AFTEROFFICE
culturas

Waters: abogado y pastor

"En el lenguaje se esconde una especie de mitología filosófica que irrumpe nueva en cada instante". Nietzsche juega al cronista de sucesos, a la libreta de apuntes. Lo ve todo con una claridad reporteril asombrosa: "El lenguaje es constante evangelista y abogado".
Mauricio Mejía
02 octubre 2016 21:49 Última actualización 03 octubre 2016 5:0
Waters.  (Alejandro Meléndez)

Waters sabe, como Roberto Calasso, que ahora sólo es perdurable lo que se borra fácilmente. (Alejandro Meléndez)

Roger Waters, en la pluma del alemán, vino a México con esas tareas al hombro: paseante y sombra. Alivio que intercede ante la inclemencia del desaliento. En un mundo cargado de ligereza (que ya no sueña en revoluciones ni en liberaciones, como protesta Lipovetsky) el viejo miembro del club al que llamaron Pink Floyd (“El bajista con cara de caballo”, como le llamaban en los tiempos de las etiquetas) montó una puesta filosófica sobre la mitología del lenguaje musical, lo que va quedando entre los escombros de la Historia.

La economía socialcapitalista ha producido el fenómeno del nicho, de la cofradía, la multiplicidad de esferas que apenas se tocan en el espacio colectivo del hiperconsumo y la simulada protesta ante la avalancha prosaica de la violencia. Se han ido para siempre las grandes masas, los grandes acarreos; el pop. La poshistoria es campo de los iniciados, de las logias; fragmentos de mustias fraternidades.

La labor pastoral de Waters en el Foro Sol y en el Zócalo obedece a lo que ya hace muchas lluvias había resuelto Hanna Arendt: la sociedad ha ocupado la esfera pública. Y lo hizo la semana pasada a través del goce, de la descarga, de desintoxiación, como subraya el mismo Lipovetsky. La distinción y la diferencia han pasado al campo personal del individuo desmasificado, ajeno al barco del Estado.

El jardín central del campo de los sueños (el campo de beisbol es, antes que otra cosa, el terreno metafísico del Ser, supeditado al rigor exacto de la matemática) sirvió a Waters para erigirse como un apóstol (evangelista y abogado) del derrumbe del mito de Sísifo: el siglo XX fue, sobre todo para Pink Floyd, un pesado bulto sobre los hombros. La Segunda Guerra, el precario Estado de Binestar, la fragilidad, la soledad y la pesada mochila ideológica de la Guerra Fría dejaron huella en los rostros de las juventudes de la segunda mitad de la centuria más desgarradora y turbulenta de la historia.

Waters sabe, como Roberto Calasso, que ahora sólo es perdurable lo que se borra fácilmente. Los espectadores jóvenes que llegaron de oídas a los conciertos, hijos del destiempo, cuyas almas deben de salir a la plaza con frecuencia para no estropearse, saludaron al portavoz de lo remoto con celulares y tabletas para evitar la angustia que se impregnaba en el recinto de la pelota: el capitalismo inmaterial es lo de moda: la cámara que impide al ojo ver y al oído escuchar. El rigor de la pantalla. Waters dictó una mitología filosófica a una asamblea cargada de prontitud.

El sobreviviente de Pink Floyd (esa marca sustentada en el bochorno después de la salida de Syd Barret y ajena al carisma de los Beatles y los Stones) reconoce en su acción política que la estadística se ha convertido (Arendt, dixit) en la ciencia social por excelencia: otro ladrillo en la pared. El apellido “progresivo”, inaugurado por Yes y Mike Oldfield, fue el título civil utilizado por la banda más influyente en el relato musical de la posguerra. La separación de los Beatles dejó al pop sin significados. En medio del caos, los Floyd dieron su propia interpretación al fuego de las ruinas.

Waters es socrático cuando afirma que los hombres están enamorados de la inmortalidad. Para la pequeña logia del discurso del lado oscuro de la luna, el testigo egoísta de la selfie fue baladí. Las noches de Waters en México pertenecieron (como aquellas del Berlín de la reconciliación) a lo que Nietzsche llamaba el “imperio de los mil años”. Rob Riemen las engloba en una linda apuesta metafórica: alternativas laicas de relegada eternidad.

Baudelaire sostuvo que la modernidad es lo transitorio, lo fugitivo y lo contingente. Lo menos duradero, lo más volátil de las noches watersianas de Ciudad de México fueron sus lúdicos espacios a Trump, Peña y los 43. Lo que valió la entrada fue el dictamen filosófico contra la levedad del lenguaje tuitero de pronta evaporación.

Waters, al estilo de Goethe, extrajo lo eterno a lo efímero. Fue el jurista y el profeta (el síntoma) de un tiempo cargado de ideales no completamente satisfechos.

Habló la música. Sintió el espíritu, ese nicho del universo.