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Tres generaciones, la gala que abrazó la historia

El inédito concierto que reunió a Francisco Araiza, Ramón Vargas y Javier Camarena fue un abrazo que contuvo por unos momentos, como todos los abrazos, el presente de tres grandes entre los más grandes cantantes de ópera mexicanos.
María Eugenia Sevilla
08 junio 2016 13:17 Última actualización 08 junio 2016 18:22
Difícilmente se volverán a encontrar sobre la misma duela y en la misma tierra en la que ninguno vive ya. (Edgar López)

Difícilmente se volverán a encontrar sobre la misma duela y en la misma tierra en la que ninguno vive ya. (Edgar López)

En ese ambiente de casa, el inédito concierto que reunió a Francisco Araiza, Ramón Vargas y Javier Camarena fue un abrazo que contuvo por unos momentos, como todos los abrazos, el presente de tres grandes entre los más grandes cantantes de ópera mexicanos. Difícilmente se volverán a encontrar sobre la misma duela y en la misma tierra en la que ninguno vive ya.

Fue resumen, arco histórico vivo, pero también una vitrina a la naturaleza de la cuerda. Inevitable tomar prestada esa analogía que planteó –para otros propósitos- Rolad Barthes al imaginar un “grano de la voz”. Un fluido cuya densidad se intensifica con el añejamiento que le proporciona también tintes más oscuros.

Los tres tenores despegaron en la tesitura ligera
, esa que permite y obliga a bordar floreos con la máxima agilidad y trazar líneas como filigranas, pero también a encajar agudos con la garra del más acertivo de los flechadores. Ahí donde Camarena brilla con la plenitud solar de su juventud en las zonas aureas de otros soles: Mozart, Donizetti, Bellini (también obsequió al Verdi de La Taviata)…, una órbita en la que Vargas ha preferido transitar cada vez menos. Su programa tuvo como tronco a Verdi, autor que asegura, le queda cómodo desde hace algunos años que comenzó el tránsito a la tesitura lírica, siempre un reto para una voz que, más allá de su incuestionable belleza tímbirca, no es de las que cubren una orquesta con la potencia de un cañón.

Aunque cubiertas, las canas de Araiza, que en otro tiempo fue comparado al inmortal Wunderlich, lucieron el carácter y profundidad interpretativa que sólo otorga el músculo del tiempo, para abordar las arias de Von Weber (El cazador furtivo), Verdi (Macbeth) y Leoncavallo (Payasos).

Tres horas, casi, duró la gala Tres Generaciones. Una de ellas de obsequio: enconres interminables de fiesta mexicana, canción italiana y palmadas en la espalda, un aflojarse la corbata que fue anunciado por una laxa interpretación del Danzón número 8 de Arturo Márquez, en la batuta del checo Srba Dinic, quien en el resto del repertorio hizo lucir a la Orquesta Sinfónica de Minería.

Una reunión tal no se ha dado en ningún otro recinto de mundo. Aunque podría ser un hit en cualquier Meca de la ópera, no obedeció solamente al fin artístico. Las ganancias del boletaje, que dejó apenas algunos asientos sin ocupar, irán a beneficio de niños con discapacidad de la Fundación Ramón Vargas y a ProÓPera.