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Tamayo, filántropo anónimo

Cuando Rufino Tamayo dejó el mundo un 24 de junio, hace 25 años, legó, más allá del arte, una obra que prefería mantener en secreto: la ayuda al prójimo. El pintor oaxaqueño es tan infinito como su obra.
Eduardo Bautista
20 junio 2016 21:32 Última actualización 22 junio 2016 20:36
Tamayo nunca quiso ser el centro de atención, pues temía que sus acciones fueran mal interpretadas. (Especial)

Tamayo nunca quiso ser el centro de atención, pues temía que sus acciones fueran mal interpretadas. (Especial)

Rufino Tamayo hizo su primer viaje a Nueva York en 1926; lo pasó fatal. Lo acompañaba su amigo, el compositor Carlos Chávez. No llevaba mucho dinero. Apenas lo justo para comer, visitar los museos y un hospedaje sencillo. Tenía 26 años y no sabía hablar inglés. Meses antes, Xavier Villaurrutia había escrito sobre él. Naturalmente, su nombre apareció en los periódicos como la joven promesa de la pintura mexicana. Él sólo quería ver las grandes obras de arte. La Gran Manzana era ya, desde entonces, el centro cultural del mundo. El gusto le duró poco. Tuvo que regresar a México por problemas estomacales: en siete días, comió siete manzanas.

Hoy Nueva York y el muralista tienen una relación muy distinta a la de aquellos años. No sólo por el obvio hecho de que el pintor oaxaqueño ya no deambula en este mundo, sino porque hace no mucho el Rockefeller Center fue el escenario en el que uno de sus cuadros, Trovador, alcanzó en subasta la cifra récord de 7.2 millones de dólares. ¿Para cuántas manzanas le habría alcanzado con todo ese dinero?

Tamayo, de quien este viernes se cumple su 25 aniversario luctuoso, no siempre vivió en la abundancia. Hijo de un zapatero y una costurera, era consciente de lo guajira que era su idea de convertirse en artista. Quedar huérfano de madre a los 11 años fue un hecho que lo marcó para siempre. Quizás por eso después apoyó tanto a los necesitados, a los débiles, a los desamparados, dice su sobrina y representante legal María Eugenia Bermúdez de Ferrer.

Cuenta Bermúdez que su tío era un hombre extraordinario que conocía la nobleza aun en tiempos de carencia. Siempre elegante en el vestir y disciplinado hasta la médula, dice, el oaxaqueño donó buena parte de sus ganancias a distintas causas sociales pese a estar miles de kilómetros alejado de su tierra. En 1949 Tamayo se mudó a París.

“Cuando comenzó a tener un éxito económico notable, en la década de los 50, Tamayo decidió apoyar instituciones de beneficencia social, como el Comité Pro Ciegos y Sordomudos. También ayudó a alumnos de la UNAM y de otras instituciones con pupitres, instrumentos musicales y muchas cosas más”, explica la crítica de arte Ingrid Suckaer.

Recuerda Bermúdez que, durante algún tiempo, su tío –junto con su esposa Olga Flores Rivas– se dedicó a visitar casas hogar, estancias para enfermos y asilos. Y fue ahí donde concluyó que los ancianos eran los que recibían menos ayuda, por lo cual fundó dos asilos, uno en Cuernavaca y otro en la ciudad de Oaxaca, que hoy son operados por el DIF.

“Mis tíos apoyaron a mucha gente. Lo disfrutaban profundamente. Sobre todo porque nunca tuvieron hijos. Financiaron muchas escuelas para niños de preescolar en Oaxaca”.


INSTINTO PATERNAL

Cuenta Bermúdez en su libro Los Tamayo, un cuadro de familia (2012), que el tema de la paternidad fue fundamental en la vida del artista oaxaqueño, quien quiso tener a su primer hijo desde muy joven, pero le fue imposible por falta de recursos económicos. El segundo hijo tuvo que ser abortado por tratarse de un embarazo extrauterino y el tercero corrió con la misma suerte.

Los Tamayo tuvieron que vivir con el trauma para siempre. Ella tuvo que ser atendida con un psiquiatra y él depositó todos sus miedos y frustraciones en el arte.

“No tengo hijos, y tal vez por eso mi pasión por la pintura no haya podido ser desbancada por nada. Espero seguir así hasta el final de mi vida. ¿Qué otra cosa podría hacer mejor?”, declaró el pintor en Madrid, en 1988.

Rufino Tamayo
jamás olvidó lo que era tener el estómago vacío. En Nueva York o en Oaxaca, sabía muy bien que un joven sin dinero y con aspiraciones es una tragedia. Por eso –dice Bermúdez– se empeñó en conformar una colección de arte contemporáneo, para que muchos años después, ésta pudiera ser disfrutada por miles de estudiantes que, como él, tenían ganas de comerse el mundo.

“El Museo Tamayo es un sueño de muchos años. Para él era muy importante que los jóvenes tuvieran oportunidades de ver arte de calidad sin viajar a Nueva York u otras ciudades. Siempre tuvo un interés muy especial por los adolescentes. No quería que padecieran lo mismo que él. Hoy, gracias a este museo miles de personas pueden observar lo que sucede en distintas partes del mundo”, señala Bermúdez.

Lo más loable de todo –considera Suckaer– es que Tamayo realizó todo esto desde el anonimato. Nunca quiso ser el centro de atención, pues temía que sus acciones fueran mal interpretadas.

“Su filantropía se fue haciendo cada vez más grande. No olvidemos la colección de arte prehispánico que donó a Oaxaca, y que hoy puede ser vista en el Museo de Arte Prehispánico de ese estado. Pero quizás lo más importante es el acervo de arte contemporáneo que donó al pueblo de México y que está albergado en su museo”, señala la crítica.

La efeméride obliga hoy a recordar al opositor del muralismo y al defensor del indigenismo; al bailador de danzón y al observador taciturno; al socialista empedernido y al hombre de mundo. Al artista que entendió que lo universal también se puede hallar en las raíces. Rufino Tamayo es tan infinito como su obra.