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Trump, el positivismo fascistoide

Neofascismo y populismo: para el sociólogo Roger Bartra, el historiador Enrique Semo y el internacionalista Rafael Fernández de Castro lo preocupante no es el personaje, es el respaldo social.
Eduardo Bautista
08 marzo 2016 21:43 Última actualización 09 marzo 2016 23:8
Lo realmente peligroso –coinciden los entrevistados– no es el magnate republicano, sino la base social que lo apoya. (Erick Retana)

Lo realmente peligroso –coinciden los entrevistados– no es el magnate republicano, sino la base social que lo apoya. (Erick Retana)

Donald Trump es el ejemplo de la crisis del establishment de Estados Unidos. Así de contundente lo define el historiador Enrique Semo. El sociólogo Roger Bartra prefiere llamarlo populista de derechas. Y el internacionalista Rafael Fernández de Castro lo ve como el protagonista de un positivismo político degenerado que propone el regreso de Estados Unidos al orden y al progreso a través de la mano dura y el desprecio sistemático por las libertades individuales.

Lo realmente peligroso –coinciden los entrevistados– no es el magnate republicano, sino la base social que lo apoya. Que el rencor crezca entre una sociedad aquejada por el desempleo y la crisis económica nunca es una buena señal, aseguran.

“Trump, a través de su discurso neofascista, le ha echado la culpa a los mexicanos de todos los males que sufre el pueblo norteamericano. Esa era una actitud normal entre los regímenes fascistas. Pero hoy el verdadero problema de Estados Unidos es la iniquidad social, pues el 40 por ciento de la riqueza es controlado por una pequeña élite”, explica Semo.

UN SÍNTOMA HISTÓRICO

El ascenso del potentado no es ninguna sorpresa: desde principios del siglo XX, los estadounidenses han admirado a los empresarios que se involucran en la política, sostiene Michael Kazin, profesor de la Universidad de Georgetown y autor del libro La persuasión populista: una historia americana.

Probablemente –señala– la figura más cercana a Trump es Henry Ford (fundador de Ford Motor Company), a quien gente de los dos partidos políticos estadounidenses invitó a contender por la presidencia de aquel país durante los años 20.

Igual que el republicano, dice Kazin, Ford actuaba como una celebridad y mostraba públicamente su desprecio por los inmigrantes de ese entonces, en su mayoría irlandeses y alemanes de origen católico, a quienes culpaba de la crisis financiera que vivía el país. Tenía, además, un discurso antisemita que reforzó con la promoción del libro Los Protocolos de los Sabios de Sion (1902) en su diario The Dearborn Independent.

“Trump está agrandando un temor que sufren las clases trabajadoras blancas y afroamericanas desde hace muchos años: el miedo a sentirse desplazadas por los inmigrantes latinoamericanos. Es así como estamos perdiendo económica y culturalmente al Estados Unidos que conocemos”, señala Kazin.

Bartra también sostiene que la creciente popularidad del multimillonario de 69 años es una cuestión histórica. Desde la Guerra Civil –dice– en el país vecino se ha fomentado un populismo de derechas que, en muchas ocasiones, fomenta el odio racial.

Trump representa una cultura política muy enraizada en Estados Unidos desde el siglo XIX: la extrema derecha que se manifiesta a través de expresiones populistas. Por eso yo no creo que sea un payaso, como muchos lo han llamado. Decirle fascista es un calificativo fácil para desprestigiarlo”, apunta el sociólogo.

EL REGRESO AL VIEJO ESTABLISHMENT

Roger Bartra considera que las ideas políticas de Trump son de una miopía absoluta. Su filosofía, asegura, es “pragmática y reaccionaria”, pues sólo piensa en el progreso en términos de enriquecimiento para la clase industrial, comercial y empresarial. Es un hombre al que no le importa lo que suceda más allá de sus fronteras, en ese sentido -dice- se parece mucho a la derecha europea.

“Aunque su discurso está encaminado a privilegiar a la business class, sus votantes pertenecen a una clase más desprotegida, conformada principalmente por trabajadores blancos, muchos de ellos sindicalizados. Y hay que tomar en cuenta que los sindicatos allá son bastante conservadores y corruptos”, abunda.

Fernández de Castro dice que en 25 años de analizar la política de Estados Unidos nunca había visto un personaje tan alarmante e inquietante como Donald Trump.

“Lo preocupante es el apoyo que recibe de un amplio grupo de anglosajones sin futuro ni educación, a quienes les ha ido mal con la globalización. Toda esa gente ha encontrado en sus discursos enardecedores y simplistas una forma de señalar culpables”, comenta el internacionalista del ITAM.

Semo considera que el problema de fondo es el fin del sueño americano. Con 8 millones de desempleados y un crecimiento económico de 2.2 por ciento anual, Estados Unidos ha dejado de ser la tierra utópica donde los sueños se vuelven realidad.

Según un estudio de The New York Times de diciembre pasado, cada vez hay más jóvenes dependientes de sus padres. Hasta hace 50 años –señala el documento– los adolescentes migraban de la Costa Este a la Oeste sin problema alguno. Pero hoy, a causa del desempleo, la mayoría vive a tan sólo 18 millas de su familia.

“Trump es el ejemplo de la crisis del establishment de Estados Unidos. Por eso quiere regresar al orden y revivir esos deseos de convertir al país en la potencia mundial solitaria que fue durante la segunda mitad del siglo XX”, concluye Semo.