Tras el diván, nada fue igual
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Tras el diván, nada fue igual

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Tras el diván, nada fue igual

Con autorización de Grupo Planeta México, publicamos un fragmento del libro 'Freud: una historia política del siglo XX', del historiador de la cultura Eli Zaretsky (Paidós, 2017).

Espécial
13/12/2017
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El sicoanálisis y el espíritu del capitalismo

1. Comenzaré citando la descripción de Luc Boltanski y Ève Chiapello sobre la burguesía del siglo XIX: “...propietarios de tierras, fábricas y mujeres, enraizados a sus posesiones, obsesionados con preservar sus bienes y eternamente preocupados por reproducirlos, explotarlos e incrementarlos… y por tanto, condenados al meticuloso pensamiento preventivo... y a una búsqueda casi obsesiva de la producción por la producción”.

La descripción habla esencialmente de un intento por extender el control y forzar la inhibición. Ya que la mayoría de la propiedad se encontraba en las tierras o en la pequeña agricultura, y dado que la familia era el centro de la pequeña agricultura, esta última estaba también en el centro del sistema de control. No solo dictaba la organización de la vida diaria, sino del linaje, la herencia y el matrimonio. Sus relaciones patriarcales o paternales eran reproducidas en las tiendas y en los comercios, además de ser el corazón de la vida de la comunidad.

La devoción depresiva por el deber que resultó de ello fue a lo que Weber, quien creció entre burgueses, se refería cuando escribió sobre cómo los puritanos cargaban con sus responsabilidades económicas “como una capa ligera que podían desechar en cualquier momento”, mientras que para su generación esa capa “se había convertido en una jaula de hierro”.

Cuando escribió La ética protestante, Weber creía que el deber, las constricciones y el ahorro habían perdido su asociación con el significado carismático que originalmente tenían. Escribía el libro durante su propia crisis síquica y nunca abandonó la esperanza de que un nuevo ascetismo, un nuevo giro hacia el interior, podía surgir y desafiar o modificar la racionalización capitalista. De hecho, muchos compartían su hartazgo de la ética protestante y su deseo de escapar de la jaula de hierro. La llegada del mercado, del ferrocarril, del barco de vapor y de las nuevas formas de comunicación, de los periódicos y lecturas populares, y especialmente del trabajo asalariado, permitió que “los jóvenes se emanciparan de las comunidades locales, de ser esclavos del campo y de estar sujetos a sus familias, (y así) pudieran escapar de los pueblos, del gueto y de las formas tradicionales de dependencia interpersonal”. El sicoanálisis, o el nuevo ascetismo que Weber anhelaba y añoraba, alcanzó su lugar especial dentro de la conciencia, de donde resultó lo que comúnmente llamamos modernismo o modernidad. El carisma del sicoanálisis se produjo, creó, dio voz a la aspiración de libertad frente al espíritu del capitalismo del siglo  XIX . En Secretos del alma (2004), dio el nombre de vida personal a esta aspiración.

Por vida personal me refiero a la experiencia de tener una identidad distinta de nuestro lugar en la familia, en la sociedad y en la división social del trabajo. En cierto sentido, la posibilidad de tener una vida personal es un aspecto universal del ser humano, pero ese no es el sentido que tengo en mente. Más bien, me refiero a una experiencia históricamente específica de singularidad y de interioridad cimentada sociológicamente en los procesos modernos de industrialización y urbanización. La separación (tanto física como emocional) entre el trabajo asalariado y el hogar, resultado de la emergencia del capitalismo industrial que comenzó en el siglo XIX, hizo surgir nuevas formas de privacidad, vida doméstica e intimidad. Al principio, en la época victoriana, estas se entendieron como los equivalentes familiares del mundo impersonal del mercado; más tarde, se asociaron con la posibilidad y el objetivo de una vida personal distinta de la familia, e incluso ajena a ella. Algunas expresiones de esta nueva posibilidad incluyeron fenómenos sociales como la mujer nueva (o independiente), el surgimiento de las identidades públicas homosexuales, el abandono, entre los jóvenes, de la preocupación por los negocios, y el interés por la experimentación sexual, la bohemia y el modernismo artístico. La identidad personal se convirtió en un problema y en un proyecto individual en oposición a lo dispuesto por la posición en la familia o la economía. El sicoanálisis era una teoría y una práctica de esta nueva aspiración a una vida personal. Su propósito histórico original fue la desfamiliarización o la liberación de los individuos de las imágenes inconscientes de autoridad originalmente arraigadas en la familia.

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La sexualidad fue el ‘acceso al meollo de la vida más irracional y por tanto más real... eternamente inaccesible para cual-
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La caracterización del sicoanálisis como una teoría y una práctica de la vida personal puede observarse en los conceptos característicos de sus años formativos: el inconsciente y la sexualidad. Es cierto que ninguno de estos conceptos era nuevo, pero fue Freud quien les dio a ambos significados radicalmente innovadores. En el caso del inconsciente, articuló la nueva experiencia, ya evocada por poetas como Baudelaire, por ejemplo, en la figura del poeta o del flâneur, con la actitud de no definirse exclusivamente por las relaciones sociales como la filiación, la religión, la nacionalidad e incluso el género. Es así como el sujeto de La interpretación de los sueños (1899) se convierte en un individuo durmiente, o en alguien que está completamente separado del mundo fáctico y social. Una vez alejado del mundo externo, todos los estímulos pueden surgir desde el interior. Entonces ningún pensamiento que viniese al individuo, se haya originado en la infancia, en los “restos diurnos” o en las impresiones cotidianas, sería registrado directamente; primero se disolvería y se reconstituiría de una forma que se le diera un significado a la vez único y contingente. El resultado fue una nueva concepción de las relaciones entre el individuo y su comunidad. Los curanderos tradicionales eran efectivos porque movilizaban símbolos que eran simultáneamente internos y colectivos; en contraste, en el sicoanálisis no hay relación directa, isomorfismo o complementariedad, entre la comunidad y el mundo intrasíquico. Mientras que el mundo comunitario está compuesto por símbolos colectivos, como Dios o la République, en el mundo intrasíquico los síntomas reemplazan a los síntomas: una tos nerviosa, un tic, lavarse las manos. Al aprender a interpretar sus mundos privados, las mujeres y los hombres modernos se distanciaron inevitablemente de las colectividades. El sicoanálisis enseñó a los individuos a “alejarse de las tensiones dolorosas” implicadas en su relación con la sociedad, mientras los alentaba a relacionarse “de una forma más positiva con sus profundidades”.

La misma reorientación hacia un mundo intrasíquico exclusivamente personal caracterizó el enfoque sicoanalítico de la sexualidad. Mientras que en el mundo del siglo XIX descrito por Boltanski y Chiapello la sexualidad se organizaba mayormente en torno a las relaciones familiares, el mundo del que el psicoanálisis emergió estaba conformado por muchos círculos que repudiaban la moralidad familiar de la burguesía. Estos incluían las Männerbunden (comunidades masculinas centradas en líderes carismáticos como Klimt o Marinetti); las bohemias artísticas en las que el amor libre era algo común; o las corrientes marxistas que rodearon a Trotsky, quien secretamente apoyó a los sicoanalistas rusos hasta el día de su exilio. Las más importantes fueron las comunidades homosexuales, como las de la sociedad gay de Londres, representadas por Edward Carpenter, pioneras de la idea de la vida sexual fuera de la familia y no determinada por la reproducción, así como las de las mujeres nuevas que promovieron el deseo de Elizabeth Cady Stanton de trascender “las relaciones incidentales de la vida, como ser madre, esposa, hermana o hija”, para centrarse en lo que ella llamaba “la individualidad de cada alma humana”.

En ese contexto, Freud, que había partido de un esquema heredado que acentuaba la diferencia entre los sexos basada en la reproducción, pronto renunció a él. En su lugar, postuló que la distinción necesaria para entender la vida síquica no era entre lo masculino y lo femenino, sino entre la libido y la represión. Al distinguir al objeto de la meta sexual, o del impulso libidinal que el acto sexual trata de satisfacer, Freud delimitó la cuestión del género a un problema de elección de objeto. En contraste con las teorías sicológicas y sexuales de género de la época victoriana, reivindicó al sicoanálisis como una teoría que reconocía que cada persona poseía “una especificidad determinada para el ejercicio de su vida amorosa, es decir, para las condiciones de amor que establecerá y las pulsiones que satisfará, así como para las metas que habrá de fijarse”. A pesar del pronombre masculino, el sicoanálisis tuvo implicaciones para ambos sexos. Mientras que los debates anteriores acerca de los roles de la mujer habían girado en torno a si los hombres y las mujeres eran fundamentalmente iguales o diferentes, el sicoanálisis fue portavoz de una nueva sensibilidad en la que la norma no era ni la igualdad ni la diferencia de los sexos, sino esta nueva individualidad.

En sus primeros años, entonces, el sicoanálisis parecía codificar un conjunto de intuiciones posvictorianas que hasta entonces solo se habían sostenido entre los artistas, los filósofos y las minorías sexuales y étnicas. Esto provocó, antes de la Primera Guerra Mundial, la extensión del carisma analítico que abarcó desde el territorio de Los Ángeles hasta Rusia (en la que se publicaron más traducciones de Freud que en cualquier otro país) y que para la década de 1920 había alcanzado a la India, México, China y Japón. El sicoanálisis atrajo tanto a mujeres como a hombres, así como a heterosexuales y a homosexuales por igual; aunque, sin duda, la mayoría de sus lectores eran mujeres. Sobre todo, su carisma se sintió y experimentó profundamente. El tono emocional con el que se leía y discutía a Freud en el período anterior a la Primera Guerra Mundial puede captarse muy bien en la autobiografía de Lincoln Steffens. En 1911 Walter Lippmann, según escribió Steffen, “nos introdujo primero a la idea de que las mentes de los hombres se encontraban distorsionadas por supresiones inconscientes... Nunca existieron conversaciones más cálidas, tranquilas o más intensamente reflexivas que en Mabel Dodge (un lugar en Greenwich Village), que aquellas sobre Freud y las implicaciones de su pensamiento”. Así, en esta primera fase de su historia, el sicoanálisis parecía ofrecer una salida de la jaula de hierro al colocar la sexualidad en el centro de la sicología. Como escribió Max Weber, evocando a la ya muerta “comprensión esquelética” de la racionalización corporativa, la sexualidad fue el “acceso al meollo de la vida más irracional y por tanto más real... eternamente inaccesible para cualquier empeño racional”.