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Cualac, una mano solidaria desde el DF

12 febrero 2014 4:32 Última actualización 20 mayo 2013 6:27

[Rosa Flores Jardines. Fotos: Julio César Salas] Lejos de los reflectores, una humilde mujer ha dedicado 16 años a ayudar a esa comunidad. 


 
Julio César Salas / Enviado
 
 
Cualac, Guerrero.- Aunque este municipio de La Montaña de Guerrero quedó excluido de la Cruzada Nacional el Hambre no falta la mano solidaria que aporta su grano de arena para apoyar a esta empobrecida comunidad.
 
Tal es el caso de Rosa Flores Jardines, quien lejos de los reflectores y el protagonismo, ha dedicado 16 años de su vida -además de esfuerzo y dinero- a recopilar ropa, juguetes, útiles escolares, zapatos y medicamentos para llevarlos a la gente que habita esta región de nuestro país, una de las más marginadas.
 
El Financiero acompañó a Rosita -como la llaman sus familiares y amigos del pueblo de Tulyehualco, Xochimilco, de donde es originaria- en este periplo hacia La Montaña guerrerense.
 
Antes de emprender el viaje hay nerviosismo e inquietud en esta mujer de ya 68 años de edad, pues durante seis meses ha esperado el transporte que se pueda llevar lo recaudado durante los dos últimos años. "No he podido ir a ver a mis niños porque hasta ahora me contestaron de Cualac y de ahí van a mandar el camión por las cosas. Hace un año no pude ir porque nadie me apoyó con el transporte y he tenido muchos gastos", explica Rosita.
 

 
En su casa, bultos apilados en el patio y cajas rotas por todos lados reflejan la ardua labor que esta mujer lleva a cabo. Después de dos horas, la camioneta de tres toneladas de capacidad está lista para salir, Rosita despide a las personas que vinieron de Guerrero con un emotivo abrazo. Poco después de las 10 de la noche, esta mujer, acompañada por el enviado de este diario, se traslada hasta la terminal Tapo para viajar al municipio de Huamuxtitlán, de donde partirá hacia las comunidades de la montaña alta.
 
Durante el trayecto de seis horas, Rosita narra parte de su historia y da a conocer la manera en que comenzó con esta labor, como una forma de superar la depresión que padeció por la muerte de su esposo y dos de sus hijos.
 
"Llegué por primera vez a La Montaña hace 16 años, pues tenía unos vecinos que eran de Guerrero y me pidieron ser madrina de primera comunión de sus niños. Cuando fui a Coatlaco (comunidad de Cualac) y vi cómo vivía la gente, no lo podía creer, sus casitas de carrizo, adobe y lámina; y lo peor de todo, los niños tan necesitados, descalzos, con sus ropitas rotas; los enfermos, en el piso de tierra sobre un petate". Rosita hace una larga pausa. En su rostro se refleja la tristeza y la aflicción.
 
Son las 4:10 am cuando el operador anuncia la llegada a Huamuxtitlán. Bajamos del autobús, y en una pequeña glorieta nos sentamos a esperar el primer transporte público hacia Cualac. A las 6:30 am, una camioneta Estaquitas nos conduce hacia La Montaña.
 
Rosita retoma su historia y recuerda que tras su primer visita a esta región, se prometió a sí misma hacer algo por la gente necesitada. En ellos encontró el motivo para enfrentar su tristeza. La depresión se convirtió en coraje y perseverancia, sabía que tenía una misión que cumplir, y con dos pequeñas cajas con diversos artículos comenzó su gran labor bajo el cobijo del anonimato. A partir de ese momento, hace ya más de década y media, ha sacrificado vacaciones, tiempo libre y dinero para cumplir su objetivo. Entre familiares, conocidos y vecinos reúne lo que puede, pero además destina aguinaldo, utilidades y parte de su salario para comprar dulces, cajas, costales y bolsas en donde guarda las cosas que lleva a La Montaña. Dice que pese a que ha buscado ayuda ninguna autoridad, ni asociación civil se ha interesado en apoyarla.
 


 
Camino a La Montaña
 
Mientras la camioneta sube la serpenteante carretera, Rosita clava la mirada al horizonte con un dejo de nostalgia. Los recuerdos se agolpan en su pecho y agradece a Dios por estar nuevamente en tierra guerrerense. Al llegar al centro de Cualac es recibida calurosamente por gente del ayuntamiento, mientras antiguos conocidos le ofrecen su casa para descansar.
 
Más tarde, después de desayunar, nos dirigimos a la presidencia municipal, en donde el edil, Leopoldo Sánchez Morales, espera para conocer a esta mujer excepcional. Unos minutos bastan para ganar la simpatía del titular de Cualac, quien pone a disposición de Rosita el transporte y personal necesario para iniciar el recorrido.
 
A casi una hora de distancia por carretera llegamos a Cuescomapa, donde el paisaje es impresionante, las montañas se van quedando atrás y el camino parece interminable. Al llegar a la pequeña comunidad, los niños corren hacia la camioneta con sus caritas tostadas por el sol. Ansiosos, se arremolinan en torno a Rosita, quien reparte jubilosa los juguetes usados y la ropa que lleva. Las caritas tristes se iluminan con sonrisas y agradecimiento.
 
La tierra amarilla lastima en los ojos, pero eso no es impedimento para que los pequeños contemplen sus juguetes, brinquen y corran para jugar entre ellos. Comparan lo que les tocó, lo intercambian y ríen de contento. Su piel revela su triste realidad: pies resecos y partidos por la tierra, llagados por el uso de sandalias de plástico; manos quebradizas por el calor, agrietadas y sucias; mejillas quemadas por el sol y jiotes por doquier. Aquí no hay peinados sofisticados ni cabello sedoso y brillante.
 


 
El pequeño Gaudencio
 
Tímido, con mirada temerosa, se acerca a la multitud un niño de 10 años, quien con recelo recibe las cosas que Rosita reparte. Habitantes de la comunidad nos cuentan su situación de orfandad. Su padre murió años atrás al intentar cruzar hacia Estados Unidos. Su mamá falleció el año pasado víctima de la pobreza y de la deficiente atención médica: "Tenía un tumor en el cuello, la operaron y parece que quedó bien, pero como no tenían para medicinas ni para comer, se puso mal de nuevo y se murió", relata Francisco, vecino del lugar.
 
Aturdidos por la crudeza de la situación, preguntamos cómo y dónde vive Gaudencio: "Con su abuelita, en su jacal, pero ya está muy viejita, y comen lo que pueden. A veces, los vecinos les convidamos de lo que tenemos, pero aquí no hay trabajo, la gente siembra la tierra y de eso vive, no hay más para ayudarlo".
 
Al despedirnos, el pequeño Gaudencio toma las cosas obsequiadas entre sus manos y camina solo hacia su casa. Su sonrisa es fugaz, el dolor se refleja en sus ojos infantiles endurecidos por el sufrimiento. No entiende por qué le ha tocado volverse hombre a tan temprana edad.
 
Con sentimientos encontrados, abordamos la camioneta para visitar otras comunidades que esperan la llegada de su benefactora. Durante el día recorremos Los Pinos, Nuevo Paraíso y Aguaxotla; una y otra vez, las historias se repiten, niños descalzos, caritas partidas y el ansia por recibir un juguete usado que los haga olvidar la realidad en que viven.
 
Noche de reflexión
 
Pese a todo, la primera noche en Cualac fue mágica, y el cansancio y el hambre quedaron de lado ante la experiencia vivida. La cena acompañada con tortillas a mano reconforta el hueco en el estómago, producto de la impotencia e indignación: "Verdad que está canijo, aquí la gente necesita muchas cosas, yo quisiera tener dinero para darles mucho más, pero eso es lo que puedo, nunca es suficiente, no me alcanza para todos", comenta Rosita.
 
De pronto, Rosita rompe en llanto y revela que por un tiempo no podrá continuar con esta labor. En su casa el espacio es insuficiente para almacenar cosas. Además, sus hijos, aunque siempre la han apoyado, están cansados de la situación, pues entre ellos realizan la tarea de seleccionar y empaquetar las toneladas de ropa y juguetes que juntan. Asimismo, la economía de Rosa será más inestable, ya que en breve tendrá que iniciar los trámites de jubilación, lo que representa en su caso dejar de recibir sueldo por un año aproximadamente.
 
"No se qué voy a hacer, nadie me ayuda y yo no quiero dejar de venir, pero mis hijos tienen razón, en la casa no cabemos. Yo quisiera tener un lugar limpio para guardar mis cosas y no tener que estar sufriendo para ver quién me trae", solloza impotente.
 
Rosita sabe que las carencias de la gente supera cualquier ayuda que pueda llevar, no obstante, está convencida de que mientras tenga fuerzas seguirá buscando el apoyo de la gente. Su cara se ilumina al planear el recorrido del día siguiente, pues sabe que otros niños esperan su llegada.
 
Información proporcionada por El Financiero Diario.