Una epístola de San Pablo
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Una epístola de San Pablo

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Una epístola de San Pablo

Paul tuvo muy en claro que, entre Trump y temblor, los mexicanos necesitaban apapacho. Y se dejó querer, queriendo. Habló en español cuando pudo, cuanto quiso.

Mauricio Mejía
29/10/2017

No fue un concierto: fue una liturgia.
En el templo más sagrado de la pelota, Paul McCartney se erigió como la figura sublime de una ciudad que le venera, casi seguro, como a ninguno.

Fue una carta de casi tres horas a los mexicanos levantados y andados después del 19-S. Ánimo que anima. Este país es beatle, por sobre todas las cosas. Y Paul es vestigio de un encanto, de un rumor, de una entraña.

Casi religión (quizá más), la beatlemanía dio contenido y sentido al Coloso del Sur, que sabe de épicas, de héroes y de hazañas; que alberga los gestos de los grandes días. El destino, esa canción a medias, quiso que el más versátil, el más genial de los músicos contemporáneos devolviera espíritu a la más grande capital de lengua hispana.

Dijo Schiller que “ante lo evidente no hay otra libertad que el amor”. El sábado por la noche hubo amor a manos llenas. La cancha fue un 4-4-2 de la dulzura.

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paul mccartney
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Asegura Canetti que el ritmo de las masas es el ritmo de los pies. Miles de hinchas de la máxima banda de rock llegaron, paso a paso, pie a pie, desde mucho antes de la hora pactada para el encuentro, para el partido, tú a tú, entre el ídolo de Liverpool y la tribuna verde de los loros. Todo vacío se llena.

Dice Galeano que nada es más vacío que un estadio vacío. Nada, por tanto, que un estadio repleto de emocional espera. Pablo esperaba que la Tesalónica de santa Úrsula se congregara para la homilía: ¿Qué cantará? ¿Cuál será el playlist del evangelista británico? Sostuvo Nietzsche que tenemos al arte para no hundirnos en la vida. Hey Jude se descuenta de tan segura. Dadadadada.

Paul salió al escenario -lo que llamaría Schiller gran cadena de esencias- 15 minutos tarde. No hubo silbidos. Hubo ansias. Entonces Beethoven: “la alegría hermosa, centella de los dioses”. Comunión. La repartición del amor y los peces.

Paul tuvo muy en claro que, entre Trump y temblor, los mexicanos necesitaban apapacho, porque como dijo el poeta alemán: hay muchas razones para desconfiar de la vida. Y se dejó querer, queriendo. Habló en español cuando pudo, cuanto quiso. Un guiño del aclamado: Love me do, por primera vez en México. La liturgia se consumaba.

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Paul McCartney
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Kierkegaard: las pasiones vuelven a ser iguales a los hombres. Paul dirigía los cánticos que todos, ya todos, repetían por milésima, millonésima ocasión. Hegel hacía cantar a sus alumnos; Paul los arengaba al coro, al trino del mirlo.

Dijo: esto tiene que ver con los derechos humanos: era Blackbird: aquello fue un unísono quejido contra la impunidad de un país con las alas rotas por la corrupción y la codicia de sus políticos.

Elegante, Paul volvió al escenario con la bandera tricolor y una sonrisa de par en par. Otra británica. Otra estadunidense. Otra de tolerancia. Cuando evocó a su universal travesura juvenil, Yesterday, el apóstol estuvo a punto de la lágrima. Conmovido, resolvió todo con Helter Skelter y al final dijo: cosecharás todo el amor que has sembrado. The end.

Reprise. Paul, junto con los otros tres de Liverpool, regaron tanto amor que ahora, en la despedida (¿última?) se llevó el corazón, esa caja de pasiones, de una ciudad que, hace un mes, había dado el alma entre las ruinas. Queda el lleno del vacío.

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