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CULTURAS

Venezuela en los ojos de Leo Matiz

El colombiano, contemporáneo y cercano a Gabriel García Márquez y Gabriel Figueroa, registró la transición a la modernidad y democracia del país sudamericano.
María Eugenia Sevilla
02 noviembre 2017 21:7 Última actualización 03 noviembre 2017 5:0
Leo Matiz

(Especial)

Tal vez lo mejor que le pudo pasar a Leo Matiz fue pelearse a muerte con Siqueiros, el muralista con quien tanto trabajó durante su estancia en México.

Tal vez fue una bendición que éste mandara incendiar el estudio que tenía en la Ciudad –según el dicho del fotógrafo– a causa del pleito que sostuvieron por una cuestión de derechos de autor. Tal vez.

Porque le dio tanto miedo, que salió volando del país. El artista trotamundos volvió al camino y así llegó al lugar preciso, en el momento preciso: la Venezuela de los años 50, subyugada por la dictadura y convulsionada en pos de volver a la democracia.

“Venezuela fue su experiencia más significativa; allí desarrolló su madurez creativa plena”, afirma su biógrafo, Miguel Ángel Flórez.

Llegó conel ojo forjado en la prensa de un país donde la modernidad llevaba el aliento de una época de esplendor cultural. Aquí trabajó con algunos de los más grandes muralistas y con un monstruo de la lente como Gabriel Figueroa.

Así en Venezuela, el colombiano narró visualmente, como nadie, la vuelta de tuerca entre dos grandes épocas, dice Flórez: “De un país rural a la llegada de una modernidad tardía, pero con destellos de abundancia”.

Si en México vivió seis años (del 41 al 47), Venezuela se llevaría sus cuatro mejores décadas. Arribó a la capital en 1949. Antes había estado en Estados Unidos, Medio Oriente, Europa y Bogotá, ciudad donde el periodista colombiano Plinio Apuleyo Mendoza le ofreció trabajo en Caracas a donde llegó con 35 años.

Trabajó para El Mes Financiero y Económico, a cargo de la sección Así es Caracas, en la que registró desde los grandes acontecimientos hasta escenas intimistas de zonas marginales.

Allí trabajó al lado de otro reportero nacido, como él, en Aracataca, también reclutado por Mendoza: Gabriel García Márquez. Aquella fue una mancuerna histórica. Juntos cubrieron los levantamientos populares que en 1958 pusieron fin a la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, quien llevaba seis años en el poder.

“Matiz es un hombre siempre en los bordes, en la puerta giratoria de la historia: cuando estuvo en México en los 40, captó ese cambio del mundo del campo al mundo industrial de la reforma agraria y la consolidación del proceso urbanístico; también lo hizo en Venezuela; 1958 marcó el inicio de la democracia”, destaca Flórez”.

En 1959 registró el viaje de cinco días que Fidel Castro hizo al país sudamericano. Aquel 23 de enero fue su primera salida al extranjero después del triunfo de la Revolución. Lo hizo para agradecer las acciones solidarias de aquel país con el Movimiento 26 de Julio. Y son de Matiz las imágenes más conocidas del comandante siendo aclamado en diversos sitios de Caracas.

En respuesta, John F. Kennedy hizo de Venezuela el primer destino de su gira latinoamericana, en 1961. Un reconocimiento a la democracia que emergía con el presidente Rómulo Betancourt. Los Kennedy aterrizaron en el aeropuerto La Carlota el 16 de diciembre, y su visita de un día también fue registrada por Matiz –de quien este año se celebra el centenario de su nacimiento–.

“La revista tuvo un papel destacadísimo en el impulso y la renovación del periodismo: Leo, en lo que implicaba realizar un reportaje fotográfico; Gabo, en hacer un periodismo con tintes literarios, y Plinio, impulsando nuevas formas de presentación del reportaje, a la búsqueda de nuevos lectores de esta clase media que se iba consolidando en el nuevo contexto histórico”, comenta Flórez. “Leo Matiz se convierte así en el referente del fotoperiodismo moderno”.

El clima de apertura ideológica y el raudal de dólares que trajo consigo el ingreso de Venezuela a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en 1960 –organismo que se creó precisamente a iniciativa del gobierno de Betancourt–, dio aire al desarrollo urbanístico y a una vida citadina de altos vuelos, que Matiz registró con tesón.

De ser una ciudad que vivía la sombra de un campanario, dice Flórez, surgieron obras arquitectónicas como la Ciudad Universitaria (1960), diseñada bajo los principios de la Bauhaus por Raúl Villanueva, la piedra angular de la arquitectura venezolana. Una creación cuya estética fue resaltada por el artista, quien era entonces fotógrafo oficial del presidente Betancourt, en los 60 –después trabajaría para la Oficina Central de Información, en los 80 y 90–.

La ironía, rasgo del caricaturista que llevaba dentro, nunca lo abandonó, ni siquiera como fotógrafo del Palacio de Miraflores. Un ejemplo es una fotografía que le hizo a Betancourt, quien aparece bajo otro enorme retrato; la imagen doble lo muestra como una parodia de sí mismo.

La aventura venezolana en los 90. Volvió a Colombia. Estaba cansado. Se acentuaban las mermas que experimentó en la década del 70, cuando murió su hijo Leo –uno de los dos que tuvo con Amparo, con quien permaneció casado 20 años– y cuando perdió el ojo izquierdo. Recibió un golpe cuando un ladrón le intentó robar sus cámaras.

“Al mismo tiempo desarrolló un tercer ojo inconsciente, intuía la luz, y hace fotos formalmente muy buenas, preocupado por los universos que encierran las cosas más pequeñas, como la estructura de una cebolla o una col, tendiendo hacia lo abstracto”, señala Flórez. También regresó a México. Volver le tomó 50 años. “Nunca dejó de temerle a Siqueiros”.