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CRÓNICA: Una noche abordo de una ambulancia

12 febrero 2014 5:19 Última actualización 05 abril 2013 14:55

[Fotos: Alfredo Peñuelas] ¿Se han preguntado qué viven las personas que operan las ambulancias? EL FINANCIERO pasó una jornada nocturna con ellos. 


 
Alfredo Peñuelas
 
El adolescente persigue a su hermano menor, el pequeño lo ha estado molestando toda la tarde y sabe que de ser alcanzado, recibirá una paliza segura. Es por eso que corre, sube las escaleras, atraviesa el pasillo y busca ocultarse en el baño. Su hermano casi le ha dado alcance por lo que azota la puerta, misma que el adolescente hubiera impedido cerrarse de no ser porque su brazo izquierdo atraviesa el vidrio translúcido que decora la puerta. Acto seguido trata de correr pidiendo ayuda, pero se tropieza en un charco de su propia sangre, “tres venas y una arteria cercenadas” se sabría más tarde; los padres no se encuentran en casa, alguien escuchó a los niños correr, la puerta, los vidrios estallar y también los gritos de auxilio del adolescente. Ése alguien llamó a la Cruz Roja.
 
A los 14 años me subí por primera vez a una ambulancia, también ese día fue la última. Después de que mi primo me llevara a la clínica más cercana para que detuvieran la hemorragia, el doctor opinó que me tenían que operar de emergencia para salvarme la vida o el brazo. El problema es que yo vivía en un pueblo cercano a la Ciudad de México donde se encontraba el único hospital capaz de reconstruir el daño, el Instituto Nacional de Pediatría, el famoso IMAN. Y en el pueblo, la única ambulancia con la capacidad para recorrer los 40 kilómetros que me separaban de la muerte en tiempo récord pertenecía a la Cruz Roja. Ellos me salvaron la vida. Por eso, cuando me ofrecieron hacer una crónica sobre una noche en una ambulancia, no lo pensé ni un instante. A los socorristas de aquel 26 de mayo de 1985 nunca pude darles las gracias.
 
 20:01 horas. Primeras impresiones y Clave 3
 
“Tienes que ponerte una casaca de la Cruz Roja”, dice el comandante de turno, “la gente luego reclama”. Después de firmar las responsivas y comprar algo para pasar la noche me hicieron la pregunta de rigor que espera cualquiera que vaya a tener relación con un evento que involucre accidentes: “¿Le tienes miedo a la sangre?”. “A la mía sí”, respondí y todos rieron, mientras yo fingía la una risa que trataba de ocultar un recuerdo con la imagen de mi brazo destripado, adentro de una ambulancia.
 
“Tenemos una Clave 3”, ni siquiera había tenido tiempo de acomodarme e intercambiar  las cortesías de rigor, con la tripulación de la ambulancia número 43, cuando ya habíamos abandonado las instalaciones de la Cruz Roja, en Polanco (ciudad de México) con rumbo hacia Insurgentes Norte. “Es fin de semana e inicio de vacaciones”, fue lo primero que pensé. “No te preocupes, que llegaremos rápido”, dijo Alberto, el conductor de la ambulancia, como si me hubiese escuchado.
 
“Si tienes ganas de vomitar, hazlo”. Por segunda vez me leyó la mente, pero las expectativas de una noche inédita, el vértigo de ver cómo los autos se abrían y la emoción de una Clave 3 eran más fuertes que cualquier náusea. El recorrido hacia Indios Verdes se hace en pocos minutos, los autos se abren como si la ambulancia 43 fuera un Moisés capaz de separar otro tipo de aguas, las luces de la torreta se multiplicaban por miles en los autos y a éstas se suman nuevas torretas, nuevas sirenas, policías, bomberos, otras ambulancias. “Es un incendio grande”, dice José, el comandante de la 43.
 
Una emergencia general, a eso se refiere la clave 3 del Código de la Cruz Roja creado por el legendario fotógrafo de La Prensa, Enrique Metidines, y en efecto eso parecía. El pueblo de Santa Clara en Ecatepec convertido en un set cinematográfico espontáneo: vecinos, helicópteros, policías y bomberos de lugares aledaños como Coacalco, Tultitlán, Tlalnepantla, Acolman, Chalco, Naucalpan, Texcoco, Cuautitlán Izcalli, Atizapán de Zaragoza, San Salvador Atenco, Melchor Ocampo y Distrito Federal son necesarios para sofocar un incendio que a la postre duraría 3 días, además de la presencia de varias ambulancias de la Cruz Roja. “Nosotros no entramos a menos de que sea necesario. Nos mantenemos al margen”, volvió a decir José, sin apartar la vista de las llamas.
 
“Fue en el 85”, comenta José a manera de suspiro. Cualquiera que tengamos la edad sabemos que se refería al sismo del 19 de septiembre que en un rudo amanecer cambiaría la manera de ver las cosas en muchos de nosotros. Ese septiembre que aún se remueve entre los escombros personales y los de la Ciudad de México, José Ramos estaba ahí.
 
“Me di cuenta que lo que quería hacer era ayudar a la gente”, ahora a sus 50 años, carga consigo un rosario de anécdotas que contar. Su vocación lo ha llevado a recorrer varios países, aquellos donde los rescatistas especializados de la Cruz Roja mexicana sean requeridos: Chile y Haití recientemente, por poner un ejemplo. “Esto me gusta y por eso estudio”. Es experto en misiones extremas y complejas se ha especializado en rescate alpino y espeleología; tras su bigote muy bien cortado tiene cara y actitud de líder aunque no hace gala de ello. “Vámonos, acá ya no hay nada que hacer”, dice volviendo la vista al fuego por última vez, mientras yo suspiro pensando en que la presencia de la sangre se ha postergado. ¿Por cuánto tiempo? Abordamos la ambulancia número 43.
 

 23:32 horas. Clave 40 y laberintos urbanos.
 
“Algunas unidades si usan GPS pero a mí no me gusta”, afirma Alberto Ávila, “uno debe de conocer bien la ciudad, además, el GPS te da la ruta más óptima según sus reglas pero no según las reglas de la emergencia”. Un atropellado en Lomas de Chamontoya, en una zona perdida entre las barrancas de la delegación Álvaro Obregón, las cuales, en efecto, el localizador de mi teléfono móvil era incapaz de identificar. Un atropellado, al conocer el significado de la clave volvió otra vez a mi mente la pregunta: ¿Le tienes miedo a la sangre? “De niño mis juguetes eran ambulancias”, reconoce Alberto que ha pasado 23 de sus 38 años jugando con ambulancias de verdad, “todos me veían raro”.
 
No puedes ser conductor sin ser socorrista, además debes de recibir un entrenamiento especial que incluye manejo, mecánica y reconocimiento de la ciudad. Nos internamos en laberintos verticales, la sirena aúlla como un animal en busca de sus hijos o de su presa, en algunos momentos la única luz que existe es la de la torreta. Alberto hace gala de su orientación y José lo ayuda con una Guía Roji, “a lo mejor es una falsa alarma”. La Cruz Roja mexicana recibe entre 200 y 235 llamadas falsas diariamente, en días festivos esta cifra se puede incrementar.
 
“¡Baja los seguros!”, ordena José y Adrián, el tercero y más joven de la tripulación, lo hace de manera automática. Yo observo las calcomanías dentro de la ambulancia que muestran  la silueta tachada de un rifle AK47. Algunas veces ha ocurrido que encañonan a los compañeros para “bajar” a los heridos, algunas otras los ejecutan dentro la misma ambulancia, sobre todo en estados donde la guerra contra el narcotráfico ha permeado otros sectores de la sociedad que no están involucrados con las drogas. “Por eso indicamos que no traemos armas”, dice Adrián mientras asegura la puerta posterior de la camioneta.
 
Seguimos perdidos en el laberinto de Lomas de Chamontoya cuando una camioneta se nos empareja. Alguien se baja del auto y nos toca la puerta desesperado. Traen al herido adentro y hay que bajarlo, la Clave 40 ha aparecido. A Dionisio lo atropelló su hermano, al parecer un pleito de borrachos o un asunto similar. La primera sangre no resulta tan atemorizante ya que sus heridas no son graves, un fuerte golpe en la cabeza y algunos raspones. José le hace las preguntas de rigor: edad, peso, alergias, Adrián toma los signos vitales y José llena la forma que entregará a un grupo de médicos jóvenes, casi todos residentes, que recibirán a cada uno de los muchos casos de emergencia que se suscitarán por la noche. Al llegar a la central de Polanco se desvela el teatro del horror nocturno de cada viernes en la capital de la República Mexicana. Choques, mutilaciones, peleas, hombres y mujeres de todas las edades y con lesiones que rebasan los límites de lo imaginable. La sangre ha empezado a correr y está claro que no nos gusta, no estamos acostumbrados a ella.
 

 
 1:48 horas. Un remanso y un falso clave 27
 
Después de las 2 de la mañana comienza lo bueno. Al menos eso afirman los expertos en esto de salvar vidas en mitad de la noche. Pasamos a un OXXO para comer algo mientras los accidentes en forma de números se escurren a través del radio. La ambulancia se ubica en el punto que ha sido asignado en el sur de la ciudad. Los números siguen emergiendo de la radio en mitad del silencio. El 43 no aparece, eso nos da tiempo de atender nuestros asuntos, nuestros pensamientos.
 
A Adrián le habla la novia varias veces por la noche. Es natural en un universitario de 24 años que debería de estar con ella divirtiéndose en un bar, pero él no es así, prefiere ir a la Cruz Roja al salir de sus clases en la Facultad de Derecho. “Me gusta ayudar”, lo dice con orgullo al igual que sus compañeros. Es ese el común denominador de los voluntarios de la Cruz Roja, porque eso son: voluntarios. Pocos, muy pocos son los que están ahí a cambio de una remuneración y todos están por una vocación de ayuda pocas veces entendida en la sociedad actual.
 
"Cuando hay una emergencia llamamos a la Cruz Roja y hoy, la Cruz Roja hace un llamado a los mexicanos para fortalecerse", dijo el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, el pasado 15 de marzo al iniciar la colecta nacional. En ésta casi todos damos lo que podemos, 5, 10, 50 pesos, algunas empresas hacen donativos en especie (la ambulancia 43 fue donada por una marca de pan muy conocida), los socorristas ofrecen sus vidas y su tiempo para ayudar a otros. Otra cosa que tienen en común es la respuesta a la pregunta ¿Qué es lo que menos te ha gustado de tu vida en la Cruz Roja? El ver sufrir a los niños, responden todos de manera individual, y guardan silencio.
 
El número 43 se cuela en el radio, un clave 27 en Avenida San Antonio y Alta tensión. Una vez más el vértigo, las luces, ahora sí ya no hay náuseas, lo que uno imaginaría como lo más común acaba de ocurrir, un accidente automovilístico en mitad de la noche chilanga. Llegamos al lugar y nada, sólo hay puentes y soledad, José pregunta por el radio si la información es correcta, la corroboran: lo es, sigue sin haber nada ni bajo el puente ni arriba de él. La clave 27 se convierte en 22, una falsa alarma. Entramos a la estadística.
 
 

 
 3:00 horas. Nos sorprende un 27 Alfa
 
Con la frustración a cuestas de quien se sabe engañado, volvemos a nuestra ubicación. Es ahí que me entero que las falsas alarmas son el pan de cada día. Antes de llegar ha surgido una nueve emergencia, “te dije que se pondría bueno”, dice José, un 5P (o “cinco papa” en el argot), un golpeado. Por mi cabeza pasa la pregunta ¿Qué tanto lo habrán golpeado para que requiera una ambulancia de la Cruz Roja?
 
En el cruce de Río Mixcoac e Insurgentes nos detiene un semáforo. Al ponerse en verde el auto que está justo enfrente de nosotros avanza y es embestido por una camioneta que se pasa el alto, casualmente un camión repartidor de la misma marca que donó la ambulancia 43. El comandante no lo piensa 2 veces, toma el radio y suspende el “cinco papa”: ha ocurrido un 27 Alfa justo frente a nosotros, nos bajamos a ayudar. Dentro del auto destrozado se encuentran 4 jóvenes que no alcanzan los 20 años de edad.
 
Por la posición no alcanzo a mirar el  lado del copiloto que es donde ocurrió el impacto, espero lo peor. Un cóctel de cristales, plástico y diversos líquidos se mezclan en el asfalto. En menos de 2 minutos ha llegado la policía y otra ambulancia del ERUM (Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas). Como supuse la peor parte se la ha llevado Iker de 18 años. La escena se parece a lo esperado, el típico cuadro de la típica noche de viernes: un grupo de adolescentes que van de fiesta en fiesta en el carro de papá, un poco o un mucho bebidos hasta que el destino en forma de camioneta los alcanza. El lado derecho del auto está completamente destrozado, hay que sacar al herido por la otra puerta y con cuidado. En cuestión de segundos los 3 tripulantes de la ambulancia colocan camilla de emergencias, collarín e inmovilizan a Iker, antes de que ocurran otros dos minutos ya estamos dentro de la ambulancia con rumbo a Polanco.
 
En efecto, hay sangre, hay vidrios, hay juventud e imprudencia pero no hay tragedias, al menos no graves. Iker se recuperará, Adrián habla con sus padres y les informa de su estado de salud, de los hechos y de adonde podrán encontrarlo. Imagino el horror al otro lado de la línea, la llamada que ningún padre de familia quisiera recibir: “su hijo ha sufrido un accidente… lo estamos llevando al hospital… le hablamos de la Cruz Roja…”
 
Me toca ayudar, algo he aprendido en la noche así que lo aplico. La central de Polanco se encuentra llena y a los heridos se les van asignando los lugares que quedan disponibles. A Iker hubo que moverlo un par de veces, los otros miembros de la ambulancia ayudan en lo que pueden, los doctores lucen cansados pero no dejan de atender a quienes van llegando. Un sólo gesto de José hace que yo me acerque para auxiliarlo, en efecto con la casaca de la Cruz Roja a nadie se le hace raro que me encuentre ahí, tampoco que ayude un poco. “Gracias” me dice José mientras salimos. En la puerta nos encontramos con un individuo bañado en sangre, no se le ve la cara y trae las manos completamente rojas, ha recibido un botellazo, es el “5 Papa”.
 
 

 
 4:55 horas. Clave 27 M en pleno Viaducto
 
“No vas a tener tiempo de aburrirte”, me dijo mi esposa antes de salir de casa. La sola mención de las palabras “Cruz Roja” ofrece una enorme cantidad de sentimientos, no hay una fibra humana que permanezca inalterable ni un ojo que no reconozca el símbolo de este movimiento humanitario que se extiende por más de 180 países. Un 27 M, “a lo mejor hay gente prensada”, y José prepara la herramienta para cortar lámina que trae consigo. El choque múltiple ocurre en pleno Viaducto Miguel Alemán justo antes de cruzar el desnivel con Avenida Coyoacán, otra vez el ambiente cinematográfico se manifiesta. Bomberos, ERUM, patrullas, grúas y una fila de autos que no pueden cruzar por el accidente, un escenario espectacular y macabro, como diría Onetti, “lleno de posibilidades”.
 
Pareciera que todos estuvieran de acuerdo. Los bomberos limpiando la zona, las grúas llevándose a los coches, los socorristas revisando la salud de los implicados, afortunadamente nada que lamentar. Todos los actores se dan unos segundos para la camaradería, se saludan, se abrazan, me tratan como a uno de ellos, “un compañero de EL FINANCIERO”, y yo sonrío de manera cómplice. Como al inicio de la noche con la clave 3 esta vez no hay heridos. Me siento complacido, ha sido una noche agitada y de aventuras, mi esposa tenía razón, ni tiempo para aburrirme. Abordamos la 43 de repente caigo en cuenta de algo: ya no me mareo, ya no le tengo miedo a la sangre tampoco. Me ofrecen llevarme a casa.
 
Nos hemos convertidos en amigos instantáneos, en cómplices nocturnos. Yo entrego mi casaca y doy las gracias, hacemos el acostumbrado el intercambio de e-mails y demás datos personales y el ofrecimiento a colaborar con ellos cuando lo necesiten, ser voluntario a mi manera desde mis capacidades. Estamos a dos cuadras de mi casa y son las 5:32 AM  cuando la operadora en el radio vuelve a llamar, hay un 27A en Periférico, “Una volcadura”, dice José y me voltea a ver. “Vamos”, respondo mientras me vuelvo a calzar mi casaca con la cruz roja en el pecho. Esto no se acaba nunca.