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Con ojo biónico, buscan regresar la vista a sus padres

10 febrero 2014 4:12 Última actualización 30 octubre 2013 5:59

  [Fabricar unos ojos biónicos para sus progenitores invidentes, es el sueño de 2 jóvenes mexicanos / Édgar López / El Financiero]


 
Sandra Marina
 
Mediante un cascabel en la ropa o poniendo extrema atención en sus respiraciones, Ventura conseguía saber dónde se encontraban sus hijos. Desde pequeños, ella siempre se las ingenió para estar al tanto de ellos. Un día les puso una venda en los ojos para que valoraran y entendieran el significado de su discapacidad y la de su papá.
 

Esa enseñanza fue más allá. David Alejandro y José Manuel, hoy de 21 y 19 años de edad, respectivamente, decidieron estudiar biónica y mecatrónica para lograr el tan anhelado sueño que desde niños comparten: fabricar unos ojos biónicos para los “mejores padres del mundo”.
 

Ya existen varios proyectos de ojos biónicos en la facultad (IPN), pero ninguno ha podido pasar de lo estético o de ver sólo sombras, como los creados en Alemania y en Japón. Yo quiero ser el primero en conseguir que una persona con debilidad visual vea imágenes reales y coloridas.
 

“Si en la antigüedad se descubrió la electricidad, algo que era difícil de pensarse en ese entonces, no veo porque no pueda lograr mi sueño”, explica David Alejandro Fuentes Cuenca.
 

Comentó que para finalizar el quinto semestre de ingeniería biónica que actualmente cursa, deberá presentar la prótesis de un ojo estético con movimiento, lo cual es de suma importancia para él porque significa el inicio de su proyecto de ojo biónico.
 

“Será sólo un comienzo porque necesitaré de la asesoría de varios especialistas para establecer a detalle su funcionamiento, trabajo con el que me gustaría graduarme”, y argumenta: “Si en la antigüedad se descubrió la electricidad, algo que era difícil de pensarse en ese entonces, no veo porque no pueda lograr que una persona vuelva a ver”.
 

Manuel, su hermano menor, iba ingresar a la carrera de ingeniería industrial, pero afirma que la mecatrónica es una profesión más perfeccionada para su objetivo, debido a que se complementa con electrónica, automatización, mecánica e informática.
 

“Nuestros padres son la principal inspiración en este sueño, pero de lograrlo podremos ayudar a mucha gente. Además, al combinar los conocimientos de ambas carreras, nuestra idea es formar una empresa multifuncional que produzca una variedad de objetos que sirvan a las personas discapacitadas o no.
 

“Por desgracia, actualmente los discapacitados siguen siendo un sector de la sociedad muy marginado. Salir a las calles significa una situación muy difícil para ellos.
 

“Algo muy sencillo, pero que les ayudaría mucho, sería liberar las banquetas, pero no se hace porque no existe conciencia o interés de las autoridades. A la gente no le importa obstruir banquetas y calles con llantas, anuncios, macetones en las esquinas, cajas de refrescos, entre otros objetos”.
 

Ventura interrumpe la plática. Tras valerse de su desarrollado sentido auditivo añade: “Ya llegó tu papá”, su esposo, Manuel Fuentes aún caminaba por la calle a unos 70 metros de la entrada de la pequeña casa.

Feliz... pese a todo

Ventura hace honor a su nombre. Ella es una mujer de 44 años de edad que evoca felicidad. Su plática es amena y picarona; roba sonrisas o carcajadas en cualquier momento. Pese a que de repente tuvo que enfrentar una vida diferente, nunca se queja. Siempre su conversación gira positiva y hacia adelante.
 

Ventura Concepción Cuenca León relata que cuando tenía ocho años empezó con una infección en los ojos conocida como uveítis. Paulatinamente fue perdiendo la vista hasta alcanzar la totalidad a los 17 años de edad. Ese día aún lo tiene muy presente: 15 de octubre de 1986, cuando estaba por entrar al segundo año de preparatoria.
 

“Había tenido tantas crisis de uveítis que pensé que solamente era otra más y que en cualquier momento recuperaría la visión”. Recuerda que las últimas imágenes que alcanzó a ver fueron los partidos del Mundial de Futbol 1986, realizado en México, “pero de manera borrosa”.
 

Narra que cuando llegó dicha limitación no le causó tanto trastorno, porque sabía que en cualquier momento perdería la vista. “Lo malo es que los doctores nunca supieron decirme porqué se originó esta infección, porqué me atacó de tal forma. De mis cuatro hermanos y padres, sólo yo la presenté.
 

“Sin embargo, cuando ya nada pude ver, fue un descanso para mí, pues terminaba mi tormento de pensar cuándo sucedería. Para entonces ya estaba preparada. Ya había acudido a una escuela de rehabilitación, donde aprendí el sistema Braille en escritura y lectura; a usar el sentido de orientación, movilidad y el ábaco, así como para adaptarme a la vida cotidiana, como es lavar, planchar, cocinar, y a asearnos”.
 

Recuerda que impartía clases de rehabilitación en Comité Internacional Prociegos y estudiaba primer semestre de Letras y Literaturas Hispánicas en la UNAM, cuando conoció a su esposo.

¿Te ganó el amor Ventura?

Me ganó todo.

De memoria

Manuel Fuentes Carrasco, de 42 años de edad, trabaja en el área de Capacitación de la productora de galletas y golosinas Gamesa.
 

Desde hace 15 años, capacita a los trabajadores y lleva el programa de inducción de la empresa.
 

Manuel afirma que pese a que son otros tiempos, la falta de oportunidades laborales sigue siendo una de las más grandes limitantes para los discapacitados.
 

“Y cuando hay vacantes son para puestos con salarios muy bajos. Yo iba a entrar al área de producción, pero a mí me ayudó mucho que en IBM fui uno de los primeros discapacitados del país en utilizar computadoras parlantes”, narra con orgullo y señala una foto que cuelga de la pared de la sala, donde se ve acompañado del presidente Zedillo luego de otorgarle un reconocimiento.
 

“Cuando le platiqué al gerente de Gamesa que sabía manejar las computadoras parlantes, me contrató y me dijo que me compraría una para que entrara al área de Capacitación. Para mí fue sorprendente que el gerente haya tenido esa decisión de inmediato. Ahora el está de director operativo en Centroamérica”.
 

Manuel narra que desde que tenía 18 años perdió la vista. De repente tuve una crisis muy fuerte y al año siguiente ya no veía nada. “Pero aún recuerdo los colores, a mucha gente, a mis papás. Aunque no conocí a mis hijos, me hice una fotografía de ellos y así los miro”.
 

Destaca que tras la pérdida de la vista, lo que más ha desarrollado es la capacidad de retención de la memoria: “En la empresa hay 11 sistemas de calidad que me aprendí de pies a cabeza. Cuando se va la luz, recurren a mí para que dé la capacitación porque no utilizo cañón o computadora para exponer; de alguna manera soy su biblioteca, me consultan para todo”.
 

La familia
 
La familia Fuentes Cuenca es ejemplar. Pereciera que la discapacidad de los padres permitió que, como los demás sentidos del cuerpo humano, se desarrollara a su máxima capacidad la confianza, comunicación, solidaridad y los lazos de unión entre ellos.
 

Ventura explica que desde niños, Alejandro y Manuel mantienen una gran conexión con ellos. “Sin decirles nada, parecía que sabían que no veíamos. Si querían algo emitían sonidos o nos lo indicaban con el tacto. Por ejemplo, si tenían sed o hambre nos llevaban al garrafón de agua o a la estufa.
 

“Yo tuve que ser muy hábil para atenderlos y cuidarlos. Por ejemplo, para ubicar dónde estaban en casa, ponía mucha atención para encontrar su respiración o les colocaba un cascabel en su ropa. De más grandecitos les compramos una pantuflas chifladoras. Lo malo es que ese truco duró poco porque se dieron cuenta de que no podían hacer maldades y se las quitaban”.
 

Alejandro y Manuel afirman tener “a los mejores padres del mundo” y dicen que aunque tuvieron una infancia divertida también fue muy dura en la escuela. “Fuimos objeto de bullying. Nuestros compañeros fueron muy crueles. Se burlaban de la ceguera de mi mamá y de su torpeza para moverse.
 

“La situación cambió cuando decidimos darnos a respetar, pero eso sucedió sólo después de una golpiza. Después hasta recibíamos aplausos de los compañeros cuando los maestros presumían nuestras calificaciones durante las juntas”.