Archivo

CRÓNICA. La vida en un vagón en el Estado de México

12 febrero 2014 4:32 Última actualización 24 junio 2013 6:39

[Fotos: Braulio Tenorio]


 
 
Rosalía Servín Magaña
 
 
Alma no recuerda otra forma de vida, desde que nació --hace ya 20 años--, su vida ha girado en torno a estos 7 vagones ubicados en la colonia El Molinito, en Naulcalpan de Juárez, Estado de México.

Encontrarlos no fue fácil, pero ahí están, escondidos entre plantas, con sábanas que fungen de puertas, con muros de lámina o inclusive de madera que intentan formar paredes.

Su silbato no se oye más, ahora es una grabadora a todo volumen con la voz de Vicente Fernández la que da cuenta de la presencia de personas, las cuales a nuestro andar, comienzan poco a poco a salir.

Mujeres van y vienen acarreando cubetas de agua, niños… muchos niños juegan en el piso de tierra, mientras que una adolescente lava su ropa (curiosamente en una lavadora que tienen ubicada a las afueras de un vagón).

Es la casa de Benita Tejeda, ama de casa y madre de cinco hijos, quien lleva 15 años habitando la mitad de ese vagón que un extrabajador de Ferrocarriles le renta.

“Nosotros llegamos aquí porque conocíamos a una señora cuyo esposo trabajaba en Ferrocarriles, pero le pagamos renta, eh, no estamos viviendo nomás así, le damos 250 cada mes”, aclara Benita, quien comenta que “muchos” le dicen que no pague nada, que no tienen por qué cobrarle, que vaya a derechos humanos y explique su situación.

Pero no, ella prefiere cumplir con la renta y evitarse más problemas, que vaya que se le presentan en este lugar, donde no tienen drenaje (salvo una fosa común) y donde hasta hace unos pocos meses, tampoco contaban con agua.

“Luchamos para tener agua, tiene poco que la metimos, fue una inversión como de 5 ó 10,000 pesos entre todos los vecinos”, dice mientras recoge su largo cabello que se le ha venido abajo, dejando ver el sudor de su cara, lo que evidencia el intenso calor que hace dentro del vagón.

“A veces sí se encierra el calor, pero cuando está más fuerte nos salimos a la calle. Como a las tres de la tarde es cuando casi siempre se siente más el bochorno”, explica Benita. El sostén económico de la familia es Ramiro, su esposo, un ayudante de albañil que “no gana mucho”, 2 ó 3,000 pesos a la quincena, que en su mayoría se invierten en comida, la escuela de los niños y “pa lo que alcance”. En este caso hasta para un sistema de televisión por cable.
 

Malos olores e insectos
 

 
 
 
¿Cuántas familias habitan aquí? Nadie sabe responder, pero en sus siete vagones se ve un ir y venir de gente, especialmente niños, a quienes no parece importarles vivir en medio de malos olores e insectos. Al menos eso es lo que sus risas y juegos dejan ver.

“No es extraño vivir aquí, para nosotros es normal, es como vivir en cualquier otra casa, sólo que ésta está arriba de llantas de acero y sobre rieles”, comenta Alma, una joven que dice haber nacido en un vagón.

“Mi papá era de los ferrocarrileros, por eso es que llegaron aquí. Ahora soy yo quien vivo en el vagón y ellos tienen una casa enfrente”, platica Alma, al mostrarnos lo que para ella es considerada su casa.

“¡Hace harto calor!, pero te acostumbras, al igual que vivir sin drenaje y agua; aunque sí es difícil, ya no nos resulta extraño”, afirma la joven mientras carga a uno de sus 3 hijos, con quienes vive bajo el auspicio de su esposo, en este “humilde”, pero bien conservado vagón.

Adentro hay de todo: estufa, un ropero, dos camas, una televisión, algunos santos y fotos que cuelgan de los muros de madera, que Alma y su esposo tienen muy bien cuidadas y a las que con pintura azul cielo le han dado un toque especial.

Afuera, el vagón aún conserva parte de su historia: Campamento MAYDMO; CUADS 26, ALTEPEXI PUE, es lo que se puede todavía leer.

De acuerdo con Salvador Zarco, responsable del Museo de los Ferrocarrileros de la Ciudad de México, el término CUADS se refiere a que este “furgón” como también se le conoce, pertenecía a una cuadrilla sistemal (en este caso la número 26), es decir, un grupo de trabajadores dedicado a realizar labores de modernización de vías o cambios al tren, por allá por los años 40 del siglo pasado.

“Las cuadrillas se movían mucho, a veces iban de Chiapas hasta Sonora para realizar trabajos pesados, viajaban por todo el país y era una vida muy dura, pues hasta con sus familias debían viajar”, relata Zarco, quien es también un ferrocarrilero jubilado.
 

Estratos sociales
 

En el tren de El Molinito hay de todo, familias muy numerosas y visiblemente pobres, como el caso de Benita, y otras más cercanas a la clase media como Alicia Rosas, quien gracias a que su padre es jubilado ferrocarrilero tiene la posibilidad de habitar junto con su esposo y dos hijos todo un vagón de tren y no sólo la mitad, como es el caso de la mayoría.

Aquí lleva viviendo 18 años (junto con su esposo y sus 2 hijos) y para ella es como vivir 'en cualquier parte'; de hecho, nunca ha sabido lo que es habitar una casa 'normal', pues su madre la tuvo en un vagón y de ahí no se ha bajado, salvo para cambiar de estación.

”Nací en Saltillo, Coahuila, pero hemos estado en muchas partes: Sinaloa, Guadalajara, San Luis Potosí y ahora aquí, pero siempre viviendo en carros de tren, comenta Alicia, quien señala que ella y su familia no pagan renta, pues provienen de trabajadores ferrocarrileros.

“Hay gente a la que me parece que sí le cobran renta, pero a nosotros no, aunque en estos vagones creo que sólo quedamos tres familias de ferrocarrileros”, explica.

A lo largo de los vagones se mezcla la historia con la modernidad, lo mismo se pueden ver pintas de bandas que buscan marcar su territorio, que los logotipos de quienes fueron los propietarios de este tren: F de M serie 190770, con capacidad de 49,896 kgs y TARA 21900.

Don Sebastián, de 53 años, todavía recuerda que a este tren lo rodeaba un río vivo y limpio, en el que dice que alguna vez pescó. Aunque no vive en los furgones, desde hace diez años trabaja cuidando un vagón que funge como bodega de cimbras y polines.

“Calculo que este tren lleva aquí más de 25 años, pero en aquél momento había pocas casas, estaban las vías y algunas cosillas más, por ejemplo en aquel puente que se ve ahí (señala una reciente construcción vial) cruzaba un río en el que había peces, era un río limpio con agua que bajaba de las montañas, pero ahorita es puro drenaje, pura cochinada”, se lamenta.

Como éste, muchos trenes albergan no sólo las historias de aquellos años en los que mediante este transporte miles de mexicanos recorrían parte de la geografía nacional, sino ahora también las de sus habitantes, gente que ha hecho de estos vagones sus hogares y de las vías un camino a seguir, pues saben que los rieles "los conducen siempre a casa".

Algunos datos
- La vía que ahora alberga el hogar de estas personas corría de México a Toluca.
- Los vagones o furgones tienen una longitud aproximada de 11 metros por 3.5 de ancho, lo que representa alrededor de 30 metros cuadrados.
- Más de 160 años han pasado desde que La Veracruzana emprendió el viaje del que fue el primer recorrido de un tren jalado por una locomotora de vapor.
- En aquella ocasión abordaron los vagones cerca de 200 pasajeros, quienes por 18 minutos fueron testigos del paso de este tren que, a 40 kilómetros por hora, recorrió el camino que significó la antesala de lo que dos décadas después culminaría en los 423 kilómetros de la vía que uniría a Veracruz con la capital del país.


No es extraño vivir aquí, para nosotros es normal, es como vivir en cualquier otra casa, sólo que ésta está arriba de llantas de acero y sobre rieles.” (Alma)

A veces sí se encierra el calor. Como a las tres de la tarde es cuando nos tenemos que salir pues se siente más el bochorno.” (Benita)