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Vivimos una época de incertidumbre

10 febrero 2014 4:54 Última actualización 16 agosto 2013 5:2

 [El Financiero platicó con el escritor Eduardo Antonio Parra / Braulio Tenorio /El Financiero]


 
 
José David Cano
 
 

Qué raro, le dije, de pronto, a Eduardo Antonio Parra, todo mundo busca la 'gran novela' y, sin embargo, usted está aquí con un nuevo libro de cuentos. Y no sólo regresa a este género, sino que además se ve bastante contento en él.
 
 
Eduardo Antonio Parra comenzó a reír; después, aún con la sonrisa, dijo: Es parte de ser contreras, de ir a contracorriente; es algo que me gusta mucho. Siempre he sido así. Allá en Monterrey me juntaba con varios amigos, algunos de ellos escritores ya en ciernes; estaba David Toscana, Hugo Valdés.
 
 

Me decían: “Si escribes cuentos, no te van a publicar.” Escribí el libro de cuentos, y lo publicaron. Luego, cuando empezaron a ser traducidos, me dijeron: “Si sigues escribiendo cuentos, nunca te van a traducir.” Sin embargo, ¡ya me tradujeron! Ahora, la moda es que todos te digan: “Si escribes cuentos, no vas a vender.”
 
 

Pues mis libros llevan varias ediciones vendidas. Entonces, ¿cómo no seguir escribiéndolos? Dicho esto, los dos reímos. Aproveché, entonces, para preguntar: ¿qué le gusta de él, que le gusta del cuento?
 
 
Parra se quedó en silencio. Bebió un sorbo de su café, y, al cabo de unos segundos, dijo: Para mí el cuento es lo mejor de la narrativa; sí. Porque es la concentración absoluta de la narrativa...
 
 

Se compara mucho, y estoy de acuerdo con eso, con el poema. Es la síntesis total. Tú puedes leer un cuento de unas diez cuartillas, y aun así imaginarte una historia que puede abarcar mil cuartillas. Es lo que me fascina del cuento: esa economía, esa precisión, ese arte. Para mí es más artístico el cuento que la novela…
 
 

Después de esto, la conversación derivó —si se me permite la expresión— en asuntos menos trascendentes…
 
 

Claro, ya para entonces habíamos charlado sobre lo que originalmente nos llevó a buscarle: coeditado por Era y las universidades autónomas de Sinaloa y Nuevo León, desde hace unas semanas ya circula su más reciente libro: Desterrados.
 
 
Se trata de 15 estupendos cuentos en los que Parra vuelve a verter sus obsesiones: la violencia, la muerte, el erotismo, la condición humana...
 
 
De hecho, por ahí había comenzado nuestra plática, por la condición humana: el libro se abre y se cierra con la vida de personajes desterrados (de su vida, de sus trabajos, de su casa), gente que no se ubica tanto física como interiormente.
 
 
¿Es éste el prototipo metafórico del hombre contemporáneo?
 
 
Parra asintió con un movimiento de cabeza, y dio una calada a su cigarro; luego, dijo: Yo diría que sí. Los mexicanos estamos viviendo una época, digamos, de incertidumbre. Es cierto, ya llevamos bastante rato; sin embargo, creo que se está agudizando cada vez más esto. Hoy, casi nadie sabe dónde está parado. No entendemos bien lo que está ocurriendo en nuestro país; no sabemos en qué país estamos viviendo.
 
 

Estamos parados, de alguna manera, en tierra de nadie. Entonces nos sentimos desterrados, pues no entendemos el entorno. Claro que hay de desterrados a desterrados: algunos están más angustiados, otros sí pueden adaptarse un poco mejor. Al final, todos podríamos ser desterrados, pues estamos un poco pasmados, fuera de nuestro lugar…
 
 
De hecho, le interrumpí, a veces pareciera que sus personajes tienen una conciencia de sumisión a su destino...
 
 

Parra se encogió levemente de hombros; sonrío: Claro, porque es propio de muchos mexicanos. Este sentido de la fatalidad ya nos lo han señalado mucho los psicoanalistas o los filósofos de la mexicanidad. Somos fatalistas; también estamos como muy pendientes de cuál es el destino que nos toca. Es cierto: a veces nos unimos, a veces nos rebelamos. Sin embargo, la mayoría de la gente asume el destino con una fatalidad impresionante.
 
 

Por supuesto es una sumisión que nos viene de la idiosincrasia prehispánica, nos viene de la religión católica, nos viene de todos lados. La verdad, es un rasgo muy interesante, ja-ja.
 
 

¿Y la violencia, Eduardo?, pregunté en un momento dado.
 
 

Hay en la mayoría de los relatos una violencia que nunca termina de desatarse, como si quedara fuera de la página…
 
 

Parra dio un ligero salto en su silla: Es cierto, dijo inmediatamente. A mí se me identificó desde el principio como narrador de la violencia. Sin embargo, poco a poco me fui dando cuenta que la violencia no necesariamente es física o espectacular, sino que vivimos inmersos en una serie de violencias consuetudinaria, variadas y diversificadas que nos están oprimiendo constantemente.
 
 

Aquí hay violencia psicológica, violencia mental del personaje sobre sí mismo, violencia social, política y familiar que no necesariamente se traduce en golpes. Así que me di a la tarea de variar un poco la violencia, sin dejarla de lado. Como dices, esa violencia física se queda fuera del texto, pero dentro de la mente del personaje se nota que está violentado constantemente...
 
 
La construcción de los personajes, dije, para finalizar, también parece que ha cambiado para usted…
 
 

Eduardo asintió: Sí, claro. Es algo que traigo desde hace varios años: prefiero ahora explorar más el personaje en su humanidad que el personaje en la historia que estoy contando, sin olvidarlo, por supuesto. Eso me vino desde que empecé a escribir novelas; me metí en la exploración de los personajes desde una técnica más novelística.
 
 

Me gustó esa técnica para aplicar también al cuento, sobre todo para hacer personajes más densos, con más dimensiones, y quizá más fuertes, que permanezcan más en la memoria del lector. Otra cosa que me interesa mucho explorar son las diferentes conductas humanas; siempre estoy en contra de la gente que dice: “Es que el ser humano no actúa así.”
 
 
Y yo: “¡Cómo no!” Somos casi 7 mil millones de personas en el mundo, todos actúan de manera distinta, y hay que explorar todas esas maneras…