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CULTURAS

Tributo a Leñero, el campeón de la libertad

El Palacio de Bellas Artes fue el recinto elegido para rendirle homenaje a uno de los mejores escritores que ha tenido México en mucho tiempo. Sin embargo, ¿fue este el mejor lugar para recordar al periodista ejemplar?
Mauricio Mejía
04 diciembre 2014 21:57 Última actualización 05 diciembre 2014 5:0
El adiós a Vicente Leñero se celebró en el Palacio de Bellas Artes. (Foto: Alejandro Meléndez)

El adiós a Vicente Leñero se celebró en el Palacio de Bellas Artes. (Foto: Alejandro Meléndez)

En su memorable adiós a Altenberg, Adolf Loos se quejó de tener que ser el encargado de explicar a los vieneses quién había sido esa luz en medio de la luz. “¡Tú mismo –le espetó- estabas en contra de las solemnidades!”.

Cuando se anunció que el homenaje a Vicente Leñero sería aquí, en el Palacio de Bellas Artes (al que muchos escritores llaman la funeraria más cara de México), no fueron pocos los que preguntaron si era el lugar ideal para rendirle tributo a una de las montañas más altas de las letras mexicanas. El escenario contrastaba con la sencillez y humildad, bien cristianas, del hombre que posaba en la foto con una barda de libros detrás suyo. ¿Era Bellas Artes el sitio, de verdad lo era? Vicente mismo hubiera preferido un lugar más a lo Dostoievski. Una redacción antigua, como la del viejo edificio del Últimas Noticias, por ejemplo.

La clase cultural –solemne– parecía cumplir la misma ceremonia que con otros lutos. Las hijas y nietas de Leñero, tan amadas por él –debió ser un padre cariñosísimo y lindo, porque las lágrimas nunca niegan lo que asimilan–, daban algo humano al espectáculo casi burocrático.

Los lectores, decenas, desfilaron con una humildad de orgullosa presencia. Teatral manera del rito, las dos esquinas perfectamente representadas: lo que Leñero repelía, lo suntuoso, contra lo que defendió sin pecho y sin espaldar, la llanura del mexicano puro, sin joyas.

Las guardias pasaron con triste parsimonia. Entonces el palacio cumplió la función original, la casa del máximo arte. Luis de Tavira hizo de la palabra la más genuina de las expresiones artísticas; Loos hablando a Altenberg con la misma profundidad y con la misma sencillez, místicamente. El discurso de Tavira fue arte puro:

“El teatro es el arte de la presencia. Este aquí y ahora. La paradoja es este mutis. El que concitaba las presencias, hoy es el que se ausenta. Este mutis, este vacío que deja descubrimos cabalmente a quien ha estado entre nosotros. En este mutis, la palabra resistió al vacío. Sólo queda la fe. La fe en la palabra. Y Vicente fue un artista de la palabra”.

Bellas Artes se estremecía conforme avanzaba la manera de De Tavira para explicar quién fue Leñero. Le llamó campeón de la libertad; oficiante de periodismo a la altura del artista, mirando hacia a delante; causante de que el teatro llegara a la alta dimensión; constructor de un drama topográfico y cronista deportivo que encontró en el portero que la soledad es hija de la traición. Leñero, seguramente, no hubiera podido con tanto gancho al hígado de la adulación. Le hubiera pedido a Luis que callara, que la fama es un mal entendido. De Tavira no paró.

Vicente –dijo– encontró la contemporaneidad sonámbula que se pierde en la realidad. “La vida es un invento de la memoria; el tiempo siempre avanza hacia atrás. Leñero ya es espíritu”. Aprovechó la valentía de Leñero en los años del EZLN para dar testimonio a este tiempo desolado de una Nación afligida y triste. Levantó la cara y miró al horizonte de un México dolido, doliente y doloroso. De la mano del dramaturgo, exclamó: “¡A todos nos atañe el desafío; ninguno puede evitar la mirada y callar la voz!”.

La ceremonia sirvió a De Tavira para poner el dedo en la llaga de la costilla sangrante de este abalorio: la reconstrucción espiritual de los mexicanos. Sucedieron los discursos, que a Leñero le hubiera gustado evitar porque el poder nunca fue lo suyo.