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De safari por Tepito

10 febrero 2014 4:11 Última actualización 11 octubre 2013 5:45

[De la mano de un moderno Virgilio, El Financiero recorre algunos de los emblemáticos lugares de este barrio-tianguis / Braulio Tenorio /El Financiero]


 
José Sobrevilla
 
 
“¿Bravo? Sí, Tepito es cabrón, pero al mismo tiempo noble y solidario”. El de la voz es Alfonso Hernández, cronista de este barrio-tianguis, quien como un moderno Virgilio ha aceptado acompañar a El Financiero en un safari por éste, uno de los más emblemáticos lugares del país.
 
¿El pretexto? El 56 aniversario del mercado, este 14 de octubre, y cuyos antecedentes se remontan a 1901.
 
—Háblanos, Alfonso, del mercado de Tepito, de su historia…
 
El cronista se toma unos segundos, ordena sus pensamientos y responde: Fue en 1901 cuando Miguel Ángel de Quevedo –a la sazón funcionario del gobierno de la ciudad-- dispuso que los tres baratillos que había en el Centro se trasladaran a la plazuela de Tepito…
 
—¿Qué eran los baratillos?
 
—Eran mercados informales. Uno estaba en Garibaldi, otro en Donceles y Allende, donde hoy está la Asamblea Legislativa, y otro en una calle aledaña a la Plaza Mayor. Eran tenderetes, competencia del comercio establecido.
 
Todo eso reforzó la vocación de comercio en Tepito y lo convirtió en “ropero de los pobres”. Toda la cháchara, ropa usada, zapatos, herramientas y demás, se iban a la plazuela de Tepito.
 
En los albores del Centenario de la Independencia, 1910, la cercanía de la aduana del pulque, en la garita de Peralvillo, y la existencia de tres o cuatro pulquerías en cada calle, hicieron un emporio de pulcatas y compraventa de cosas usadas y robadas.
 
Esto, –continúa-- lo registra muy bien en 1920 don Mariano Azuela, quien fuera médico titular del consultorio cuatro de enfermedades venéreas en Tepito, en una beneficencia pública que hasta la fecha funciona (Rivero y Tenochtitlán).          
 
“Tepito era un puterío de cuarta… las ‘madame’ de todo el mundo estaban en la calle de Cuauhtemoctzin. Cuando Estados Unidos cierra la frontera por la fiebre del oro, alguien les aconseja que vengan a México porque había oro negro, y se descolgaron sexo-servidoras inglesas, alemanas, francesas, italianas…
 
En su novela La malhora, Azuela habla de la violencia que había en la zona, derivada de cómo el pulque, como hoy el narcomenudeo, servía para embrutecer al pueblo.
 
Otro antecedente está en la primera edición (1891) de Los bandidos de Río Frío. En el capítulo tercero, un personaje que se encuentra en la garita de Peralvillo, voltea hacia esta zona y ve un caserío miserable. Se pregunta
 
¿Podrán vivir seres humanos ahí?, sin embargo, no se atreve a cruzar la calzada porque es gente de mala fama. A la menor provocación sacan las navajas y enfrentan hasta a los polis.
 
La Santa Muerte, devoción familiar
 


 
En Tepito la fe en la Santa Muerte es devoción familiar nutrida de un vastísimo sincretismo. En su altar de Alfarería 12 siempre hay devotos, pero todos los años, desde el 31 de octubre hasta el 2 o 3 de noviembre, son decenas quienes llegan al altar.
 
Al cruzar la calle está un altar de la Virgen de Guadalupe. Alfonso destaca: “Vean ustedes la cantidad de ofrendas que tiene una y otra”. Comparamos, sólo para constatar que la Santa Muerte tiene más del doble que la Morena del Tepeyac.
 
El cronista explica: “Es que la Virgen hace milagros, y la Santa Muerte te hace el paro”. En el altar de ésta son visibles los símbolos de santería para defensa y ataque.
 
 ¿Cuánta gente de Tepito viene a rendir culto a la Santa Muerte?
 
La gente del barrio no se balconea aquí. Esta es una devoción muy privada. Más bien viene gente de toda la ciudad.
 
“Los primeros días de noviembre se hace mole, hay música de viento: creo que son cerca de 200 kilos de pierna y muslo de pollo que se da a la gente (los que alcancen).” 
 
—¿Quién prepara el banquete?
 
—Doña Queta, la guardiana de la imagen. Ella solita hace todo.
 
¡Quiubole, jefa!, dice de pronto Alfonso, cuando una señora de rostro alegre y palabras gentiles se acerca a él, a nosotros… se dan un gran abrazo.
 
—“¡Ella es doña Queta, la guardiana de la imagen…!”, comenta Alfonso.
 
—¡Me da gusto que vinieran a ver a mi niña!, señala la presentada.:
 
 ¿Cuántos años tiene ya de guardiana, doña Queta?
 
De fe 57, y de estar en este altar 13 años.
 
Cada mes cambia el arreglo, nos comparte Alfonso y ahorita hay imágenes que está vistiendo que van a estar un mes ahí y la gente devota le hace una petición.
 
Doña Queta nos confía: “Yo le prometí a mi santita hace un año que si no me moría este año, la vestiría de novia… porque me dio cáncer; me quitaron un pulmón, me iban a hacer 17 quimios y al final no necesité ninguna.
 
—“Les quiero decir que se están rayando… porque aquí tienen a dos de las siete cabronas del barrio”, dice Alfonso cuando al grupo se integra Lourdes Ruiz, tianguista de ropa femenina, y quien es conocida como La reina del albur.
 
De pronto, Alfonso se dirige a Quetita y le dice con energía: ¡presúmales a los reporteros!
 
Ésta, comienza a contar que tuvo siete hijos, 57 nietos y tiene ya 34 bisnietos. “Mi primer bisnieto va en la prepa”, añade con orgullo, “y mi primera nieta tiene 35 años. Y la primera hija que Dios me dio la dicha de tener, es de 54 años”, expresa jocosa, feliz y orgullosa.
 
El mural de los ausentes
 


 
Es un mural enorme, con más de 20 años y es de la comunidad. Se encuentra entre Mineros y Carpintería. Ahí, cada quien paga porque pinten el rostro de su caído. Están representados todos los que han muerto por narcomenudeo.
 
“Me platicaba Martin (quien vive enfrente), que hay un chavo que viene temprano todos los días, se persigna, le reza a su jefe y se va a trabajar. La gente prefiere recordarlos así que en la nota roja” dice Alfonso.
 
Cuando los rostros de los caídos ya no caben en el mural, su recuerdo es grabado en una enorme cruz de madera que se encuentra junto al mural (la cual está prácticamente saturada). Ahí aparecen nombres, pero también apodos, alias.
 
En eso estamos cuando se integra al grupo una persona muy respetada y querida por la banda: Martín Camarillo.
 
Alfonso explica que Martin es quien tiene los contactos para la realización de torneos de frontón y futbol. “Es promotor y coordinador”.
 
Lourdes, sugiere a Martin: “explícales cómo programaste el torneo que no se hizo con Conaculta. En dónde, por qué, para qué y por quiénes…
 
Desde su silla de ruedas, con una ligera dificultad para hablar por su torcedura en la boca, Martin explica que el torneo tuvo como finalidad quitar la imagen que la gente tiene de los tepiteños:
 
“Muchos somos personas trabajadoras, que nos rompemos la madre para llevar de comer a nuestras familias”.
 
—¿Cómo definirías la esencia del tepiteño?
 
—Afectuoso, Martín se acerca al reportero y lo abraza: “Trabajo, esfuerzo, solidaridad… básicamente”.
 
En el momento en que Braulio (Tenorio) pide a Martin posar para una foto frente al mural de los ausentes, este diario pregunta a Alfonso y Lourdes: ¿Por qué quedó en silla de ruedas? Guardan un silencio prolongado, se miran… hasta que Alfonso responde: “por andar de cabrón”; y Lourdes agrega “Por andar de preguntón, también, cabrón”.
 
“La vida le dijo, a ver usted cabroncito, está viviendo muy rápido y chíngale que lo ametrallan…”
 
Ahora, el que guarda silencio es el reportero.
 
La huella de Tata Nacho
 
Durante el recorrido por el llamado “Teatro del pueblo”, un señor de edad se acerca a quien esto escribe y suelta una pregunta tímidamente: 
 
¿Sabía usted que en este lugar tocaba Tata Nacho? comenta en forma tímida.
 
No señor, no lo sabía.
 
—Éste era su espacio, dice señalando una puerta contigua al descanso de las escaleras, antes de llegar a la entrada del teatro. Aquí practicaba.
 
—Y usted, ¿cómo lo sabe?
 
—Fui administrador de este mercado desde muy joven. Mi nombre es Jesús Castillo y ahora vivo en Querétaro. Estoy de visita, pero me invadió la nostalgia y vine a recordar.
 
El juego que nació en la cárcel
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Caminamos hacia el frontón Las Águilas, ubicado en Avenida del Trabajo. Allí, guante en mano y torsos desnudos, sudados, varias personas de variable edad juegan frontón. Tatuada en sus cuerpos se ve, las más de las veces, la Santa Muerte, se leen también nombres o se muestran imágenes.
 
En las gradas otros juegan Poliana, un pasatiempo similar al parchis, que, se asegura, llevaron al barrio expresidiarios que, instruidos por colombianos, aprendieron a jugarlo en las cárceles mexicanas.
 
Cruzando la calle está el gimnasio Ramón López Velarde, donde da clases de boxeo Octavio El Famoso Gómez, campeón mundial peso gallo, que a la fecha debe tener unos 60 años “pero está entero”, comenta Alfonso.
 
Ya casi caía la noche, cuando pregunto a Alfonso por qué el 4 de octubre, festividad de San Francisco de Asís, el evento que más expectación despertó fue el partido de futbol donde intervinieron Las Gardenias de Tepito.
 
“Es el plato fuerte, pues es un equipo formado por todos los gays del barrio... laboran en las estéticas, en las cocinas, llegan se ponen su uniforme de futbol, y su arnés con sus cámaras, porque ellas mismas graban sus videos. Si quieres te puedo enviar las imágenes, dice.
 
¿Cuánta gente concurre a esta celebración?
 
Más de tres mil personas.
 
No hay duda, como dice Alfonso  “Tepito existe porque resiste”.