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Un cuarto de siglo de difusión y análisis

10 febrero 2014 5:2 Última actualización 01 agosto 2013 8:14

 
En marzo de 2002 esta sección cultural editaba el primer libro de su colección "Cuadernos de EL FINANCIERO", que, ininterrumpidamente desde entonces, cada tres meses dio a conocer un título diferente, con un total, a la fecha, de 46 volúmenes (el último de los cuales, el 47, se editará en septiembre con un manuscrito de Víctor Roura, el mismo que abriera esta colección hace ya 11 años, para cerrar este capítulo bibliográfico del diario), que conforman una inusual serie literaria a la mano del lector interesado, que lo mismo ha encontrado temas musicales que periodísticos, poesía que teatro, crónica que historieta, fotografía que dibujo, crítica que ensayo, análisis que contextos históricos. Hacer libros por el mero placer de hacerlos. Justo incluso para rebatir la persistente idea de su posible desaparición física en beneficio de los artefactos digitales. Dicen que el e-book matará al libro de papel, cuyo magnífico aroma extrañaremos algún día.
 
 
Humanizar
Hugo García Michel, director de la revista roquera Mosca
 
El periodismo cultural sirve para humanizar a la gente; el tiempo nos ha demostrado que somos una raza cada vez más iletrada y manipulada por los medios debido al analfabetismo funcional persistente. Culturalmente estamos muy mal en México y es lamentable que las secciones dedicadas a los diversos ámbitos de la creación artística sean cada vez menos en los diarios (y ya no hablemos de los suplementos, que hoy existen pocos, como "La Cultura en México" de Siempre! o "Laberinto" de Milenio, que ha logrado sortear, este último, los intentos administrativos (mas no directivos) de desaparecerlo gracias a la firmeza de su editor José Luis Martínez S.).
 
Hoy existen apartados de este tipo que subsisten heroicamente y a pesar de la constante reducción de sus páginas. Por otra parte, es alentador saber y darse cuenta que todavía hay jóvenes interesados por la cultura, que asisten a conciertos, leen y acuden a exposiciones a pesar de que hace apenas unos meses terminó un periodo de 12 años de mandato panista en el cual la cultura fue lo menos importante, aunque también hay que decir que aún la nueva gestión no ha sorprendido con grandes propuestas.
 
Hoy todo es medido en forma pecuniaria, considerado por su nivel de comercialización y aceptado por las ganancias que reditúen, motivos que han conducido a que los dueños de los medios prefieran apostar por una sección de sociales (pues los eventos resultan altamente rentables) que a una de carácter cultural; esa es la triste irracionalidad del dinero. Lamentablemente las personas de negocios no son románticas como para pensar que la cultura puede sostener una buena publicación y entonces caen en la promiscuidad al revolver espectáculos con sociales y actividades culturales.
 
Creo que el problema de fondo es que en México está tergiversado el concepto de "espectáculo" gracias a la ignorancia de aquellos que trabajan esta fuente, pues durante mucho tiempo se han enfocado a cubrir los chismes de telenovela y los superfluos rollos hollywoodenses.
 
Es necesario que el periodista cultural, además de poseer una sensibilidad especial, cuente con cierta preparación y conocimientos no sólo en cuanto a lo básico, sino aprehender todo lo que pueda sobre artes plásticas, música, literatura, entre otras disciplinas, así como tener una idea clara sobre los personajes a los que se van a enfrentar.
 
 
Respiro
Carlos López, escritor y director de la editorial Praxis
 
La cultura, en todos los periodos históricos y niveles de cualquier tipo de medio, ha sido el elemento que balancea tanta sangre, tanto crimen, tanto robo. Ella refresca, da un respiro. Por ello, un diario sin sección cultural no cumple con su cometido social. Como escritor y editor, el periodismo cultural, como reproductor de ideas, me ha permitido mantener un diálogo con los lectores y difundir mis objetivos como creador; si no hubiera quiénes replicaran mi trabajo, éste se quedaría en un nivel primario.

Aunque, sí, hoy en día es difícil encontrar secciones independientes, plurales, donde no existan las mafias o consignas para perjudicar al otro. ¿Sin un periodismo democrático cultural qué porvenir tendríamos si todo estuviera cooptado? Es lamentable que, con las crisis, la cultura sea la primera sección a la que le peguen, como si ésta no fuera la esencia de los pueblos; es inaceptable que no se le brinde la importancia debida a la creación y manutención de un apartado así. Por otra parte, se ha banalizado a tal grado la cultura que en diversos medios (que no en todos) es entendida como espectáculo y, por ello, es frecuente ver la foto, por ejemplo, de un escritor con la mujer bonita de la televisión o la cantante de moda.
 
Vivimos una era en la que la obra pictórica ya sirve de escenografía, dando a notar que lo importante no es hablar acerca de un cuadro sino poner en relieve y en primer plano la figura de una mujer guapa. Antes era posible encontrar las secciones bien definidas en los periódicos, ahora cultura se ha convertido en una paginita perdida entre deportes, espectáculos y sociedad; o, bien, todos estos contenidos son tratados en una misma parte con el propósito de atraer el morbo. O sólo tratar bien a los amigos de casa, lo cual es terrible.
 
Y muchos escritores se prestan a este doble juego perverso: se desviven por hacer vida social apareciendo en la foto del show, del coctel, pasándola muy bien, mientras su trabajo lo consideran ya una cuestión secundaria. Esta situación siempre ha existido. Empero, con el tiempo se ha agudizado, pues la esencia ha sido y es una: hacer dinero.
 
 
Los que hacen la historia
Juan Miguel de Mora, periodista decano (nacido en 1921)
 
La creencia en algún tipo de maldad
sobrenatural no es necesaria. Los hombres,
por sí solos, ya son capaces de cualquier maldad.
Joseph Conrad
 
Periodismo cultural es el que contiene críticas, poemas, cuentos, ensayos, artículos y obras de arte; estimula a los jóvenes publicándoles sus primeros trabajos, e informa de los acontecimientos culturales. Pero si un grupo lo controla, trafica con los principios y ataca o ignora a quienes no les sahúman, la cultura profunda está ausente.
 
Cervantes dijo que "letras sin virtud son perlas en el muladar", y de eso abundó el periodismo cultural de mis tiempos. El núcleo fue "México en la Cultura", suplemento del diario Novedades. En él colaboró gente decente y valiosa, pero la médula del suplemento era una escala de mediocres genuflexos ante Fernando Benítez. Jardiel Poncela llamó a eso "sociedad de bombos mutuos".
 
Él y sus turiferarios, algunos de cierto relieve, cacareaban ser "de izquierdas" mientras cobraban del gobierno por diversos conceptos. Pocos eran verdaderos valores y el más notorio, carcomido por la vanidad y la ambición, fue capaz de cualquier ruindad. Dostoievski dice en Los endemoniados: se puede ser un gran artista y ser un bellaco malandrín.
 
Pese a la escasa moral de su dirigente y acólitos, "México en la Cultura" fue el suplemento cultural mexicano más importante del siglo XX y de una u otra forma todos tuvimos que pasar por sus páginas. Yo fui invitado por Benítez y colaboré hasta que me rechazó un artículo sobre arqueología diciéndome que no se podía criticar a la imaginativa arqueóloga esposa de Orfila "porque él edita nuestros libros".
 
Tuvo la vileza de ignorar a Luis Spota quien, nunca supe porqué, era la bestia negra de la mafia de Benítez: las novelas de Spota no existían. No las criticaban, no las atacaban: no existían. El primer gran éxito de ventas en novela mexicana del siglo XX, más de cinco mil ejemplares, fue Casi el Paraíso de Luis Spota.
 
El poder de las páginas culturales es el de la crítica. Pero los críticos se equivocan. Denigraron a Moby Dick y su autor, Herman Melville, murió olvidado, pero su obra se reconoce como una de las más importantes de la literatura mundial. De las novelas de Joseph Conrad hubo quien dijo que eran "para leer en el tren y después tirarlas". Conrad es uno de los grandes escritores británicos. Cien años de soledad, de García Márquez, fue rechazada por varios editores. Bhavabhuti, gran dramaturgo de la India, del siglo VII, ya se defendía de los críticos.
 
Y de que Cervantes fue un genio no se enteraron los españoles hasta que se lo dijeron los ingleses Edmon Gayton (en 1654) y John Bowle (en 1781). Y el primero que pidió y pagó (a Gregorio Mayans) una biografía de Cervantes fue otro inglés, en 1738, Lord Carteret.
 
En España fray Diego Saavedra Fajardo (1584-1648) escribió La República Literaria y no cita en ella ni a Cervantes ni al Quijote. Años más tarde otro fraile erudito, fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), escribió 14 volúmenes entre Teatro crítico y Cartas eruditas nombrando centenares de autores y de obras y no incluye ni una sola palabra de Cervantes ni de El Quijote.
 
No son los envidiosos ni los viles los que hacen la historia.
 
 
Zacatecas, veinte años atrás
Sergio Raúl López, sudirector editorial de la revista cinematográfica Toma
 
Época de Semana Santa en Zacatecas, ciudad virreinal repleta de turistas regulares; pero, también, de los religiosos -que suelen realizar una nutrida procesión piadosa los Viernes de Dolores-, un contexto en que el festival cultural local no lograba la mayor de las atenciones. Era apenas 1993 y la espectacular y costosa contratación de figuras internacionales que ocurriría década y media después -Bob Dylan, Eddie Palmieri, José Carreras, y ese tipo de lujos que sólo el Cervantino podía darse-, era todavía inimaginable. Había, cierto, una programación repleta de actividades mayoritariamente con artistas residentes en México. Menos relumbrón y pátina intelectual, pero mucha diversidad.
 
Hubo, incluso, un espacio para el periodismo cultural. Una mesa de mediodía integrada por editores especializados provenientes de la Ciudad de México. Un combate ideológico, ético y de convicciones entre Paco Ignacio Taibo I, cabeza de la sección cultural en El Universal; Braulio Peralta, proveniente de La Jornada, y, claro está, Víctor Roura, quien ya tenía cinco años dirigiendo las páginas de cultura en EL FINANCIERO, para ese entonces la más combativa, repleta de ideas, buenas plumas y dueña de un ámbito libertario ejemplar, en el que probablemente era el diario capitalino de mayor influencia nacional. Evidentemente, la discusión subió de tono y las posturas iban desnudándose. El desenfado, apertura y crítica permanentes de Roura, pienso ahora, unió al otro par de editores en su contra, pues sus disparos certeros habían logrado ponerlos a la defensiva.
 
Para un imberbe aspirante a periodista cultural como yo, la experiencia fue altamente formativa. Lo había sido el viaje en sí y la estancia en la sala de prensa -sólo acreditado a medias- repleta de enviados, constituía una escuela viva, sobre todo dados los pobrísimos, cuando no nulos, ejercicios periodísticos usuales en Toluca, mi ciudad natal. Más aún cuando corroboré, en piel propia, la emblemática apertura de Roura para con su sección. Antes que yo siquiera lo esperara -luego que una golpiza judicial irracional llamara la atención hacia mi persona-, me abordó para invitarme a enviar textos para la sección, sobre todo si se trataba de noticias de los estados y de mi localidad. Algunos meses más tarde, logré publicar en la sección. E, intermitentemente, claro está, ahí he continuado y se han fincado mis afectos para esas páginas culturales.
 
Algo del gozo puro por el periodismo cultural, pienso ahora, ya comenzaba a craquelarse desde entonces. El ámbito de este oficio ha ido mutando irremediablemente. Mudando sus afanes y objetivos. Y aunque las mesas de discusión se multiplican y su práctica se discute y estudia cada vez más, el ejercicio del mismo, paradójicamente, se ha ido descalcificando, perdiendo esa aura entre ingenua y crédula, sus intentos por reflexionar sobre el arte y en torno al hecho cultural por el puro gusto de hacerlo. La discusión misma se ha suavizado. La reducción de espacios impresos, radiofónicos y televisivos es una tara aceptada casi universalmente. Lo mismo que la superflua e inofensiva manera de informar, tan acrítica, tan sobajada, tan bocabajeada. Con sueldos obreriles y tratos indignos, pareciera que los espacios otorgados a cuentagotas y la nula importancia dada a estos contenidos fueran fruto de una actitud condescendiente y perdonavidas en las redacciones. Y que la eterna sumisión rencorosa hacia el funcionariato cultural significara, simplemente, el callado anhelo por poseer los privilegios de aquella clase política. Lo mismo que la admiración perpetua para con los creadores, sin necesidad de entender su discurso estético ni su calidad artística. Como si el periodista cultural fuese simple bocina magnificadora de todo y no un ente crítico, en aprendizaje permanente, en desarrollo tanto de conocimiento como de técnica. Un relator de su sociedad con la dignidad que ello implica.
 
Hace 20 años que encuentro, en estas páginas, refugio y solidaridad, la complicidad permanente por esa vieja actitud, escasa ya en otros lares, del deslumbramiento y el amor por la cultura toda, esa que no se decide en las élites ni que ignora al país entero. La que nos conforma como nación. Y eso se celebra, se agradece.
 
 
Ampliar la visión del mundo
Jeremías Marquines, poeta y periodista guerrerense
 
El periodismo cultural es un intento de ampliar la visión del mundo, del ser humano, es un acto de resistencia ante estereotipos consumibles y oportunistas. El periodismo cultural hace posible respirar algo de humanidad en el mar de infamias y vulgaridades que llenan la mayoría de las páginas de los diarios; y, además, se toma en serio la vida y el quehacer humano.
 
Periodismo cultural, ¿para qué? Para elevar el nivel de la vida pública, para aportar temas de conversación distintos a la nota roja y la política, para que la utopía cultural y artística siga viva.
 
 
Un mundo pletórico de lo insulso
Ricardo Muñoz Munguía, editor del suplemento "La Cultura en México" de la revista Siempre!
 
Sin duda, el periodismo cultural es un ejercicio que, si bien no está en extinción, es muy lastimado por instituciones, por medios de comunicación y por la misma sociedad. Por tanto, requiere de un mayor esfuerzo debido a la sencilla razón de que se encuentra relacionado con el espíritu humano, del cual nos alimentamos (y para mucha gente pasa desapercibido); abandonado éste, se cae en la total degradación, o en la violencia, como la que hoy en el país enfrentamos de manera tan vívida.
 
Hace falta apuntar a la sensibilidad desde esta trinchera. Más allá de sostener por qué es importantísima la cultura, habría que remontarnos a los orígenes de esta palabra, es decir enfocar la mirada en su etimología, como lo llegó a subrayar Bolívar Echeverría, pues el término "cultura" apareció en la sociedad romana antigua, vocablo proveniente de la traducción de la palabra griega paideia, que significa "crianza de los niños", concepto que hoy en día está casi alejado de lo que entendemos y aplicamos.
 
Por ejemplo, y digámoslo bajo los términos que deben ser: la labor del periodista cultural sufre una desvalorización tremenda, al grado que nuestro ejercicio ha quedado en un segundo o tercer término: cada vez se nos paga menos o, en el peor de los casos, las colaboraciones entregadas no son remuneradas, como si se le hiciera al periodista un favor al publicarlo. Por otro lado, el periodismo cultural ha vivido una reducción en su calidad, en su contenido; basta asomarse a varios medios o, sin ir más lejos, basta apretar el botón de encendido de la televisión.
 
Pese también es cierto que muchísimos "profesionales" del periodismo cultural no tienen idea de qué es éste, pues la cultura ahora llega encartada en la sección de espectáculos o de sociales. Los retos son gigantescos, sobre todo para los que ejercemos esta labor, oficio donde la exigencia debe prevalecer en medio del mundo pletórico de lo insulso, en el cual reina el dinero como valor espiritual.
 
 
Declive
Eduardo Mosches, director de la revista Blanco Móvil
 
Siempre he creído que es importante valorar más a la cultura. Pero no como un hecho secundario o circunstancial, sino como un componente de lo que podría denominar la canasta básica de la existencia. Para lograr dicho cometido es fundamental la labor de los medios de comunicación. Porque a través de ellos los lectores se informan de todo aquello que ocurre en el ámbito cultural. Además, los medios buscan seducir a las personas con la intención de que asistan al teatro, al cine, a presentaciones de libros, a exposiciones o a conciertos.
 
Yo llevo casi cuatro décadas en el periodismo cultural y, a lo largo de este tiempo, me ha tocado ver cambios notables. De los años setenta hasta mediados de los noventa había una gran presencia de suplementos y revistas culturales. Pero poco a poco en la prensa escrita se le ha empezado a dar un trato desconsiderado a la cultura. Dicho fenómeno es parte de la concepción que el neoliberalismo ha impuesto durante los últimos 25 años. Y, en ese contexto mercantilista, lo único que se prioriza es la venta y compra. Tan es así que en el presupuesto los primeros rubros que se reducen son la educación y la cultura.
 
Por otro lado, las televisoras ejercen un control casi absoluto de la información. Y, normalmente, no tienen un verdadero interés por las manifestaciones culturales más allá del teatro comercial o de las exposiciones en galerías de moda. Asimismo, intentan borrar lo que está creándose entre los jóvenes. Y, en ese sentido, pienso que no toda la atención debe enfocarse en los creadores consagrados.
 
Todo esto ha generado que el periodismo cultural esté en declive, pues a los dueños de los periódicos no les parece que sea un producto importante de ventas. Les resulta más rentable acercarse a los sectores de la política o a las bodas de los famosos.
 
 
Desafíos
Mónica Nepote, directora editorial de la revista Tierra Adentro
 
El periodismo cultural es necesario, porque refleja el lado creativo de una sociedad a través de las diversas manifestaciones literarias, teatrales, musicales y de artes visuales. Pero no sólo se restringe a la difusión, también suele proponer una plataforma de crítica y reflexión. Y si la cultura y el arte son producciones sociales, entonces el periodismo cultural debe aspirar a llegar a todos los ciudadanos y no sólo a un pequeño grupo.
 
Sin embargo, contamos con un periodismo que sobrevive a pesar de muchas adversidades como la reducción de su espacio. Ahí es donde deberíamos poner la voz de alerta. Tan sólo basta comparar la situación actual con la del siglo XX en que nuestro país tenía varios suplementos culturales. Y, en ese sentido, sería interesante cuestionar a los dueños de los periódicos del porqué de esta disminución. Parecería como si no hubiera nada que reportar. Recuerdo que durante los años noventa en Guadalajara existía un suplemento cultural muy bueno y, de pronto, el director del periódico que lo alojaba dijo: "Ya funcionó como bonita carta de presentación y, entonces, hay que cerrarlo".
 
Pese a las adversidades, en México existen muy buenas plumas en el periodismo cultural. Aunque también es justo señalar los vacíos. En ese sentido, hay ocasiones en que la redacción de algunos periodistas culturales decae muchísimo. Sobre todo pienso en los jóvenes que empiezan. Cuando veo ciertos errores me pregunto: ¿en dónde está su compromiso con el lenguaje?
 
Uno de los mayores retos que enfrenta actualmente el periodismo cultural es, básicamente, buscar su lugar entre todo el maremágnum de información. Asimismo, me parece importante destacar el trabajo artístico y cultural que dialoga con el complejo momento social que vive nuestro país. Y, finalmente, otro gran desafío es atraer a los lectores potenciales que están acostumbrados a enchufarse a medios como la televisión.
 
 
Línea arbitraria
José Noé Mercado, crítico de ópera
 
A Paulina Arancibia, por seca y old sport
 
Capítulo 1x07 de la aclamada serie Breaking Bad: el profesor de química Walter White, diagnosticado con cáncer de pulmón en fase 3-A y a partir de entonces iniciado en el oculto arte de cocinar metanfetamina, reflexiona con el bragado policía antinarcóticos Hank Schrader sobre la línea que divide lo legal de lo ilegal.
 
Walt sirve whisky a su concuñado, quien para acompañar el trago extrae de su saco una caja de habanos ilegales con la que un agente del FBI le agradeció un favor. Beben, fuman. Cavilan. Aunque a partir del año siguiente el alcohol correría por Estados Unidos sólo con restricciones para menores de edad, si estuvieran bebiendo en 1930 y no en la actualidad estarían fuera de la ley como los puros cubanos lo están por el embargo a Cuba.
 
Es curiosa la arbitrariedad con la que la sociedad traza esa línea, observa Walt, y cómo se le desplaza en el transcurso del tiempo. El agente de la DEA ataja al nuevo y furtivo fabricante de cristal (metido en el negocio de las drogas con idea de ganar dinero y dejarlo a su familia) al aducir que de visitar una cárcel escucharía el mismo discurso entre delincuentes que intentan justificarse. En ocasiones esa línea no está donde debería, reconoce Hank. Más aún si se piensa que algún día la mariguana, la cocaína o alguna otra droga podrían ser completamente legales. Aunque otras veces, concluye, la sociedad y su ley logran corregir esa posición, como cuando se impidió que la metanfetamina siguiera a la venta libremente en las farmacias.
 
El ejemplo de esa curiosa arbitrariedad y su discusión también podría ser útil para considerar las múltiples expresiones culturales y contraculturales a lo largo de la historia y el ejercicio periodístico que se ocupa de ellas. En particular, si con visos nietzscheanos se entiende la cultura como un intento permanente por darle significación y sentido a la existencia del ser humano a través de códigos y valores compartidos en un grupo determinado.
 
Porque esa perspectiva, además, permite captar la estrechez de mira y la inutilidad de conceptualizar al periodismo cultural por su temática, limitándola con frecuencia a las bellas artes; puesto que la verdadera distinción de la prensa cultural no se encuentra en el acto periodístico en sí, sino en la mirada humanista con la que realiza ese ejercicio. En el enfoque del hombre y sus inquietudes vitales como sustancia noticiosa, crítica o reflexiva.
 
El periodismo cultural encuentra así su importancia en los medios de comunicación, pues busca en los actos diarios del ser humano la importancia de vivirlos o, artísticamente, crearlos. Y cumple una misión única al mostrar no un simple rasgo de talento o poder, cifras aisladas, un laurel deportivo o la violencia de los sentidos sin sentido, sino los códigos que comparte una sociedad y sus significados. Muestra a los demás el trazo de la línea de valor humano y esa curiosa arbitrariedad con la que la ubicamos.
 
 
Caciquismo
Fabrizio Mejía Madrid, escritor
 
El periodismo cultural es el lugar donde se crean los debates. En la actualidad los espacios están restringidos y amafiados. Los suplementos deberían estar abiertos a más de un grupo o persona, porque también se da el caso de lidiar con figuras que los encabezan, que deciden todo. Yo creo que ese caciquismo brutal de los suplementos fue lo que contribuyó a su decadencia.
 
En cuanto a los lectores, considero que deberían quejarse cuando esta clase de páginas desaparecen y felicitar a las publicaciones cuando éstas reaparecen, como es el caso reciente del suplemento "Confabulario", aunque no estoy muy seguro aún cuál será su dinámica.
 
Las páginas culturales de la prensa deberían estar dirigidas a los lectores en general. Me parece que es una idea muy paternalista simplificarlas. Eso que te dicen ahora los diseñadores acerca de que "hay que meterles aire" simplemente quiere decir: "Escribe menos", lo cual me parece una brutalidad.
 
Las revistas culturales más exitosas en América Latina son las que publican artículos de 15 o 20 cuartillas: Gatopardo en México, Etiqueta Negra en Perú, el suplemento "Página 12" en Argentina o "El Malpensante" en Colombia. Ellas tienen gran respeto por el público, que te dicen: "Si tú compras esta revista, te vamos a contar una muy buena historia, sólo que nos vamos a tardar lo necesario para hacerlo". En la medida en que hubiera más respeto por el lector, la inteligencia y el debate, el periodismo cultural tendría mucha más vitalidad. Quedarse sin esos espacios es quedarse sin media vida, ya que pierdes memoria, capacidad de distanciamiento y reflexión sobre la realidad.
 
En México tenemos dos ejemplos de revistas que se han convertido en una mafia: Letras Libres y Nexos. Sobre esto, hay algo que yo le dije directamente a Enrique Krauze: me hubiera gustado que Letras Libres abordara el tema de la primavera árabe cuando estaba efervescente el movimiento del 132 y no sacar una serie de artículos burlándose de los integrantes de este último. ¿Qué reflexión hay ahí? Están cumpliendo una función política con los que les pagan la publicidad, pero lo que necesitábamos como lectores era que nos dijeran qué tenía que ver eso con lo que estábamos viviendo nosotros. ¿Qué había pasado en Túnez, en Argelia, en Libia? ¿Qué respondió Krauze? Pues, como siempre, evitó la confrontación y me dijo: "Sí, sí lo hemos hecho. Te voy a buscar el número [de la revista] y te lo mando". Y todavía estoy esperando. Eso me lo dijo hace como seis meses.
 
Para hacer periodismo cultural necesitamos tribunas más abiertas y más legítimas también. Los intelectuales han perdido legitimidad, porque se han visto envueltos en favoritismos y formado parte de capillas culturales. No quedan muchos que estén libres. Lo que necesitamos son periodistas con independencia, capaces de convocar e intercambiar ideas.
 
 
La cultura hace bien
Eugenia Montalván Colón, editora y documentalista
 
Una nota aislada en cualquier periódico o sitio de Internet sobre un suceso relacionado con la vida cultural del lugar en el que uno vive, hace bien. Hace bien porque denota la sensibilidad de una o más personas por crear una obra o gestar un proyecto que al margen de alimentar el narcisismo (en el mejor de los sentidos) del creador, genera repercusiones estimulantes. Porque al escribir sobre un bailable, una declamación, un performance, una escultura o un poema damos cuenta del carácter genuino que le da trascendencia a la humanidad.
 
Porque hace bien mirar el lado vivo de la obra in situ, del libro, de la coreografía, del efecto sonoro de un violín o una orquesta; ahí reside el estímulo para discernir y escribir sobre qué motiva a las personas a vivir, qué motiva a una artista a sentarse a componer música o plasmar un par de líneas reveladoras, o qué los motiva, como en el cine, a llevar la vida misma a la pantalla; investigar y comunicarlo supone cierta perspicacia.
 
Porque dentro de las ramas de la comunicación, el periodismo cultural es el género que obliga a indagar en la naturaleza humana de manera más fidedigna, pues uno de sus objetivos consiste justamente en provocar en los lectores fe y credibilidad sobre nosotros mismos como sociedad.
 
Y el reportero, editor o articulista de las secciones culturales que se levanta pensando cómo abordará su trabajo del día nunca deberá perder de vista que se dirige a todo tipo de lectores: jóvenes y adultos, cultos e incultos, reprobados o sabios magna cum laude, y que su trabajo lleva implícito un efecto diferente al resto de la información contenida en un diario o programa de radio. No es casual que las aerolíneas ofrezcan revistas con toques alusivos al periodismo que defendemos, pues los editores confabulados con los pilotos, las aeromozas y los magnates aeronáuticos saben que la información cultural disminuye la tensión, abstrae del estrés que provoca volar, y da buenas ideas: visitar un museo, saborear el café desde una nueva perspectiva o comprar un libro; así se compongan de notas brevísimas y hasta cierto punto superficiales, estas revistas saben aprovechar la envolvente sutileza del arte y la cultura, nuestra materia de trabajo, al igual que otras publicaciones especializadas en temas específicos, como los negocios o la política, que ven en la información cultural un valor agregado, porque la médula del periodismo cultural es una sustancia mucho muy consistente, que aun en breves dosis es capaz de retroalimentarnos.
 
 
Famas institucionales
Alberto Híjar, crítico de arte
 
Reducidos a su mínima extensión, los suplementos y secciones culturales privilegian la visión artecentrista y de ésta informan lo que promueven las instituciones del Estado y fundaciones privadas a las que sirven, en demérito de las ciencias y lo que ocurre en las calles, las plazas, los pueblos, las comunidades campesinas y las movilizaciones contestatarias urbanas. En las páginas culturales del siglo XXI se pueden leer los sistemáticos homenajes que, cada tercer día, el gobierno realiza a los cuatro poetas y escritores afines a sus intereses.
 
Sólo hay que ver la programación novísima de Canal 22 para constatar que más allá de presentar una opción, coincidente con la exaltación que unas cuantas galerías del gobierno -y conceptualismos chafas que lo acompañan- hacen de determinados artistas plásticos. Lejos de presentar la diversidad de voces literarias, en el llamado "canal cultural" se mantiene el monopolio de un reducido número de escritores que se van turnando en las direcciones de difusión cultural y los aparatos ideológicos del Estado.
 
Al periodismo cultural le falta mayor espacio y poder de intervención en revistas como la de la universidad más grande de América, que nadie lee, en manos de un grupo de escritores. También le falta reportear las actividades que se desarrollan en las organizaciones comunitarias, en las luchas populares y las miles de manifestaciones gráficas, editoriales, musicales, dancísticas, teatrales... que están fuera de los circuitos mercantiles y de las famas y cronopios institucionales.
 
 
Canibalismo
Octavio Hernández, director de la revista Tijuaneo
 
El periodismo cultural es un oficio al que le entregas el alma y, a cambio, recibes la satisfacción de comunicar los sentimientos de los creadores. Sin él las secciones de los diarios se convierten en vanos espacios de supuesto espectáculo, donde abunda la vulgaridad, páginas que proyectan el quehacer diario de seudoartistas, mediocres, egocentristas e intrascendentes que brillan en el mundillo insípido de la televisión abierta o de los filmes de moda de muy escaso ejercicio cerebral.
 
En ese sentido, el periodismo cultural ayuda a que las nuevas generaciones sientan que forman parte del arte y la cultura, que, a su vez, permite que puedan llegar a ser creadores o espectadores capaces de entenderlo, compartirlo y hacer de él un alimento diario. Y también es muy útil para los no tan jóvenes que buscan expandir sus conocimientos, regocijarse con lo que les gusta e informarse.
 
No obstante, actualmente el periodismo cultural de nuestro país está en un momento lamentable. Porque en muchos lugares, por cuestiones de publicidad, el espectáculo ha canibalizado la cultura. Si antes las secciones culturales tenían tres páginas y las de espectáculos apenas una, ahora es completamente al revés. Incluso hay casos donde la cultura se lleva una limosna diaria de media plana.
 
La causa de que al periodismo cultural no se le tome tanto en cuenta en los medios de comunicación radica en el aspecto económico, sin duda. Todavía se tiene la idea errónea de que la cultura no es negocio. Se piensa que, como decía un político panista, es únicamente "para niños, muchachas casaderas y personas de la tercera edad". Sin embargo, las multitudes que se reúnen en los eventos del Centro Cultural Tijuana, por ejemplo, demuestran lo contrario. Siempre he creído que las aguas volverán a su cauce el día que las autoridades apoyen festivales independientes, publicaciones y programas de radio o de televisión que mantengan viva la cultura.
 
 
Actualizaciones
Saraí Campech, reportera de cultura de Canal Once
 
¿Por qué y para qué el periodismo cultural? Yo diría que esa pregunta ni se pregunta, como dice un dicho popular. La cultura ha sido, es y será ese halo de luz que nos ennoblece y nos salva de la barbarie. Es importante, porque nos permite descubrirnos y mostrar a los demás todo aquello de lo que también puede ser capaz de crear el ser humano. Resulta un poco subjetivo medir el impacto que una nota -en radio, periódico, televisión o portal de Internet- puede tener sobre las personas tanto en lo individual como en lo general; sin embargo, los ánimos de quien tiene acceso a este tipo de información se perciben en el trato.
 
El periodismo cultural resulta fundamental para dar continuidad a ese círculo virtuoso iniciado por el que con su pluma los periodistas-reporteros culturales apoyan en la creación de nuevos públicos; muchas veces en alguna inauguración, función o librería. Más de uno comenta que a través de lo que leyó-escuchó en tal medio se enteró del evento o simplemente le dieron ganas de asistir. Y, bueno, sin quizá proponérselo, quien escribió sobre el tema simplemente cambió la vida de dicha persona, al menos por unas horas; y si todo va bien, habrá ayudado en conjunto con el artista a germinar ese gusto por seguir transitando por ese camino.
 
En ese sentido, el periodismo cultural, en su expresión más pura, se encuentra en proceso de elaboración de su capullo. A mi parecer, dados los tiempos, nuevos medios y la manera en la que los posibles lectores buscan la información, está obligando a un ejercicio de renovación. Por otro lado se encuentran, también, todos estos ejercicios de aproximación al acontecer cultural de fácil acceso. Son cada vez más las páginas, revistas, periódicos gratuitos y programas que saltan al ruedo que no enterarse de lo que sucede alrededor realmente es un acto de rebeldía. Así que, en pocas palabras, diría que el periodismo cultural está más pujante que nunca.
 
Por supuesto que es necesario seguir reflexionando en torno a ello, en torno al periodismo cultural. Me parece que la actualización de quienes nos dedicamos a transmitir el diario acontecer -desde conocer las otras formas de información que surgen, en el manejo de herramientas y la investigación- son algunas de las tareas primordiales que de una u otra manera nos ayudarán a tender un puente de comunicación más allá de nuestro nicho. Sobre todo con las nuevas generaciones.
 
¿El futuro del periodismo cultural? Soy optimista. Creo que, independientemente de lo sinuoso del camino, los tiempos venideros serán venturosos. La actitud clave podría ser dejar de quejarse y más bien tomar roles más participativos, comunitarios incluso; y, por qué no, hasta creativos. El límite lo pondremos nosotros mismos.
 
 
Historietismo
Jiro Suzuri, crítico de artes plásticas
 
En el marco de la debacle que viven los medios impresos y la cultura escrita, preguntarse por qué hacer periodismo cultural se antoja tanto una necedad como una necesidad. Necedad, porque primero habría que responder por qué hacer periodismo a secas. Necesidad, porque sin la cultura, vaya, ni siquiera habría razón para plantearnos esta pregunta.
 
Dicho esto, un opinador sobre asuntos historietiles como quien esto escribe -que nunca ha ejercido el periodismo como se debe, ni cuenta con estudios que lo avalen como crítico: a todas luces un amateur-, ¿qué puede aportar a la discusión? A lo más que puede aspirar es a contestar preguntas más humildes, como: ¿por qué escribir sobre cómics, esa minúscula tronera de la cultura?
 
Ensayemos algunas respuestas. La noble: porque es necesario dignificar el cómic y defender sus méritos. La instrumental: porque hace falta vender más ejemplares, a fin de consolidar una industria que nutra al "noveno arte". La lúdica: porque la lectura de cómics es una actividad placentera que todo mundo debería probar cuando menos una vez en su vida. La caritativa: porque hay tanto pobre historietista pobre necesitado de aliento, emocional y financiero. La mezquina: porque hace falta poner en su lugar a todos esos historietistas que se creen artistas y que, peor, hasta ínfulas de genios se dan. La ególatra: porque el comentarista ansía la adulación del respetable y el temor del artista.
 
Por supuesto, cada una de estas respuestas se desploma por su propio peso. Ni el cómic ni quienes lo hacen necesitan que nadie los ande dignificando, y sus méritos -cuando los hay- se defienden solos. Vender más ejemplares cierra, las más de las veces, un círculo vicioso donde lo que vende -sin distingo de calidad- es lo que se produce, cosa que difícilmente se traduce en un florecimiento artístico. Leer un cómic es placentero -valga la redundancia- sólo para quien esté dispuesto a disfrutarlo, no para quienes se sienten obligados a hacerlo, y nadie lo está. Pobre es de verdad el historietista necesitado de los apapachos de un perfecto extraño, y doblemente pobre el que cree que su sustento saldrá de lo que se escriba sobre él o ella, y no de su capacidad de seducir al mercado o al Estado. ¿Y de verdad habrá algún crítico con tamaña soberbia para creerse capaz de valorar objetivamente una obra, ganarse la admiración del lector o someter al creador?
 
En suma, no se escribe para convertirse en evangelista, publicista, anfitrión ni filántropo. Sí, quizás, tiranuelo narcisista.
 
¿Por qué escribir sobre el cómic, entonces? Se escribe porque, al hacerlo, se consuma el acto creativo, se reivindica la autonomía del lector, se hace más sabrosa la lectura, se mira uno a sí mismo en la obra, se ejerce -queriéndolo o no- la autocrítica. Se hace una modesta contribución a la cultura, enriqueciéndola. Porque, como dice el lugar común, es demasiado importante como para dejárselo a los profesionales -que tan poca atención le prestan- o a los fans -que tanto lo quieren que no lo prestan.
 
 
Ingresos y prestigio
Adrián Figueroa Nolasco, editor de la sección cultura- academia de La Crónica
 
El periodismo cultural sirve para desmitificar aquello que se ha llamado cultura popular. También ayuda a llevar la alta cultura a todas las personas al difundir lo que se está haciendo en pintura, música, literatura, cine o arquitectura. Y esto, a su vez, contribuye a la sensibilización porque cuando alguien asiste, digamos, a una exposición de Francisco de Goya seguramente tendrá su momento estético. Igualmente permite formar ciudadanos más independientes al dotarlos de una conciencia crítica.
 
Aunque hay excepciones. En nuestro país una de las cosas de mayor calidad es el periodismo cultural. Esto se constata al ver en los medios impresos textos bien elaborados que, al mismo tiempo, ofrecen información importante y sustentada. Es más: no creo que en toda Latinoamérica, a excepción de Brasil y Argentina, exista un nivel periodístico similar al mexicano. Quizá por eso desde principios del siglo pasado siempre hemos tenido grandes secciones, suplementos y revistas culturales. Los ejemplos los encontramos desde los estridentistas -que hacían una especie de periodismo a través de sus folletos y manifiestos- hasta la Revista Mexicana de Literatura y Vuelta.
 
Aquí el problema es que los dueños de los medios piensan que en el periodismo cultural no hay publicidad y, por lo tanto, no es rentable. Y ese es uno de los enormes errores que existe en nuestro país porque, en realidad, la cultura genera demasiados ingresos económicos. Además, otorga otra cosa importante: prestigio. Así es: un medio con una buena sección cultural y científica no sólo tendrá notoriedad en México, sino en todo el mundo. Sin embargo, se suele privilegiar más el griterío de los políticos. Por ejemplo: el científico mexicano Rafael Navarro González ha estado trabajando desde hace bastante tiempo para descubrir si hay o no vida en Marte. Pero si mañana a un político famoso se le ocurre decir que sí hay vida en ese planeta, seguramente muchos le van a creer más y le van a dar mayor difusión. Por eso el gran desafío es convencer a los dueños de los medios de que el periodismo cultural es necesario y merece un buen espacio.
 
 
Sin apellidos
Javier Pérez, editor de reportajes de la revista Chilango
 
Yo creo que, como expuso Leila Guerriero durante el Seminario Nuevas Rutas para el Periodismo Cultural, el periodismo cultural no existe. O no debería existir. Decía Leila: "El periodismo cultural no existe. Y diré, otra vez, qué suerte. Porque lo único que un periodista debería preguntarse a la hora de escribir un texto sobre el aniversario de la muerte de Rulfo no es en qué sección va a publicarlo sino qué tiene él para decir. Sobre los aniversarios, sobre la muerte, sobre Rulfo".
 
El periodismo, creo, no debería tener apellidos. Porque si algo tiene de maravilloso esta profesión es que podemos estar enfrascados en una investigación sobre la vida cotidiana en Nezahualcóyotl y enseguida estar entrevistando a un actor para generar un perfil que trascienda los cuestionarios básicos. Tenemos posibilidades infinitas porque, como decía Manuel Buendía, somos aprendices de todo y oficiantes de nada. En resumen, la acotación periodismo cultural, deportivo, político, financiero, etcétera, no debería importarnos.
 
Ya en 2006 Gabriel Zaid escribía sobre el estado que guarda la prensa cultural en nuestro país. Entre otras cosas, habló del descuido de los textos, los errores, falsedades, erratas, la incultura e intereses de los propios periodistas, como del medio en cuestión. Y, sí, es un reflejo del país, de las compañías editoriales y de los editores. Tenemos el periodismo que nos merecemos. No podemos esperar que un periodista cuyo sueldo oscila entre los seis mil u ocho mil pesos mensuales se preocupe por confirmar informaciones o seguir cultivándose. Su preocupación será llegar a la siguiente quincena estirando el dinero para que pueda pagar la renta y le alcance para medio comer. No le alcanza para comprar libros, visitar museos o ir al cine. Existen cursos, seminarios, talleres y conferencias sobre los cronistas y las narrativas; se discute -y eso hay que seguir haciéndolo- sobre la seguridad de los periodistas, pero casi siempre se evita hablar de los sueldos y de cómo merman la calidad los sueldos bajos.
 
Además, siempre está la lucha contra el tiempo y el espacio, contra órdenes de trabajo incongruentes o que obedecen a intereses extraperiodísticos, contra editores incultos, contra el número de órdenes diarias, contra la alimentación de dos o tres plataformas (Internet, impreso y televisión, por ejemplo) por el mismo boleto. Al periodismo de hoy, a pesar del auge de la crónica de largo aliento y el reportaje, le hace falta trascender la inmediatez y la banalidad, trascender el chisme que sólo busca captar la efímera atención de un cibernauta.
 
En ese sentido, yo creo que el periodismo, así, a secas, en general, cojea de falta de rigor. Como escribía Gabriel Zaid en el texto que menciono: tendríamos que tener la capacidad de situar un acontecimiento en su contexto, de entender qué hay, ahí en lo escrito, en el cuadro, en el poema. Pero también, y eso lo decía Leila Guerriero, de saber cuándo hablar de los calcetines del pianista ya que es parte del contexto, ese detalle nos podría ayudar a percibir rasgos de la personalidad o el carácter de un personaje. Y no por pura frivolidad.
 
Finalmente, y a pesar de todo, siempre hay cosas que rescatar, virtudes del periodismo que resaltar. La máxima virtud es seguir aferrándose a existir, a destacarse. Siempre habrá quienes se esfuerzan por convertirse en la voz de los demás, por informar, señalar, llamar la atención sobre algo. Por eso vale la pena defender al periodismo. Sea a través de textos breves o de largo aliento, de crónicas, de reportajes, de la nota del día... Debemos buscar la manera de comprender las cosas, de ubicarlas en contexto y seguir haciendo que el periodismo sea valioso no sólo para quienes lo ejercemos, sino para la gente en general.
 
 
Par de voluntades
Fernando Díez de Urdanivia, periodista, crítico musical y editor
 
Decía Santiago Genovés que todo lo que el hombre hace es cultura. Yo no estoy de acuerdo con él. Creo en que lo que más hace el hombre es incultura. Es la triste verdad.
 
Tomando en cuenta esto, el periodismo cultural, no sólo en los periódicos actuales sino de los últimos 50 años, desde mi punto de vista ha sido aleatorio y ha sido difícil. Ha sido siempre una especie de hijito bastardo del diarismo, sobre todo como se entiende ahora. Así, el periodista cultural no es una gente fundamental, ni mucho menos.
 
Yo estuve durante mucho tiempo en el periódico El Día. Ahí comencé escribiendo, colaborando, en "El Gallo Ilustrado", su suplemento cultural. Un día Enrique Ramírez y Ramírez, quien era el fundador junto con Rodolfo Dorantes, me dijo: "¿Por qué no hace usted un suplemento musical?" Le dije: sí, sería excelente. Y lo hicimos. El suplemento, que se llamó "La Música en México", duró 15 años. ¿Por qué le cuento esto? Porque, tras el fallecimiento de don Enrique, entró Socorro Díaz a dirigir el periódico y comenzó por acabar con muchas cosas, entre ellas, de lo primero, fue "La Música en México". Acabó con el suplemento. (Claro, después acabó con todo el periódico, pero esa ya es otra historia.)
 
Le cuento todo esto porque ilustra un poco lo que intento decir: que el periodismo cultural es más bien una cuestión personal que colectiva; es decir, no hay una voluntad clara de hacer cultura ni en los periódicos, ni en general en los medios de difusión. Otro ejemplo: estuve con Paco Ignacio Taibo I, en El Universal, colaborando en la sección de cultura durante varios años; cuando él se retiró, o más bien lo retiraron, aquellas páginas se vinieron para abajo.
 
Pero todo esto no es más que el reflejo del país. Es un reflejo del problema de la cultura, en general, que tenemos. Hoy, está en malos momentos. La cultura no es algo que interese. Yo, que hice un recorrido como periodista cultural por varios diarios: Excélsior, El Universal, El Día, Novedades, y tuve la experiencia, casi constante, de que el periodismo cultural estaba, y creo que sigue estando, sujeto a un par de voluntades, y a veces a una sola.
 
¿Sobrevivirá el periodismo cultural en este contexto? No lo podemos decir. Está muy claro que el dinero no se lleva mucho que digamos con la cultura. Y esto ha sido desde siempre, no es de ahora. El periodismo ha estado ligado a las posibilidades financieras de una persona o de un grupo o de una compañía editorial. Siempre ha estado ligado. Eso no ha cambiado, ni cambiará. La impresión que yo tengo es que para los periódicos actuales la cultura es un adorno, un lujo, una cuestión medio obligatoria para no dar mala impresión. Y eso, me temo, no es más que un resultado de la cultura general.
 
Así que su futuro no lo podemos columbrar. ¿Qué va a suceder? Quién sabe. Yo creo que siempre estará condicionado a la política del periódico y a las personas que lo manejan. Por desgracia, la cultura general viene a la baja desde hace mucho tiempo. Hasta que no cambiemos eso, difícilmente podrá cambiar no sólo el estado que guarda el periodismo cultural, sino el país entero.
 
 
Inagotable
Mireya Elisa Vega Nava, subdirectora de la colección bibliográfica "Periodismo Cultural" del Conaculta
 
El periodismo cultural ha tenido, y conserva, un relevante papel en la historia de nuestro país, ya que registra tanto los procesos creativos de infinidad de artistas como las políticas culturales mediante las cuales se hace posible dimensionar la proyección de los creadores y sus obras; preserva la memoria de los hechos culturales y con ellos se construye y, con el paso de los años, reconstruye nuestra historia.
 
Hoy, el periodismo cultural se desarrolla en un contexto donde los espacios físicos en medios impresos se reducen, pero eso no es una novedad; la lucha constante de los editores por mantenerlos y por jerarquizar la información, buscando incluir lo más posible en un par o un tercio de páginas, es evidente. También es cierto que los suplementos culturales y las propias secciones luchan por permanecer y apoyar la difusión de diversos temas y propuestas. Pero con el esfuerzo y fehaciente interés de editores y periodistas no hay límites para la promoción o denuncia cultural (si fuera el caso).
 
Ahora se tiende a agrupar cultura, espectáculos y páginas de sociales en una "gran" sección por razones económicas, sin embargo también es cierto que los lectores asiduos somos capaces de identificar y separar la información. Por otra parte, aunque no lo sé de cierto, no me parece que existan grupos que sólo se publiquen entre sí; esto tiene que ver con experiencias en común. Mismas escuelas. Afortunadamente, en mi papel de promotora cultural y al frente de una colección editorial desde hace casi de nueve años, he encontrado buena respuesta en todos los medios; no obstante, en ocasiones sí hay factores determinantes que permiten (o no) publicar notas sobre determinados temas; es natural.
 
Los desafíos del periodismo cultural se mantienen desde antaño: no hay mucho por descubrir; sin embargo, lo interesante es la permanencia de los profesionales comprometidos con su oficio. Los maestros instalados en las salas de redacción, los editores, los críticos y los reporteros consolidados ahora son ya maestros de nuevas generaciones, de nuevas plumas dentro del periodismo cultural, el cual es inagotable.
 

Sin rating
Alma Rosa Alva de la Selva, especialista en medios de comunicación
 
Debido a su tarea de poner en contacto a los lectores con otras importantes facetas del desarrollo de la actividad humana, el periodismo cultural conlleva una significativa función social. Al dar luz a un variado repertorio de objetivos, inquietudes y logros del quehacer humano, el periodismo cultural -quiérase o no- es formativo para el lector, más allá de sus temas o pretensiones.
 
Sin embargo, el periodismo cultural que actualmente se desarrolla, sobre todo en los medios electrónicos, es una vertiente poco atendida. Los espacios que se le conceden no son los que amerita esa función social. Previsiblemente, la industria de la radio y la televisión comerciales respondería a ello que tales espacios "no aseguran un rating considerable" y, al no tener rentabilidad, no existe cabida. En cuanto a los medios impresos, son escasos los que abren la puerta al periodismo cultural, argumentando, creo, razones parecidas: el periodismo cultural "no vende", la información deportiva sí.
 
Por otra parte, entre lo que hace falta a las secciones culturales es el periodista especializado en la materia, ése que sepa cómo trabajarlo, cómo aprovechar la riqueza que ha estado y está ahí frente a sus ojos, en un campo muy vasto que difícilmente se agota, pero que increíblemente muchos no ven. Quizás puede decirse que, en el ámbito del periodismo nacional, el periodista cultural se ha convertido en una rareza.... las escuelas de comunicación tendrían que considerar esa función social e impulsar su desarrollo en la formación de los estudiantes. Mientras se llega a este punto, una cosa sí es clara: los medios de comunicación impresos y electrónicos sin secciones culturales son, ni más ni menos, medios "incompletos", si así puede llamárseles, a partir de que omiten en su registro del acontecer todo un campo de la vida social.
 
 
Burocratismo
Carlos Martínez Rentería, director de la revista Generación
 
A pesar del desprecio que se le tiene en las actuales sociedades pragmáticas y deshumanizadas, la cultura es lo más digno que produce el ser humano. Por eso la existencia del periodismo cultural es fundamental, pues ayuda a difundir y reinventar las experiencias relacionadas con la creación. Pero no sólo me refiero a las más altas expresiones de las bellas artes, sino también a las manifestaciones populares.
 
Y aunque anteriormente no se llamara así, siempre ha habido periodismo cultural, pues recordemos que, en su origen, las publicaciones se nutrieron del trabajo de los literatos.
 
Sin embargo, hace poco más de tres décadas se desarrolló un periodo de especialización. De hecho, a mí me tocó pertenecer a una de las primeras generaciones de reporteros culturales egresados de la universidad que fundamos varias secciones diarias. Lamentablemente, durante los últimos años en el periodismo cultural se ha incrustado una especie de inercia y burocratismo casi imposible de romper. De tal suerte que este oficio no sólo se ha ido institucionalizando, sino muestra un gran desgaste causado por la pérdida de sorpresa, búsqueda y arriesgue.
 
Por eso creo que el periodismo cultural debería ser una especialización de suma importancia y, al mismo tiempo, merecería ocupar mayor espacio en los medios de comunicación. Incluso más que las notas policiacas, deportivas, políticas o de espectáculos. Pero los dueños de los diarios consideran que este tipo de periodismo no es esencial. ¿Por qué? Porque priorizan la obtención de recursos y, por lo tanto, de publicidad. Bajo esta lógica buscan captar la atención de los lectores a través de la sangre, el escándalo y la vulgaridad.
 
 
Casualidad y vocación
Maricarmen Fernández Chapou, catedrática
 
Llegué al periodismo cultural por casualidad. Al egresar de la carrera, entré a hacer prácticas profesionales a El Universal; no sabían dónde ponerme, y luego de estar haciendo recortes en la hemeroteca, me pidieron que ayudara en la sección Cultural, que en ese entonces dirigía Paco Ignacio Taibo I. Esta fue la primera casualidad.
 
La segunda sucedió como sigue. Como me gustaba la literatura y estudiaba periodismo, decidí hacer mi tesis de licenciatura sobre las relaciones entre ambas artes. Por razones más personales que profesionales, escribí dicho trabajo en Madrid y, gracias también a la suerte, pude entrevistar a la escritora y periodista Rosa Montero, quien combina magistralmente la ficción con la información. De vuelta a México, me atreví a buscar al editor de la sección cultural de EL FINANCIERO, Víctor Roura, pues a mí me gustaba leer sus páginas en la universidad. En mi tesis incluiría, junto con la de otros escritores españoles y mexicanos, la voz de Roura, y así fue. Un mes después de mi encuentro con él vino Rosa Montero a presentar su libro en México; Roura sabía, porque se lo había sugerido, que podría tener una entrevista de antemano con ella, y me la pidió. Salió publicada a doble página antes que todos los periódicos. En El Universal, donde aún realizaba prácticas, se enojaron mucho. Pero, más casualidades, a Roura se le desocupó un lugar de reportera y me invitó a trabajar con él. Era 1998 y desde entonces me dediqué al periodismo cultural.
 
¿Por qué, para qué y para quién hacer este tipo de periodismo? Creo que todas desembocan en una sola respuesta: por vocación, para alimentar la vocación y para aquéllos con vocación. Me explico: supongo que, como yo, muchos de los reporteros trabajan en las secciones culturales porque han caído en ellas por obra y gracia de la casualidad; quizá muy pocos lo hacen por elección -pues son escasos los que pueden elegir en los medios mexicanos-, y casi nadie por especialización.
 
Pero estoy convencida de que la especialización, en especial en cultura, ofrece las herramientas necesarias para el buen ejercicio profesional y, además, impulsa el desarrollo de un mejor periodismo. El periodismo cultural permite la reflexión, la preparación y la profundización en temas esenciales de la vida. Es una forma de abrir puertas y ventanas, y de satisfacer a los lectores ávidos de verdadera y buena información. Gracias a él, podemos comprender un poquito más el entorno que nos rodea.
 
Luego de 15 años de haber caído casualmente en el periodismo cultural, estoy convencida de que tender un puente entre el periodismo y la cultura abre el camino hacia el fortalecimiento y la renovación del periodismo, indudablemente necesario para la comprensión del mundo. Por eso hoy estoy convencida, finalmente, de que no debiéramos hacer cultura por casualidad, sino por vocación.