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culturas

Viaje a Rilke, de la mano de Zagajewski

El Princesa de Asturias de las Letras, Adam Zagajewski, narra el momento en el que la poética del autor de las 'Elegías del Duino', Rainer Maria Rilke, le dio sentido a su existencia.
Mauricio Mejía
28 junio 2017 21:26 Última actualización 29 junio 2017 5:0
Rainer Maria Rilke. Paul Schaffer (1888-1956), grabado sobre madera. (Especial)

Rainer Maria Rilke. Paul Schaffer (1888-1956), grabado sobre madera. (Especial)

¿Cuándo sucede un acontecimiento en la vida de cualquiera?

¿Cuándo, de verdad, si se hace periodismo interno, hay una noticia, un qué decir, un qué revelar, un qué contar a los demás que la vida se ha partido en dos, en un antes y un después? ¿Cuándo sucede ese reportaje, esa entrevista, esa nota dura, ese cable informativo que rompe con la burocrática rutina de los días? ¿Un hecho lejano, no tanto, en alguien, lejano mucho, puede convertirse en una principal de un diario financiero, quizá por ello político? ¿Puede, por tanto, ser atractivo para un lector avispado en balances, cuentas corrientes, paridades y tasas de crédito, precios del petróleo y pronósticos de crecimiento? ¿Hay lugar en el mundo de la prosa económica para la poesía y sus consecuencias? ¿En dónde está ese lugar, quién puede ser, cómo lo dijo y por qué? El periodismo, en sentido estricto, no responde, pregunta. ¿Por qué? ¿Cuánto dura ese presente?

Dato duro: Adam Zagajewski, el polaco reciente ganador del Princesa de Asturias, cuenta que a Rainer Maria Rilke (otros a Hölderlin, a Valéry o a Pound) le debe muchas horas de plenitud y un instante particularmente luminoso:

“Muchas décadas atrás cuando, siendo un estudiante de instituto, compré un estilizado y elegante ejemplar de las Elegías del Duino, en mitad de la calle inundada por el monótono estruendo de una perezosa tarde comunista, leí las primeras frases mágicas de la primera Elegía...”.

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LA INFATIGABLE BÚSQUEDA DE LA BELLEZA

Título: Releer a Rilke
Autor: Adam Zagajewski
Sello: Acantilado

'Releer a Rilke', de Adam Zagajewski. /Especial)

¿Y qué pasó, por qué debe interesarle a los demás, a los que no vivieron el momento ni la época? ¿Qué siguió después, hacia dónde mira el relato, este relato de aquel presente?

Sostiene el autor que de repente la calle desapareció, se evaporaron los regímenes políticos, el día se volvió intemporal, se topó con la eternidad y la poesía se le despertó; eso dice. Continúa que ese librito pasó a ser una joya en su biblioteca, que –aclara- era modesta al lado de la de sus padres, repleta de novelas y colecciones. Zagajewski deja en claro que le gustaba el formato del libro de Rilke –al que llama la voz secreta de su época-. “Ligeramente mayor que el convencional, y el hecho evidente de que esa secuencia de 10 poemas merecía una edición individualizada”.

Otra vez: ¿por qué? El periodismo se aferra contra lo que quiere ir a esconderse en los callejones de lo incierto. Responde la fuente, el sujeto: “La propia estilización de las Elegías me hizo plantearme el peso de la palabra: si un volumen tan fino podía contener tanta trascendencia, ¿para qué cargar con el peso de la épica?”.

Paul Claudel, a la tercia un poeta que despreció a Rilke, dijo sobre Mallarmé que había dos tipos de poetas: los que describen personas, objetos y situaciones, y los que están más interesados en captar, no las descripciones, sino el qué significa eso. Es decir: qué quieren decir esas personas, objetos y situaciones. Y Zagajewski, sin temor, sostiene: “Eso es lo que Rilke hizo en sus poemas: no trató de describir objetos y animales, una tarea propia de un artista menor; los incluía para descubrir qué decían o quieren decir”.

El reporteado Zagajewski sostiene que la obra de Rilke no obedece a ningún himno ni a ninguna nación, incluso se da el lujo de citar aquello de que “no hay pertenencia”. Entonces, si esto es un texto periodístico, ¿por qué releer a Rilke, el poeta que jamás residió en tierra alguna?

Zagajewski pide permiso para alargarse, cosa que hará, por cierto:
-Sabemos que el ámbito fundamental de la poesía es la contemplación, a través de las riquezas del lenguaje, de las realidades humanas (periodismo) y no humanas, en sus divergencias y en sus numerosas coincidencias, trágicas o felices. El poderoso ángel de Rilke está allí para preservar algo que la era moderna nos ha arrebatado o tan sólo ocultado: los momentos de éxtasis, por ejemplo, instantes de asombro, horas de mística ignorancia, días de solaz, la encantadora quietud de leer y meditar. ¿No son los momentos extáticos una de las causas principales de que los lectores de poesía no puedan vivir sin la obra de Rilke?

El diarismo, sujeto a la noticia, al hecho diario, al hoy, debe preguntar: ¿y para qué, para qué la poesía y sus consecuencias?

Zagajewski:

“El ángel es intemporal y, sin embargo, esa intemporalidad va dirigida contra las deficiencias de determinada época. Así es Rilke: intemporal y e indudable hijo de su propio tiempo histórico. Pero no inocente; sólo el silencio lo es, y Rilke todavía nos habla”.

Reportear es buscar versiones de un hecho, aunque sea poético. Habla Ernesto de la Peña, erudito mexicano: “Todo el mundo objetivo es susceptible de obedecer a un conjuro, con tal de que se trate de un conjuro poético, cuya finalidad es asumir la verdadera sustancia de la vida y convertirla en esencia cabal de la razón, en explicación ontológica de la razón”.

En Ernesto de la Peña también sucedió un acontecimiento cuando se topó con Rilke. Y cuando Rilke le convidó su idea de la rosa (“La Rosa vuelta sobre sí”). De la Peña afirma con la misma claridad del polaco Zagajewski: “Fue un poeta puro en el sentido radical del término, no hizo jamás transacciones: certero en su contorno vital, lujurioso de su soledad, que le era indispensable para la asimilación de la realidad circundante, expuso en su vida el modelo humano de la prescindencia, ni siquiera de la renuncia, porque ésta entraña un cierto amargor por lo dejado atrás, un apego nostálgico, aunque sea silencioso, a las viejas riquezas, y una fuerte confrontación de las ventajas que ofrecía el pasado con las realidades del presente”.

Un acontecimiento es eso: un presente.

Zagajewski no publicó un libro para leer a Rilke; compartió un instante con el poeta que buscaba la residencia en otros, quizá ustedes.