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Víctor Rodríguez descree del hiperrealismo

El pintor mexicano Víctor Rodríguez llegó a Nueva York en 1997 después de haber enviado más de mil cartas con fotografías de su trabajo a diversas galerías, hasta que recibió una respuesta que le dio un giro de 180 grados a su vida, convirtiéndose en el líder de la nueva generación de artistas hiperrealistas.
Karla Palomo / Corresponsal
03 mayo 2016 21:58 Última actualización 04 mayo 2016 5:0
En Nueva York, el artista mexicano se abre paso en la escena local. (Cortesía)

En Nueva York, el artista mexicano se abre paso en la escena local. (Cortesía)

Víctor Rodríguez, un pintor mexicano fundamentalmente autodidacta, llegó a Nueva York en 1997 después de haber enviado más de mil cartas con fotografías de su trabajo a diversas galerías, hasta que recibió una respuesta que le dio un giro de 180 grados a su vida, convirtiéndose en el líder de la nueva generación de artistas hiperrealistas.

“Desde unos cuatro o cinco años antes de llegar aquí empecé a mandar por correo, a principios de los 90, fotografías de mis pinturas, cartas y demás a todas las galerías que veía y copiaba sus direcciones de revistas de arte”, recuerda Rodríguez desde su estudio en el barrio de Dumbo en Brooklyn, ubicado en una de las calles más fotografiadas de Nueva York.

Fue entonces que, cuenta, lo contactó el fallecido Ivan Karp, fundador de la galería Ok Harris y director de la prestigiosa galería Leo Castelli en los años 60, cuando despegaron las carreras de artistas del movimiento pop con Andy Warhol al frente.

“Él me mandó una carta diciendo que le interesaba; vine a Nueva York, le llevé mi trabajo y le gustó, y a la semana ya tenía una exposición programada”, explica Rodríguez. “Me compró obra y gracias a él fue que me pude quedar aquí”.

Sus pinturas, en las que ha utilizado como modelos a su exesposa, a su hija y a sí mismo, se han exhibido no sólo en Estados Unidos, sino también en Europa, Sudamérica y México. También en el Museo de Arte Contemporáneo de San Diego y el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, entre otros recintos.

Toda su obra consiste en acrílicos sobre tela cuyas imágenes son producto de un montaje, explica. “Mi proceso empieza con una especie de escenificación en la que hay, digamos, actores; una especie de teatro falso. Ninguna de las fotografías que tomo son momentos espontáneos de mi vida”.

Primero captura la escena para utilizar ese registro no como una copia, aclara, sino como una referencia que posea la información necesaria para generar una pieza de características realistas. 

“Quiero que sea algo reconocible con lenguaje fácil y universal”, puntualiza. Pese a ser un referente del hiperrealismo, el artista rechaza que su trabajo encaje en esa categoría.

“(El término), para mí, confunde al espectador al tratar de engañarlo diciéndole: ‘ésta no es una pintura, es una ilusión óptica’; yo nunca he tratado de hacer esto. Y no tengo nivel técnico para hacerlo”, sostiene Rodríguez.

Su exposición individual más reciente fue en l GE Galería en Nueva York, bajo el título God Complex (Your Father is Dead), en la que reflexionaba sobre el significado de la mitad de la vida, como hizo en su tiempo el poeta Dante Alighieri en La Divina Comedia, pero Rodríguez lo hace a través del género de la vanitas, que alude a la inutilidad de los placeres mundanos frente a la certeza de la muerte. “Siempre que se ve un cráneo en una pintura, generalmente ésa es la idea: es el retrato de todos, es el único punto que todos tenemos en común, no importa que tanto éxito o dinero tengamos o no en vida, al final de cuenta todos vamos a acabar igual”, dice sobre sus obras.

Se siente satisfecho por sus logros, aunque reconoce que no fue fácil abrirse camino en México y en Estados Unidos ya que nunca estudió arte. “Siempre estuve un poco fuera de mi generación, que creció con otras influencias y otras estéticas. Si hubiera dado un brinco de 1994 a ahorita, sería increíble; pero no fue un brinco, fue un proceso, gané en algunas cosas, perdí en otras”.