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Conoce los oficios más originales

12 febrero 2014 4:19 Última actualización 01 mayo 2013 6:43

 [Foto: Arturo Monroy]  Un buzo de alcantarillas, un domador de leones o un encargado de quitar chicles de lugares públicos.... 


 
Miriam de Regil / Rosalía Servín Magaña
 
 
Este 1 de mayo, Día del Trabajo, no hablaremos del panadero, el globero, el sastre o el taquero, sino de aquellos otros oficios, los poco comunes, los casi imperceptibles, pero que mueven y son el sostén económico de numerosos mexicanos.
 
 
[Foto: Arturo Monroy]
 Buzo de alcantarillas
 
Echarse un chapuzón cada día, pero en las aguas negras de la ciudad, es para Julio Cu Cámara "maravilloso", y algo que este hombre que bucea por la red de drenaje de la ciudad de México no está dispuesto a cambiar.
 
"Cuando estas solo allá abajo es una sensación diferente que sin duda disfruto; no ver nada y desconocer lo que me puedo encontrar me motiva a seguir haciéndolo bien... hasta que el cuerpo aguante."
 
Cu Cámara trabaja desde hace 30 años en el drenaje, y es desde hace 6 años el único responsable de evitar que los más de 12 kilómetros de la red capitalina se obstruyan.
 
"Mi mundo laboral son las alcantarillas y los llamados colectores de aguas negras de la red", dice ufano este hombre de 53 años.
 
Los 8 compañeros que hasta 2006 le ayudaban en sus viajes por las entrañas de la ciudad fueron desertando poco a poco. Motivos hubo varios: los riegos que la actividad implica, la búsqueda una mejor situación económica, así como las presiones familiares.
 
"A mi esposa e hijos no les gusta lo que hago, pero me apoyan porque saben que es mi pasión y que no cualquiera lo hace", dice este buzo profesional que prefirió cambiar las aguas claras de los océanos por las contaminadas del drenaje donde hay de todo: desechos químicos, restos de electromésticos, cuerpos humanos, animales, alfombras, pedazos de autos y excremento, mucho excremento.
 
"Empecé a bucear a los ocho años, después di clases de natación y cuando se presentó la oportunidad de llegar al Sistema de Aguas (del DF) y me ofrecieron este puesto, no lo pense dos veces. De inmediato tomé un curso de buceo industrial, pero la verdad jamás me imaginé estar aquí."
 
La labor de Cu Cámara consiste en introducirse al drenaje 3 ó 4 ocasiones al mes y estar de 6 a 7 horas adentro, pero si es época de precipitaciones todo cambia y las jornadas pueden ser más largas y constantes para evitar las inundaciones.
 
"Cuando llueve mi esposa sabe muy bien cómo estoy; ella misma me lleva mis cosas y dice, anda, ya te van hablar deja de estar nervioso."
 
Días de descanso o vacaciones, explica, pueden cambiar en cualquier momento. "Me han sacado de bodas, reuniones e incluso una vez dejé a mi familia en Acapulco porque me llamaron por una emergencia, ya que no hay nadie quien me supla".
 
La tarea que tiene no es sencilla, pues además la realiza a ciegas, "pero una vez que te sumerges sabes qué debes hacer y cómo. El olor es muy desagradable, pero terminas acostumbrándote. Yo, por ejemplo, ya no requiero ni de loción", bromea.
 
Accidentes, apunta, "gracias a Dios" nunca me han ocurrido; sin embargo, el que hace 16 años quitó la vida a uno de sus compañeros "cambió todo".
 
Recuerda que al estar trabajando en la presa de Tacubaya, con una compuerta que estaba obstruida, "el agua se llevó a un amigo". Fue un suceso lamentable que "nos cambió a todos, me fortaleció mucho y ayudó a ser más precavido, pero sobre todo a entender nuestras limitaciones".
 
Su herramienta principal es un traje que tiene un peso de 40 kilogramos y la única conexión que tienen con el exterior es mediante un cable de acero que denominan cordón umbilical. De éste "depende nuestra vida".
 
Hoy en día en su equipo de trabajo se encuentran Alejandro Juárez, de 23 años, y Agustín Isaías Chávez, de 32 años, dos jóvenes que Cu Cámara entrena para que en sean los siguientes buzos del drenaje y a quienes piensa dejar como herencia su traje especial y una zona de trabajo que define como única en el mundo.
 
 
[Foto: Braulio Tenorio]
 Experto en quitar chicles
 
 
Es un trabajo sucio, "pero alguien tiene hacerlo". Desde hace 5 años Raimundo López, de 49 años, se sumó a un proyecto que puso en marcha el Gobierno del Distrito Federal: quitar la goma de mascar de las calles del Centro Histórico.
 
Hoy, es un programa permanente que a diario levanta entre 2,000 y 2,500 chicles que las personas tiran no sólo en las calles, sino que también pegan en las paredes de los inmuebles del Primer Cuadro de la ciudad.
 
Retirar los chicles de la vía pública, explica, es un trabajo tardado y que sale caro a la ciudad, pues por cada goma se invierten entre 1 y 3 pesos.
 
Aunque parece algo sencillo, afirma que no es así, pues se tienen superficies porosas en donde la goma está incrustada o sitios donde tienen bastante tiempo.
 
Todos los días trabaja 8 horas a partir de las 7:30 de la mañana y la jornada depende de las inclemencias de tiempo y hasta de las personas, "las cuales no respetan nuestra labor y en lugar de agradecer se molestan".
 
El dolor de espalda es muy común en este oficio, pues es mucho el tiempo en que el trabajador está agachado o parado.
 
Para levantar los chicles de las calles, la cuadrilla de limpieza del Centro Histórico -conformada por 6 personas y 10 maquinas- utiliza desde hace año y medio un nuevo método que consiste en desintegrar la goma de mascar.
 
"Antes se necesitaba de unas aspiradoras que eran muy pesadas, ahora es más sencillo, pero no menos tardado."
 
Hoy nos ayudamos con un líquido especial que se vierte sobre el chicle, luego la máquina desintegra el material para que posteriormente una limpiadora levante el polvo.
 
"Siempre he formado parte del área de mantenimiento del gobierno capitalino, pero cuando me dijeron que se tenía un nuevo proyecto nunca imaginé en lo que consistía, el primer día de trabajo fue muy accidentado porque no sabíamos manejar muy bien las máquinas, pero una vez que aprendes es sencillo realizarlo y sobre la marcha vas aprendiendo."
 
Tan sólo limpiar Madero, dijo, requirió de seis meses de trabajo, en que en un mes se retiraron 77,000 chicles.
 
López no imaginaba la cantidad de chiles que la gente tira, y menos pensó que en los arcos de las oficinas del gobierno y el centro joyero se fueran a encontrar una cantidad tan grande de chicles. "¿Quién se da el tiempo para colocar un chicle allí?", se pregunta y él mismo responde: "todos".
 
Cuenta que "hay hombres y mujeres que nos ven trabajar e inmediato tiran su goma de mascar cerca de nosotros para que la levantemos; eso no se vale, y luego salen con la gracia de que por eso pagan sus impuestos".
 
Sólo en la Plaza de la República hay tantos chicles sobre el piso -10,000 por metro cuadrado- que la autoridad del espacio público tiene otra cuadrilla de trabajadores que los remueven, no con máquinas sino con cuñas, escobas y agua.
 
El programa ha sido tan exitoso que pronto se extenderá a otras zonas de la ciudad, por ahora López y sus compañeros sólo dan apoyo con su labor en zonas de Cuajimalpa, Reforma y Bellas Artes, entre otras.
 
 El embalsamador
 
La familia Quiñónez vive de la muerte. Sí, aunque suene extraño, su trabajo depende de "los clientes más lindos que pueden existir y de los que nunca han recibido un reclamo": los muertos.
 
Su profesión: embalsamadores, es decir, aquellos que se encargan de preservar los tejidos de una persona que perdió la vida y darle una imagen agradable a la vista de la familia que se despedirá de él.
 
Víctor Daniel Quiñónez Soto es administrador, por más de 20 años trabajó para la banca; incluso llegó a ser gerente regional de Banca de Fomento hasta 1996, cuando ingresó a trabajar como administrador en la compañía Servicios Especializados Tezcucano, una funeraria ubicada en Irapuato.
 
Fue aquí donde en 2000 lo convencieron de estudiar la carrera técnica de embalsamador, la cual ha venido desempeñando desde hace ya más de 12 años.
 
"La mayoría de la gente le tiene miedo a los cadáveres", admite Quiñónez, quien responde así a la pregunta de por qué su esposa e hija menor tuvieron que "entrarle" a la actividad, al no haber nadie que quisiera fungir como ayudante.
 
Es así que desde hace 11 y 9 años, respectivamente, María de Lourdes e Isabel Isis (a quien ya no le interesó seguir estudiando) se involucraron con él en esta actividad para la que, asegura, no se requiere de sangre fría o valor inusual.
 
"Mentiría si te dijera que no he sentido miedo, pero como no me gusta asustarme ni siquiera veo películas de terror; entonces no pienso en ello", sostiene Víctor Daniel, para quien los cuerpos más que miedo le producen una sensación de desagrado por el estado en el que se los entregan: sucios, sangrando, llagados o drenando líquidos.
 
"Creo que más que valor se requiere de una preparación que no es cosa del otro mundo, pero se necesita un alto sentido de ética, de profesionalismo, y sobre todo tener siempre muy en cuenta la regla de oro: no le hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti", sostiene.
 
Quizá lo que hasta ahora puede resultarles más desagradable de su labor es trabajar con aquellos cuerpos que fallecen por cuestiones violentas y que tienen que ser autopsiados. "Lo que más me desagrada es lavarles el intestino", asevera.
 
La técnica de embalsamamiento consiste en aplicar una inyección intravascular de líquido conservador (formol), ya sea por las arterias, subclavia, braquial, femoral o la arteria carótida -que es la más utilizada por estar a flor de piel-, tras la cual se masajea el cuerpo enérgicamente para estimular la circulación.
 
Posteriormente se procede a la extracción de líquidos, gases y materia fecal que pueda tener el cuerpo en las cavidades torácica y abdominal mediante aspiración; se asea el cuerpo, se viste; en el caso de las damas se maquillan y los varones se rasuran. "Además de embalsamadores, somos artistas", dice.
 
En 12 años llevan trabajados cerca de 6,000 cuerpos, "con un porcentaje mínimo de error, ya que sólo se me han descompuesto tres cuerpos: dos que se me amorataron y uno que generó gases".
 
En el ámbito personal este trabajo les ha hecho ver que la vida es un regalo y que no se tiene un contrato indefinido, por lo que la familia Quiñónez sugiere vivir cada momento como si fuera el último.
 

[Foto: Edgar López] 
 
 Domadora de tigres
 
Son las 9:30 de la mañana y, como desde hace ya 12 años, Diana Guadarrama Ledezma tiene todo listo para soltar a los dos tigres que ese día serán exhibidos al público visitante del Zoológico de Chapultepec.
 
Sólo bastó un silbido de su parte para que, como si fuera un pequeño gatito, "Mao" -un tigre de bengala blanco- acudiera al llamado de la que ha sido su cuidadora durante los dos años que tiene de vida.
 
"Todos reconocen mi voz y responden por su nombre", comenta Diana, quien dice sentir un aprecio especial por dos de los cuatro ejemplares con los que cuenta el zoológico: "Mao" y sobre todo con "Darmany", con quien ha convivido por 7 años.
 
"Los llegas a querer como una mascota; aunque, claro, nunca puedes perderles el respeto, pues finalmente son animales salvajes con los que cualquier error puede costarte la vida", sostiene.
 
Su labor comienza a las 7 de la mañana, cuando entra a las "casas de noche" (como se le conoce a la zona donde los animales se resguardan) y analiza si los animales requieren limpieza o si hace falta alguna reparación de mantenimiento o jardinería.
 
Más tarde acompaña al médico en la revisión de los ejemplares: ve si comieron o si tomaron agua, por ejemplo, para posteriormente sacar al ejemplar al exhibidor para asear sus casas.
 
"Como mi trabajo no hay otro y es uno de los que más satisfacción me da al saber que con él estoy contribuyendo al cuidado de esta especie, que pocos tenemos la suerte de tener tan cerca", asegura.
 
Pero a Diana siempre la divide de los tigres un barrote con candados o las puertas de mallas, lo que no ha resultado un impedimento para formar un vínculo con estos seres a los que considera como unos "gatos".
 
"Aunque sí te imponen, sobre todo cuando vocalizan", admite tras agregar que le ha tocado de todo, desde ejemplares agresivos, hasta los que no rugen o no hacen caso a las órdenes, con quienes dice: "¡Vaya que tengo paciencia!".
 
Ella lleva trabajando 23 años en el zoológico y su llegada no fue una casualidad, pues conocía a una persona que laboraba aquí, gracias a la cual empezó trabajando con las aves y posteriormente en el herpetario.
 
"Fui yo quien pedí que me cambiaran de área y me ofrecieron los tigres, un lugar al que nunca pensé llegar y menos siendo mujer; pero acepté y aquí estoy desde hace ya 12 años", recuerda Diana, quien define su trabajo como único y a la vez muy rudo, pues lo mismo levanta tarimas de 25 kilos, que puertas de guillotina a las que ya "les ha agarrado la maña".
 
A lo largo de estos años Diana ha visto llegar y morir ejemplares, pero le congratula pensar que de su parte han recibido el mejor trato y servicio. Para ella su mayor satisfacción es ver bien a los animales y más aún, que el público lo reconozca.
 

[Foto: Arturo Monroy]
 Soldado de carne y hueso
 
Los soldaditos nunca fueron su juguete preferido, pero siempre le gustó cómo se veían, señala José Luis Carrillo Hernández, joven de 21 años que desde hace seis decidió representar un soldado "de plomo" en las calles de la ciudad, lo cual le ha funcionado bien y le permite hoy mantener a su familia.
 
A partir de las 14 horas, todos los días Carrillo Hernández se ubica en Gante y Madero en el Centro Histórico; se sube en una base, toma su rifle y congela su sonrisa.
 
"Nunca estudié mímica ni nada, pero viendo a otros personajes me animé para hacer una estatua viviente. Ahora muchos me conocen como el soldado, personaje que me ha ayudado a salir adelante."
 
Los niños son quienes más le buscan, "y para no asustarlos les doy un dulce"; los grandes sólo se le acercan para tomarse una foto.
 
"Hago reír, llorar y en ocasiones hasta asusto a algunos que caminan distraídos, cosas que disfruto mucho, y me sirve para perfeccionar mi técnica".
 
Aunque Carrillo Hernández nunca terminó la primaria, hoy está dispuesto a continuar sus estudios, gracias a que en su trabajo le va bien económicamente y le permite tener tiempo libre al día. "Es bonito hacer lo que te gusta y más que recibas un pago por ello."
 
Carrillo Hernández se caracteriza en 2 horas, cosa no sencilla porque se requiere de paciencia para poder cubrir todo su cuerpo con pintura.
 
Lo más difícil para algunos y sencillo para él es no gesticular ni reír, pero sobre todo permanecer estoico por periodos largos.
 
"Siempre que estoy arriba pienso en cosas que no debería, y en verdad es muy complicado que me hagan reír, eso lo apuesto."
 
Acota: "Hay personas que todavía se sorprenden cuando nos ven e incluso llegan a confundirnos con verdaderas estatuas", y recuerda cómo, cuando apenas iniciaba en este trabajo, una señora se escondió detrás de él para cambiarse las medias.
 
"Cuando me moví pegó el grito de su vida, y con las medias abajo corrió por Madero". Ese día, asegura, "las propinas fueron mayores e incluso hubo quien pensó que era algo preparado".
 
Su técnica, dice, cada día se perfecciona, y aun cuando no estudió en ninguna escuela, hoy se ubica al nivel de otros profesionales.
 
"Siempre he dicho que la calle es la escuela donde se aprenden muchas cosas."
 
Su familia (esposa e hija) lo apoyan en su labor, incluso "fue trabajando cuando conocí a mi esposa. Ella pasaba siempre por aquí y yo la veía en silencio".
 
Lo más complicado de su labor -anota- es siempre el clima, pues si llueve, hace calor o viento, ello dificulta mi representación.
 
"Pero se cómo sortearlo y así seguiré pues esto es lo mío, en lo que quiero continuar", concluye Carrillo Hernández, a quien le hubiera gustado llegar a ser actor de televisión "para que me reconocieran en las calles".
 Limpiador de ventanas en rascacielos
 
“El mío es un trabajo de altura”, asegura Pedro Cardoso, quien todos los días busca escalar un peldaño más, no sólo para sobresalir en la vida, sino para alcanzar edificios cada vez más altos, que para él se traducen en fondos.
 
Su labor es conocida como “limpieza de altura”, a la que llegó luego de haber pasado por actividades en construcción, pintura y electricidad, las que sin duda lo ayudaron a llegar hasta este oficio, que lleva ejerciendo desde hace ya 15 años.
 
Antes dependía de jefes, pero no me gustaba cómo me trataban, por eso luché por tener una solvencia y finalmente conseguí tener mi empresa: Servicio Cardoso, con la cual llevo ya algunos años, dice.
 
Recuerda que comenzó utilizando lazos y “garruchas” para trepar, lo cual le hacían sentir un poco de miedo, pero poco a poco se fue haciendo de sus herramientas y ahorita ya tienen equipo de alpinismo profesional “hasta americano”.
 
Su empresa es familiar: “somos 8 personas: 4 familiares y 4 conocidos, ¡ah! y la secretaria que contesta, que es mi esposa (ríe), todo queda en familia.
 
La empresa trabaja los 365 días del año y en toda la República Mexicana. De hecho afirma que si hay algo que le gusta de esta actividad “es viajar”, lo cual sucede a menudo.
 
Su labor comienza haciendo las cotizaciones, para la cual analizan el área a limpiar o arreglar, que les permita saber qué equipo de trabajo se necesitará (si es sólo de limpieza o también de quitar sarro o hacer algún arreglo especial), los días que les llevará, etcétera.
 
“No me gusta conformarme, nosotros no somos sólo de lavar cristales, también pintamos, lavamos edificios o arreglamos cantera; todo se hace a detalle, si se requiere aplicar líquidos o algún aditamento, también lo hacemos”, explica.
 
Aunque no le tiene miedo a las alturas, admite que siempre está el “nervio”, porque cada trabajo que se empieza, implica un nivel de seguridad que no siempre está garantizada, y no por sus herramientas o equipo de trabajo, sino por las formas o los lugares donde deben asegurarse para escalar.
 
“Y sí, la verdad sí tienes la sensación de miedo, al pensar que algo se puede romper”, admite Pedro, quien comenta que ya ha sufrido accidentes de cuidado.
 
Recuerda que fue hace 9 años cuando se resbaló y fue a parar a un hospital donde le dijeron que tenía fractura de columna.
 
“Creo que me pasó porque uno de joven no toma las precauciones necesarias, crees que nunca te va a pasar nada, pero me pasó. Lo bueno es que ahorita de grande, ya tratas de tomar todas las precauciones necesarias”, indica el pequeño empresario de 34 años.
 
Por lo pronto él “tiene bien asegurada a su gente”, no sólo con el equipo, sino con las medidas de cuidado que siempre toman, aunque reconoce que esta actividad es de alto riesgo y nunca se está exento.
 
“Pero cualquier trabajo implica un riesgo y el mío, me gusta mucho, así que lo asumo”, dice Cardoso, quien reconoce que en este trabajo más que la fuerza, importan la habilidad y la destreza.