a buscar historias a través de la cámara, historias que tampoco llegaron, al menos no por ese medio.
 
 
En el ambiente comenzó a flotar el tierno aroma de la música recién salida del horno.
 
 

[Alfredo Peñuelas]
 
 
 
Bajé las escaleras persiguiendo la música. Al atravesar la calle un rumor de risas tiernas se mezclaba con los violines y las jaranas. La vista del Totonacapan se volvió un escenario donde todo era posible: sabores, colores, grutas insólitas en medio de la nada, cascadas luminosas, mujeres que vuelan ataviadas de vida y mercados de gente blanca y sonriente matizados por el aroma del café por todas partes; por ello la música llegó como un regalo que no resultó tan sorpresivo como sus intérpretes: un grupo de niños de entre 9 y 11 años de edad jugando a ser músicos con instrumentos reales.
 
 
Los niños al mirarme con la cámara dejaron de tocar y se pusieron serios como si hubieran hecho una travesura. "Sigan tocando", les pedí y rieron, volvieron a ser niños dejando atrás la postura de duendes musicales. Una pequeña tomó el violín con seriedad, "Anda tú, Ramiro, hazme segunda con el cuatro”, y se arrancó a tocar 'El Querreque'.
 
 
La música empezó a brotar de manera natural, el juego se hizo presente en el diálogo entre instrumentos, la respuesta de la jarana al reclamo del violín seguido por las voces de niños donde frases como, “Del güisqui y el aguardiente ¿cuál es el mejor licor?” sonarían fuera de lugar pero por la seriedad de Lucero (así se llamaba la pequeña), hacía que la respuesta de Jesús fuera tan natural como sólo puede un niño de 11 años al responder “Yo digo que el aguardiente porque es emborrachador. Emborracha al presidente también al gobernador, ¡querreque!” Los pequeños se tomaban con seriedad su papel de músicos serranos hasta que el maestro los llamó para la clase y yo, por supuesto, los seguí.
 
 
Un Aleph que conjunta plantas, cascadas y montañas
 
 
  

[Alfredo Peñuelas]
  
 
El salón era una caja mágica donde se resumían los colores de la sierra del Totonacapan, una especie de Aleph que conjuntaba plantas, aves, cascadas y montañas. Los vestidos del baile de quetzales colgados de las paredes se combinaban con tocados de plumas multicolores y trajes típicos pintados a mano. Los niños tomaban sus lugares y se ataviaban con penachos y muñequeras como si fueran parte de una tradición propia.
  

En sus manos sostenían los instrumentos musicales como el más preciado de sus tesoros.
 

“La música y la danza son un hecho cultural. Expresan creatividad, arte y formas de expresión cultural que identifican las condiciones sociales, económicas e históricas de distintos grupos humanos”, comentaba Rivas Guevara, quien me había seguido, probablemente motivada por el mismo ambiente festivo que se había alojado sobre este pequeño poblado de apenas 2,631 habitantes.
 
 
En Zoquiapan la música importa, la usan para celebrar a San Francisco de Asís el 4 de octubre pero también para las celebraciones de muertos. Los niños se sienten más identificados con sus tradiciones, la música es para ellos un juego. “Yo quiero ser abogada”, dijo Daniela, quien sonrió sin soltar el violín y, acto seguido, tomó nota de lo que decía su maestro, como quien sabe que es importante para el complemento de su educación.
 
 
Las tradiciones, una cuestión cultural
 
 
Zoquiapan posee una población eminentemente náhuatl.
 
 
Aún es común encontrar gente con sus vestimentas de calzón de manta, camisas de manta, huaraches de gallo para los hombres y algunas mujeres que ocupan el traje típico, el cuelpach, camisa de labor y huipil.
 

La educación de los jóvenes de la región va desde el preescolar hasta el bachillerato, sin embargo la palabra 'cultura' ha estado presente en el imaginario de sus autoridades como una forma de preservar sus tradiciones.
 

A decir del presidente municipal, Esteban Pérez, “la cultura es base fundamental del municipio. Con la administración actual se promueve la recuperación y conservación de la lengua materna (89% de la comunidad habla náhualt) y de actividades y conocimientos tradicionales como la música, las artesanías, danzas y tradiciones regionales…”
 

En regiones como la Sierra Norte poblana se promueve la enseñanza bilingüe en las comunidades, pero en Zoquiapán el presidente municipal ha incluido en su plan de trabajo la contratación del maestro artesano indígena Pedro Hernández Damián, originario de Jonotla, para que les enseñe la elaboración de artesanías con la corteza del árbol del jonote para hacer huacales, canastos, lámpara, etcétera, y con semillas para fabricar collares, aretes y pulseras.
 
 
En el caso de los niños huapangueros, se solicitaron los servicios del joven maestro Carmelo Bonilla Alejandro, natural de Xochitlán de Vicente Suárez, para que se instruya a los menores a tocar diferentes instrumentos musicales bajo la tradición de la música de la Sierra que es el huapango.
 
 
A mí también me enseñaron mis padres y quiero compartir un poco de lo que sé, dijo Carmelo detrás de su sonrisa fácil como quien habla desde esa mezcla de seguridad y sencillez que le dan sus 19 años de edad. “Muchachos, vamos a cantar otro son”.
 
 
Instrumentos como juguetes, como tesoros
 

Los niños abrazan las guitarras y jaranas como si fuera la muñeca favorita, el carro de carreras o la bicicleta aquella que todos hemos añorado en la infancia. La clase de solfeo ha terminado y tocarán un nuevo son. “A mí me gusta la música porque se la escuchaba a mi papá”, dijo el pequeño Emanuel, quien toma una quinta jaranera casi de su mismo tamaño.
 

“La forma más común de transmisión de conocimientos tradicionales es la oral y de manera generacional, de padres a hijos o de mayores a menores. Las tradiciones, cualquiera que sean, se ‘maman’ desde niños en el seno de una familia o de una comunidad”, apunta, en tanto, Rivas Guevara.
 

¿De dónde salieron estos instrumentos?: dos violines muy bien cuidados, a los cuales la humedad de la Sierra no les hace mella (Zoquiapan signfica: lugar donde llueve mucho sobre el agua lodosa'); dos jaranas, dos guitarras y una quinta huapanguera.
 

No sé. Lo que salta a la vista es el cuidado con que los toman, el respeto que les tienen.
 
 
Otro juguete surgido de la tradición son los vestuarios. “Son de plumas de faisán y los vestidos son pintados a mano”, comenta Crisóforo Alvarado Hernández, regidor de Turismo de Zoquiapan, quien agrega que son elaborados por la gente de la comunidad.
 
 
Mientras cantan, Isam y Jesús se visten de quetzales, a ellos también les gusta volar pero, a diferencia de los voladores de Cuetzalan lo hacen con la música.
 
 
El huapango vuela por la Sierra, viene de las tonadas de cómo se comunicaba la gente de cerro a cerro. Un querreque que vuela para dar su mensaje a donde se le quiera escuchar.
 
“¿Por qué quetzales?”, pregunto a Crisóforo, “Porque en la región había quetzales, aún hay algunos”. Eso quiere decir Cuetzalan: lugar de quetzales. Estos quetzales bailan y cantan desde la luz de sus plumas tiernas, rasgan las cuerdas y sus voces hablan de tradición y amor a la tierra lodosa.
 
“Yo si quiero ser músico”, dice el pequeño Emanuel, se coloca la quinta jaranera como si fuera una espada y se arranca diciendo: “ay que bonito este son, para bailarlo contigo, para bailarlo contigo ay que bonito este son”.
 
"Querreque", le respondemos todos.