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El sabor y color del Mercado de Cuetzalan

10 febrero 2014 5:1 Última actualización 26 julio 2013 6:45

[Alfredo Peñuelas]


Alfredo Peñuelas Rivas
 
 

Se levanta temprano, antes que todos, antes que el sol incluso. A pesar de ello se ha vestido de gala, su blanco vestido contrasta con los colores que brotan en cada palmo de su piel, colores que despiertan los sentidos y se vuelven aromas y sabores varios.
 
 
Por sus venas corren voces igual de multicolores: náhuatl, totonaco, español incluso, tal vez un poco de francés, inglés o algún despistado que tiene la curiosidad por conocerlo. Su perfume es el café, porque en Cuetzalan nada funciona sin café.
 
Miles de manos, miles de ojos, miles de pies conforman su cuerpo, aparecen por las callejuelas cargando bultos, arrastrando carretillas, conformando su esencia, su estructura, su alma. Es un ser vivo y antiguo, de tradición milenaria, tianquiztli lo llamaban los antiguos y así es como todavía se le conoce entre los mexicanos de hoy y en casi cada rincón de nuestro país.
 
Una tradición antigua
 
La tradición de los mercados en el mundo es casi tan antigua como la historia de las culturas. En México existen desde la época precolombina, afirma María Rivas, investigadora del Centro de Investigación en Etnobiología y Biodiversidad (CIETBIO) de la Universidad Autónoma Chapingo (UACH).
 
 
“Es un tianguis tradicional de día domingo. Se coloca en la plaza principal del pueblo y calles adyacentes. Venden por igual los productos hombres y mujeres. Se ofrecen productos vegetales característicos de clima tropical. Se venden productos de recolección y cultivados, productos manufacturados (huipiles, rebozos, blusas, y artesanías nahuas y totonacas variadas), vainilla, café, cocoyoles, tequelites, flores (orquídeas), collares y pulseras de semillas nativas.
 
 

Es un tianguis que ofrece productos para los habitantes de la región y para el turismo nacional y extranjero”. Después del café sigue el atole o algún bocadillo para aguantar la jornada. Los puestos con diversos productos van adquiriendo forma. Llama la atención la manera en la que se colocan.
 
 

En la plaza principal los productores locales ofrecen lo que obtienen de sus propias huertas: jitomates de riñón, calabazas melonas, quelites multicolores, aguacates minúsculos en todo menos en sabor y, por supuesto, café, vainilla, canela, pimienta y demás especias que son el sello distintivo de la Sierra Norte de Puebla.
 
 
También están los animales, la calle frente al atrio del templo de San Francisco de Asís se llena de cantos de guajolotes, gallos y gallinas mientras que a su lado está la sección de los cerdos que, de tan frescos, sólo les falta andar. Los productos se reparten en medidas que no nos son comunes a quienes todo lo medimos, a los citadinos que regimos todo por órdenes cuadrados que buscan acotar la desconfianza.
 
 
“En los tianguis durante la transacción frecuentemente ‘se regatea’ el precio. La compra puede ser por kilo, montón, sardina o latita, cuartillo, manojo, docena, quintal, costal”, dice María Rivas.
 
“Los pobladores de estas comunidades utilizan recursos naturales de su entorno durante las diferentes estaciones del año (hojas, flores, frutos, semillas, raíces y animales, etcétera) cultivados y silvestres para satisfacer sus necesidades alimenticias y para establecer relaciones de intercambio.
 
 
Los habitantes de esta región tienen conocimiento ancestral sobre el uso de las plantas de su comunidad.”
 
Al lado de lo “cotidiano” para ellos, lo exótico para nosotros, está lo otro cotidiano: la forma de curar. Puestos con plantas medicinales o plantas de temporada, cosas que solamente acá en la Sierra se pueden hallar. Hay quienes viajan desde muy lejos para buscar estos productos.
 
 

Es precisamente ese conocimiento ancestral lo que hace de los mercados una especie de artilugio exótico e intangible, algo mágico que se vive pero no se posee.
 
 
Los siguientes círculos del mercado dominical resultarían mucho más habituales para los citadinos. Un primer círculo conformado por artículos básicos y ordinarios propios de cualquier otro mercado: frutas y legumbres de las 'normales', cebollas, papas, jitomates, frutas de las que uno encontraría en cualquier supermercado como lo son papayas y mangos y artículos propios del trabajo del campo, tales como machetes, alforjas y hasta sillas de montar.
 

En otro círculo se encontrarían artículos propios de un tianguis de la ciudad de México pero que en Cuetzalan estorban a la vista. Mochilas con personajes de caricaturas, ropa de moda, artículos electrónicos chinos y accesorios para celulares se mezclan con los guajolotes y los quelites.
 

Tal vez la irrupción de la llamada telefonía inteligente y las redes sociales ha acercado mucho más a los pobladores de la Sierra a otras realidades allende sus montañas.
 
 
Gente blanca y de colores
 
 

[Alfredo Peñuelas]
 
 
 
Por todos lados aparece la gente blanca. Los nativos de la Sierra parecieran estar uniformados, ellas con blusas blancas y bordados multicolores y faldas del mismo color.
 
 

Ellos en calzón, camisa de manta, sombrero y huaraches. Parecieran ser todos iguales pero no es así, si uno se fija bien los bordados son distintos tanto en colores como en formas, incluso el tramado de las faldas.
 
“Los colores indican su origen”, dice doña Mercedes, mientras borda una hermosa blusa blanca con adornos que semejan aves moradas. Ella tiene el único puesto de todos los que hay en el mercado que vende ropa que podría ser considerada original, “los demás venden para turistas”.
 
 

En su investigación sobre los saberes tradicionales la doctora Rivas apunta: “La gente o miembros de la comunidad visten más bien de gala el día de tianguis. Se atavían con sus huipiles o trajes tradicionales, el mejor que tienen, y lucen armoniosos, limpios, orgullosos, aunque no puedan comprar o vender mucho.
 
 
En Cuetzalan visten de blanco el día de tianguis porque su traje es principalmente blanco con bordados zoomorfos multicolores en la parte superior de las blusas o huipiles de las mujeres y totalmente blanco en calzón y camisa de manta para la mayoría de los hombres nahuas y totonacos que viven en Cuetzalan.
 
 

A simple vista todos los trajes en las mujeres son iguales aunque observándolos detenidamente tienen detalles que indican a qué comunidad pertenecen.” Se les mira alegres, no hay distinción entre quienes compran o venden, incluso se pueden observar parejas en riguroso blanco. Llama mi atención que la tradición termina por adaptarse a la moda, ya que no es raro encontrarse a madre e hija de compras ataviadas de manera similar, que no igual. La madre viste de manera tradicional y la hija una versión “moderna” del vestido de domingo.
 

“Una razón importante para vestir de gala o ponerse lo mejor es que, siendo estos pueblos mayoritariamente católicos, el domingo es el día en que acuden a la iglesia”.
¿Orgánico o tradicional?
 
Don Agapito es de los que llega más temprano, su lugar está dentro de la plaza principal en una de las orillas, ahí mismo vende sus productos que ya tiene organizados en paquetes o medidas de latas aunque, para algunas cosas, se vale de una vieja balanza. Chiltepín, vainilla, miel, canela, pimienta y, por supuesto, café. Todo, absolutamente todo es cultivado por él mismo.
 
 
“El café lo siembro, lo cosecho, lo beneficio y lo tuesto yo mismo en un tostador de leña”, dice con mucho orgullo. “¿Cuánto es un quintal?, don Agapito”, le pregunto como quien ignora todo en medidas tradicionales, “Eso depende”, responde, “¿En qué lo quieres? ¿En cereza, en pergamino, en oro o tostado?”
 
 

Al observar mi mudez don Agapito continúa. “En cereza, 250 kg, pergamino 52 kg, oro (es decir limpio) 47 kg y tostado 36.80 kg”, dice como quien sabe que ha cumplido el cometido de asombrar. Otro de sus impresionantes productos consiste en una miel amarga de color oscuro.
 
 
“Es medicinal, la producen unas avispas y hacen poquita, por eso es tan cara”: 250 pesos el litro contrastando con los 80 que cuesta la miel de abeja normal. Pese a ello, en los mercados indígenas los precios son mucho más bajos que en los de la ciudad o que en las tiendas.
 
Don Agapito conoce bien de lo que habla y lo dice con orgullo, originario de Santiago Ecatlán, una pequeña comunidad de la Sierra de apenas 757 habitantes, no sólo produce lo que cosecha sino que se da el lujo de procesar algunas cosas, como una sala elaborada con bambú que podría encontrar cabida en cualquier espacio de la colonia Roma o Condesa, “bajé el modelo de Internet”, vuelve a decir con orgullo.
 
 
Cuando uno visita este tipo de mercados piensa en las nuevas opciones sustentables que se han puesto tan de moda. ¿En verdad son estos una opción para el mundo moderno?
 
 
“En México y en el planeta, es importante considerar la diversidad cultural y ambiental en el diseño e implementación de políticas, programas que promuevan el desarrollo autónomo de las sociedades rurales”, apunta Rivas Guevara.
 
 

“Los recursos vegetales, en particular las plantas alimenticias, están subutilizados, aproximadamente sólo 3,000 especies son utilizadas como alimento de las 200,000 species vegetales con flores”.
 
Dice el antropólogo Bronisław Malinowski que en los tianguis se realizan transacciones a pequeña escala' debido a que se no se dan ventas directas con los acaparadores.
 
 
Por el contrario es un lugar donde se dan cita todos los personajes de una comunidad: compradores, vendedores, autoridades, intermediarios, los curiosos, donde nos encontramos los otros, los que no somos blancos ni de colores, un puñado de seres grises divididos en turistas nacionales y extranjeros, universitarios, investigadores y reporteros que nos llevamos en el alma un pedazo de este mercado, sus aromas muy dentro de los huesos, sus colores confundidos con nuestras lágrimas de despedida.