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El haikú surge del silencio: Alberto Blanco

07 febrero 2014 3:43 Última actualización 06 septiembre 2013 5:2

 [En su más reciente libro, el poeta aglutina su serie de haikús y tankas / Bloomberg]


 
Viridiana Villegas Hernández
 
El haikú habita en un breve espacio en el que no hay tiempo para construir un relato; en manos de quien lo escribe, apenas es posible transformarlo en una imagen fugaz que se pierde en la oscuridad del silencio durante una noche en altamar. Inasible por naturaleza, esta forma poética ha sido explorada siempre en su formato tradicional por Alberto Blanco (Ciudad de México, 1951), quien cierra un ciclo creativo con Todo este silencio, decimoquinto tomo de la colección La Furia del Pez, publicado por Ediciones del Ermitaño y el Centro Cultural El Juglar.
 
 
Hace 15 años, Alberto Blanco publicó Este silencio (Editorial Verdehalago, 1998) con ilustraciones de Xavier Sagarra; fue la primera vez que el poeta abordó el haikú y la tanka en un libro que dividió en cuatro partes siguiendo el curso de las estaciones y las direcciones cardinales, temas coherentes y tradicionales relacionados con la observación de la naturaleza en la práctica de estas formas poéticas.
 
 
—Tras su viaje a Japón en 1900 —nos ilustra el maestro Blanco—, José Juan Tablada escribió muchos haikús, algunos espléndidos, y con ello no sólo lo introdujo en México sino al idioma español, e, incluso, a muchas de las literaturas de Occidente, aunque no siempre respetó la forma tradicional de 17 sílabas divididas en versos de cinco, siete y cinco. En general, la gente que ha escrito haikús en castellano no se ha atenido a esta medida; sin embargo, yo siempre me he apegado a ella y esto reduce aún más las posibilidades del género a comparación de como se nos presenta en japonés, su idioma original y monosilábico, en el que prácticamente a cada palabra corresponde una sílaba.
 
 
Tiempo después llegaría a las librerías Más de este silencio (Ediciones del Ermitaño), segundo tomo que, igual que el primero, fue realizado en pequeño formato y con el que el autor creyó, hasta ese momento, haber redondeado su serie de haikús y tankas. Cuál sería su sorpresa cuando tuvo que anunciarle a “la inmensa minoría de lectores de poesía” que el ciclo estaba a un tomo de complementarse: “Por muchos años anhelé tener un libro como Todo este silencio, que reuniera todo mi trabajo en lo que respecta a estas formas poéticas; debo confesar que esperaba un tercer libro diminuto, pero se trata de un volumen relativamente más grande en el que el blanco domina alrededor de cada poema, lo cual me parece una buena expresión gráfica del silencio que rodea a la esencia haikú.”
 
 
—¿Qué posibilidades líricas encuentra en la tanka?
 
 
—Se trata de la misma familia a la que pertenece el haikú; la diferencia radica en que las tankas tienen dos versos más, de siete sílabas. En realidad, ambas formas se presentan con frecuencia concatenadas en Japón con la intención de articular varios poemas. Pienso que cada una de éstas funciona como un poema independiente, que se sostiene solo, sin ayuda de nada ni de nadie. Por otra parte, el haikú es la estructura poética más corta que existe (tal vez en la experimentación hallemos curiosidades o rarezas aún más breves, pues incluso yo he escrito sonetos monosilábicos, es decir, poemas de 14 sílabas) y, si estamos frente a uno verdadero, podremos darnos cuenta de que si bien posee la virtud de ser una maravilla que obedece a necesidades profundas en un momento dado, por su concisión no permite el argumento, el titubeo, ni la discusión, porque no contiene narración ni se inmiscuye con el transcurso del tiempo. Éste es lo más cercano que conocemos para aproximarnos a la fugacidad, al destello del instante en el que el relámpago alumbra el mar en la noche y por un segundo permite ubicarnos; metafóricamente, el regreso a la penumbra significa el silencio del que surge el haikú. Es casi imposible para el lector occidental contemporáneo, tan acostumbrado a las farragosas novelas, a las discusiones de los políticos, y a las columnas periodísticas, entender cómo Japón puede considerar la cima de su tradición poética un poema de Matsuo Basho, el cual en traducción muy libre señala: “En el estanque viejo/ salta la rana/ splash.” ¿Esto qué quiere decir? Nos habla de una manera muy particular de entender el mundo, en la cual no cabe la actitud depredadora del hombre que ve todo como si fuera suyo y, por ello, lo aprovecha y acumula con voracidad impresionante. En este orden, el haikú aparece como un recordatorio de que existe otra manera de acercarse a la vida, a la realidad y a la naturaleza tocándola lo menos posible; un modo distinto de comprender las cosas y, entonces, usar menos la palabra y guardar silencio por periodos prolongados.
 
Luego de cursar la maestría en estudios orientales, en el área de China, en el Colegio de México, la visión de Alberto Blanco acerca de la poesía, si bien no cambió, se enriqueció: “Me ha tocado vivir la poesía como un río ancho, caudaloso, que fluye; mi amor por ella no ha sido cuestión de unos cuantos arrebatos. He sido curioso de las formas poéticas, que son tantas y necesarias para expresarnos. En la poesía irradiada por el extremo oriente encontré algo contrario a la verborrea latinoamericana, donde sentía demasiadas palabras. Me fascinó hallar esa voluntad de elegancia en la poética clásica china y nipona, esa austeridad de medios en la que se concentran los elementos del budismo (del cual no se puede disociar el haikú): el silencio, la atención y la compasión. ¡Me gustaría predicar con el ejemplo, y ya no seguir hablando!”
 
 
Por cierto, en febrero de 2011 Alberto Blanco expuso Poesía visual en la galería The Athenaeum Music & Arts Library, su primera retrospectiva del trabajo realizado a través de cuatro décadas en el área de los libros de artista. Al final de la charla, el también músico nos explica que “el punto de confluencia que encuentro en artes visuales y lírica es la caligrafía, la cual en oriente posee un estatus muchísimo más importante que en el ámbito occidental. Escribir es dibujar, y esto lo sabían tan bien los antiguos mexicanos que utilizaban un solo término para hablar de un poeta y un pintor: tlacuilo”.