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Ciudad Juárez vuelve a la vida

06 febrero 2014 7:0 Última actualización 25 diciembre 2013 5:9

[Los jóvenes de Ciudad Juárez han retomado la vida nocturna. / New York Times] 




© 2013 New York Times News Service
 
 

CIUDAD JUÁREZ, México.- Cuando David Lujana cerró su restaurante en esta ciudad, y se mudó a El Paso, Texas, en 2010, su esposa acababa de sobrevivir a un intento de secuestro y había ocho homicidios diarios. Era la capital de los asesinatos en México y un lugar de éxodos masivos, de donde huyó aproximadamente un tercio de la población en solo unos cuantos años sangrientos.
 

Sin embargo, ahora, están regresando miles, encabezados por jóvenes como Lujana. Con una reducción de la violencia a un cuarto de su punto máximo, Ciudad Juárez, un símbolo perenne de devastación por la guerra de las drogas, experimenta lo que muchos aquí describen como un auge.
 

Surgen restaurantes nuevos cada semana, unos cuantos con ritmo de moda. Gradualmente, se están volviendo a llenar las escuelas y las casas en algunos barrios, en tanto que nuevos centros nocturnos palpitan los fines de semana, abarrotados con adolescentes y veinteañeros que insisten en reclamar la libertad de trabajar y divertirse, sin que los consuma la preocupación. “Es una ciudad diferente”, dijo Lujana, de 31 años, quien retornó hace unos meses. “El narcotráfico reculó; ya no es buena onda ser narco”.
 

Juárez ha sido, con frecuencia, la ciudad que indica las tendencias en México, desde los inmigrantes que se dirigían al norte en los primeros ferrocarriles mexicanos en los 1880, pasando por el crecimiento de las fábricas y el libre comercio un siglo después. Después empezaron los asesinatos, un arrebato de tres años que empezó en 2008, y ahora un alivio que siguen anhelando otra zonas, mientras esta ciudad polvosa intercambia la parálisis y el dolo por una esperanza obstinada, los traumas no resueltos y la rápida reinversión.
 

Los críticos en la ciudad temen que los cambios sean meramente superficiales, y aún no hay acuerdo en cuanto a qué, con exactitud, ha llevado a la caída drástica en la violencia. Algunos la atribuyen a una agresiva política de aprehensiones por parte de la policía; otros, que los peores asesinos han muerto y se fueron, o que, simplemente, el cartel de Sinaloa derrotó a sus rivales, dejando una especie de paz que rápidamente podría perderse.
 

Cualquiera que sea la lección que Juárez tiene para México, sigue siendo esquiva, mientras el país batalla con la anarquía que sigue evolucionando. Las autoridades federales luchan por controlar a dos estados en el Pacífico, divididos entre justicieros y pandillas, mientras que, en el ámbito nacional, las fugas de las cárceles, los asesinatos horripilantes y los secuestros en un número elevado récord siguen en los encabezados de primera plana de los diarios.
 

No obstante, gran parte de Ciudad Juárez parece haber revivido, y se siente así, un vuelco visible de inmediato al llegar. Hace dos años, los espectaculares en Juárez eran una vista triste, estaban viejos y descoloridos; los negocios cerraban o funcionaban a la sombra para evitar las extorsiones.
 

“Todos tenían que permanecer ocultos, como ratas”, señaló Cristina Cunningham, la presidenta de la asociación de restaurantes en la ciudad.
 

Ahora, letreros nuevos y brillantes anuncian estudios de baile, casas en venta y restaurantes nuevos en el bulevar Gómez Marín, donde se abrieron al menos 15 nuevas fondas. Carteles promueven espectáculos que regresan por primera vez en años, como obras de teatro y circos, y han llegado a la ciudad el doble de turistas estadounidenses este año, en comparación con el año pasado, según la Cámara de Comercio.
 

Las noches, para sorpresa de quienes han venido desde 2008, ya no parecen zona de guerra con toque de queda al anochecer. Hay tránsito después de oscurecer. Los choferes establecen contacto visual, y la espera de media hora para tener mesa en los restaurantes a la hora de cenar se ha convertido en uno de los muchos signos del renacimiento.
 

“Ahora puedes caminar por las calles”, comentó Jesús Rodríguez, de 25 años, claramente asombrado. “Tienes que estar alerta, pero puedes hacerlo”.
 

Esa simple mejoría está en el origen del cauteloso resurgimiento de la ciudad, y de su evolución en gustos y actitudes. Una noche reciente, en el restaurante de Rodríguez, La Toscana, inaugurado en enero, con una amplia variedad de pizzas y platillos pequeños en los que se mezclan los sabores italianos y mexicanos, todas las mesas estaban llenas, en su mayor parte con quienes habían sido una especie en peligro de extinción en la ciudad apenas hace un par de años: parejas de jóvenes que salían en una cita.
 

Rodríguez, delgado y tímido, con filipina negra de chef, dijo que regresó a Juárez tan pronto como pudo tras haberse mudado a Guadalajara en 2006 para ir a la universidad y después se mantuvo alejado a causa de la violencia. Encontró el dinero para abrir La Toscana con “el sacrificio de la familia”, dijo, y se arriesgó con un negocio nuevo porque sus amigos y él estaban cansados de postergar sus aspiraciones.
 

“Estuvimos mucho tiempo a la espera”, notó. “Solo buscábamos algo de luz”.
 

Lujana necesitaba convencerse más. Se resistía cuando sus amigos lo empujaron a cruzar a Juárez desde El Paso para tomar unos tragos en un centro nocturno nuevo, en 2012. “Seguía asustado”, notó. “Seguía pensando en que alguien se robaría mi coche. Entonces vi a mis amigos y algunos tenían mejores coches que el mío”.
 

Ya no estaba contento en El Paso. Los impuestos eran altos en el restaurante del que era copropietario, pocos los clientes y, en ocasiones, los meseros simplemente no se presentaban a trabajar. Muchos texanos, dijo, parecían hostiles hacia cualquiera de Juárez.
 

“Era muy deprimente”, señaló Luis Rodríguez, de 40 años, el socio de Lujana. “Estábamos creando empleos, pagando impuestos, pero no nos trataban muy bien”.
 

Hace como un año, empezaron a buscar de nuevo un lugar del lado mexicano de la frontera, donde las rentas eran cerca de 60 por ciento más baratas. Lo encontraron cerca de otros restaurantes que hacía poco habían agregado servicio de cenas después de años de cerrar temprano, y recrearon la parrilla brasileña que liquidaron en El Paso.
 

“Soy optimista”, dijo Lujana durante la típica hora pico de la comida. “Antes, mis amigos iban a El Paso a divertirse. Ahora vienen aquí”.
 

Muchos jóvenes dicen que ello se debe a que Juárez se ha hecho más interesante.
 

“Los clubes hacen cosas nuevas”, comentó Aimé Tenorio, de 19 años. “Tienen DJs muy buenos o modelos de Victoria’s Secret. Es tan fácil abrir un bar aquí, así es que a la gente realmente le encanta”.
 

Vienen hasta los que no han regresado para quedarse. Lo que se había considerado una locura – un viaje de un día para otro a Juárez – es ahora, para muchos, una aventura que vale la pena. Aura, uno de los primeros centros nocturnos en abrir con el nuevo auge, hasta ofrece un paquete de jueves a sábado, con servicio de autobús desde El Paso, barra libre en el centro nocturno, habitación de hotel y viaje de regreso por cerca de 350 dólares. Otra empresa, Alive, proporciona transporte de ida y vuelta desde El Paso en una sola noche.
 

“El negocio es bueno”, señaló Arturo Velarde, de 26 años, un socio en Aura, cuya capacidad es de unas mil 200 personas. “Ya no es como antes, pero con suerte, lo será”.
 

Una recuperación completa, no obstante, no es, quizá, hacia donde se dirige Juárez. Antes de que aumentara tanto la violencia, era una ciudad abierta, de trabajo interminable y personas recién llegadas de todo México. Se la llamaba con frecuencia “la hermana mayor que mantiene al resto de la familia”. Sin embargo, expertos dicen que es posible que Juárez, donde la población se triplicó de 1970 a 2000, la cual es de 1.2 millones de habitantes, nunca tenga su crecimiento anterior. El turismo es de la mitad de lo que era en 2007. Los organismos empresariales, los directores de escuelas y habitantes que regresan estiman que ha retornado sólo un 10 por ciento de los que se fueron.
 

Alberto Ochoa Zezzatti, un sociólogo de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, publicó recientemente un informe en el que asevera que unas 450 mil personas huyeron de la ciudad de 2007 hasta 2011. Lo mejor que podría esperar Juárez, dijo, con base en los patrones migratorios después de los desastres naturales, es que pudiera regresar poco más de 20 por ciento.
 

Y el sentido de sí misma de la ciudad todavía es inestable. Los nuevos conjuntos habitacionales que atraen a quienes regresan tienen nuevas áreas verdes detrás de muros muy altos. “Empezamos de cero”, notó Cunningham, de 50 años, cuya familia abrió hace poco el centro nocturno Kaos. “Esta ciudad ha visto muchos traumas, y hemos cambiado para siempre”.
 

Muchos dicen que los males de Juárez sólo mutaron, o desaparecieron de la vista. Los índices de sentencias penales siguen siendo abismales. La extorsión sigue siendo un problema, en especial para los negocios que durante años han estado pagando, y siguen siendo mortales muchos de los barrios pobres.
 

Algunos ven el fracaso a la vuelta de la esquina. Cunningham expresó que funcionarios del gobierno han estado muy ocupados sintiéndose orgullosos de sí mismos como para notar que hay demasiados negocios para tan pocos clientes.
 

“Si ellos no hacen algo por esta ciudad, se va a colapsar todo esto”, dijo.
 

Sin embargo, para muchos en la ciudad, la esperanza apenas empieza a surgir. Lujana comentó que la mayoría de sus amigos y parientes regresaron de prisa hace poco, muchos con ideas nuevas y la determinación de hacer que Juárez sea más próspera, responsable y divertida.
 

El día de Halloween este año, multitudes de jóvenes – la mitad de El Paso, la mitad de Juárez – bailaron, bebieron y rieron en centros nocturnos con música de gran energía y sangre falsa en las paredes, como si se burlaran del pasado violento, esperando hacerlo inofensivo.
 
 

“Los jóvenes aquí, ahora, queremos una cultura diferente”, señaló Lujana. “Queremos una vida distinta”.