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Un thiller que visita el inframundo del alma

10 febrero 2014 4:56 Última actualización 14 agosto 2013 5:22

[Bloomberg]


 
 
Silvina Espinosa de los Monteros
 
 
Vecino de las ruinas del Templo Mayor, el escritor mexicano Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) se define como 'centrícola'. Lo anterior, aunado a su tendencia natural hacia lo siniestro, fue lo que le llevó a imaginar una novela policiaca de ritmo trepidante, en la que un asesino serial va arrojando corazones humanos en diferentes centros ceremoniales mexicas.
 
 
Esta mezcla inusitada de vísceras, estratos históricos y un amor accidentado entre un periodista y una arqueóloga, corroe su más reciente novela denominada Toda la sangre (Almadía), la cual se presenta hoy, a las 19 horas, en la Sala Panorama del Centro Cultural de España, con la participación de Mariana H., Eduardo Matos Moctezuma y el autor.
 
 

—Tras definir de qué podía tratar —explica Bernardo Esquinca—, se me ocurrió retomar los personajes de mi novela anterior La octava plaga, donde el periodista Casasola y El Griego, que me habían gustado mucho, podían dar para más. Sobre todo, con esta parte de los sacrificios humanos. La novela arranca cuando Casasola está infiltrado, a la Jack London, en el mundo de los indigentes del Centro Histórico para hacer un reportaje, lo que constituye un descenso al primer plano del inframundo.
 
 

—¿El personaje de Casasola es una suerte de alter ego?
 
 

—Sí, yo también fui periodista. En la novela anterior, él cubre la fuente de cultura, aunque luego lo mandan a la nota roja. Se está divorciando y tiene muchos traumas, pero en Toda la sangre ya evoluciona: supera su divorcio y tiene una nueva obsesión amorosa que es Elisa Matos, la arqueóloga. Casasola tiene conflictos éticos pero, sobre todo, es un personaje al que el abismo lo jala, por lo que se ve envuelto en esos descensos al inframundo del alma humana.
 
 
Lo que quiero decir es que no es un habitante del inframundo como tal, sólo es un turista que desciende a esos sitios para salir de ahí con algunas reflexiones.
 
 

—Algo que usted no había hecho en una novela es incluir al Centro Histórico de la Ciudad de México como personaje…
 
 
—Esta es la primera vez que lo hago. La trama se presta para ello, ya que salen cantinas, edificios, centros prehispánicos y algunas anécdotas de cada sitio. La verdad es que todo está ahí, sólo había que recorrer las calles y realizar esta exploración que deriva en descubrir capas y capas de historia, a través de las cuales podemos viajar en el tiempo, incluso hasta Humboldt, con el prólogo que escribí para la novela que parte del momento en que desentierran a la Coatlicue en 1800 o, en un tiempo reciente, cuando aparece la Tlaltecuhtli en 2006, además de todo lo que ocurre en la época actual.
 
 

En el fondo, una de las preguntas fundamentales de la novela es ¿qué pasaría si regresaran los antiguos dioses?
 
 
—Además de esta mezcla sui géneris de elementos, ¿qué papel tienen aquí los llamados subgéneros?
 
 
—Me interesaba jugar con sus posibilidades.
 
 
A mí no me gusta llamarlos así. Yo creo que hay géneros y ya, porque al terror, la fantasía, la ciencia ficción y lo policiaco se les pone el 'sub' como algo peyorativo. Quería hacer esta mezcla de novela policiaca, pero también de literatura fantástica y un poquito de atmósferas terroríficas. Para mí fue un reto meter todo esto.
 
 

—¿De qué manera se documentó?
 
 
—Me preparé para dar un buen marco de referencia a mis personajes. Leí libros de arqueólogos importantes como Eduardo Matos Moctezuma, Leonardo López Luján y Miguel León-Portilla, además de otros documentos. Pero mucho también vino de caminar por las calles y hacerle al detective.
 
 
Ir al metro Zócalo, por ejemplo, ya que ahí están las maquetas de cómo fue cambiando el Primer Cuadro; yo siempre paso por ahí y nunca me había detenido a verlas. También fui a la casa de Humboldt en República de Uruguay, y recorrí los lugares viendo las placas de los edificios.
 
 
Yo quería situar el final de la novela en la Biblioteca Nacional, que está abandonada y tiene una estatua de Humboldt, pero en esos recorridos me di cuenta de que era inaccesible y no se prestaba. En cambio, el Templo Mayor, sí. Toda la sangre podía desembocar en la lápida de Tlaltecuhtli.
 
 
—Un aspecto sobresaliente es su capacidad para ofrecer pinceladas históricas evidentemente dosificadas. ¿Cómo dar contexto sin entorpecer el ritmo de la novela?
 
 
—Es evidente que no tenía una intención didáctica, pero la novela sí está salpicada de anécdotas históricas dentro de ese ritmo vertiginoso que me gusta imprimirle a mis libros. Si me hubiese querido clavar en la historia y ponerme como maestro, no hubiera funcionado. Lo que sí es que, a lo largo de las 344 páginas, se juntan suficientes anécdotas como para dejarle cierta idea al lector a fin de que las complete.
 
 
Si ya las conoce, son un guiño; y si no, pues puede ir al Templo Mayor y a los libros para enterarse más a fondo. Me interesaba hacer una mezcla de todo esto, incluso de crónica periodística y atisbos de ensayo, pero sin olvidar que lo más importante para mí era contar una historia con una prosa muy transparente, para no obstaculizar el desarrollo de la trama.